En el momento de escribir esta columna, las acciones de Tesla han llegado a su máximo histórico. Desde el 26 de octubre de 2021, Tesla forma parte del club del trillón de dólares, el de las compañías con una cotización superior al millón de millones de dólares. Los otros miembros de este grupo son Apple, Microsoft, Google y Amazon.

Pongamos este hito en perspectiva. Por ejemplo con respecto a los competidores de Tesla.

Tesla cerrará 2021 habiendo fabricando algo menos de un millón de coches. Ford venderá el doble de vehículos al terminar el año. Tesla vale 15 veces más que Ford en Bolsa.

Tesla tiene dos fábricas de automóviles operativas en este momento, una en Estados Unidos y otra en China. Abrirá otras dos (Berlín y Austin) a finales de año. General Motors tiene 47 plantas de fabricación en todo el mundo. Tesla vale 12 veces más que GM en Bolsa.

Y así podríamos seguir comparando cada métrica del negocio de Tesla con las de sus competidores. Siempre llegaríamos a la misma verdad: las cifras de la empresa de Elon Musk son irrisorias.

Permítanme añadir sólo una comparación: Tesla vale hoy en Bolsa casi 100.000 millones de dólares más que todos sus competidores juntos. Y su cuota a nivel global no llega al 2 por ciento.

¿Qué ven los inversores en Tesla que no encuentran en los demás fabricantes de automóviles? ¿estamos ante una disrupción, o ante una tomadura de pelo masiva?

Hay quien piensa que la clave está en el sex appeal de la marca y del coche eléctrico en general. Tienen parte de razón. Elon Musk ha conseguido crear una marca cuyos clientes están dispuestos a tatuarse el logo en el brazo.

Entre los escépticos (buena parte trabajan en la competencia) persiste un argumento negacionista según el cual la cuota de Tesla en los EVs (vehículos eléctricos) irá bajando conforme los fabricantes que de verdad conocen el mercado vayan lanzando sus propios modelos. Tienen parte de razón. La cuota global de Tesla en el segmento EVs está hoy en el 65 por ciento, una proporción imposible de sostener conforme el volumen crezca.

Entre algunos sesudos analistas, cunde la idea de que Tesla es una burbuja financiera. Algo de eso podría haber, sí. Apple vale en Bolsa 30 veces lo que factura, Tesla vale 333 veces lo que factura. Sus múltiplos son una auténtica locura. 

En mi caso, la escalada bursátil de Tesla me provoca un cierto déjà vu.

A finales de los noventa estaba yo impulsando los proyectos digitales de un conocido grupo de medios. Recuerdo bien el día y el lugar —la redacción de MARCA— en el que un buen amigo me dijo lo siguiente: “Gustavo, no tiene ningún sentido: ¡Yahoo! ya vale en Bolsa ¡la mitad que The New York Times!”. 

Nos créiamos muy listos pero estábamos ciegos. Nos empeñábamos en comparar un negocio analógico -el de los medios impresos- con otro que, aunque usaba una materia prima similar, la información, en realidad era otra cosa. Otra cosa que se parecía a los medios de comunicación pero no era un medio de comunicación. No entendíamos el valor exponencial de los modelos de producto basados en el software

Con Tesla pasa algo parecido. Fabrica coches, sí. Pero Tesla no es un fabricante de automóviles. Tesla es una tecnológica. 

Tesla quiere hacer con el coche lo que Apple hizo con el iPhone: crear hardware con unos márgenes imposibles de batir para la competencia. Los márgenes brutos de sus coches están ya en el 30 por ciento. El sector suda tinta para llegar al 20. Hace unos días, la dirección de Volkswagen, incapaz de imitar las innovaciones en el proceso de fabricación de coches, invitó a Elon Musk a darles una charla. Lo que les dio fue ánimos. 

Tesla piensa como Apple en términos de su modelo de negocio. Con idénticas líneas a las del gigante de Cupertino. Tesla vende hardware, software y servicios.  

El hardware es, por el momento, sus coches y sus sistemas de recarga doméstica. Pero habrá más dispositivos. En el ámbito del transporte, en el ámbito de la energía y en otros como el de la robótica.

El software es su Piloto Automático Total (FSD), en el que Elon Musk invierte cientos de millones cada año, y en el que Tesla tiene una ventaja competitiva difícil de superar: cada Tesla que circula por el mundo -más de un millón- envía datos específicos sobre carreteras, ciudades y condiciones de conducción a un servidor central. La IA de Tesla está por eso a años luz de la competencia. A cambio de 1.000 dólares, ya se puede usar la beta de este piloto automático en Estados Unidos, y los resultados están a la vista de cualquiera en Youtube: el sistema es cada vez más humano.

Los servicios, en el caso de Tesla son, por el momento, dos: la recarga de los coches (Tesla tiene 3.000 estaciones en todo el mundo) y un seguro con primas personalizadas en función del estilo de conducción de cada usuario, medido en tiempo real.

Pero lo que realmente hace soñar a los inversores de Tesla es el cambio que puede generar el coche autoconducido en la sociedad. En el momento en el que un automóvil no necesite conductor, ¿cuánto dinero podría generar Tesla con una flota de vehículos propia, o utilizando los tiempos de parada de los coches de sus clientes? 

En efecto, Elon Musk nos ha tomado el pelo: nos ha hecho creer que Tesla es un fabricante de automóviles. Pero Tesla es otra cosa.