Hace ya casi diez años, hicimos un viaje familiar a Londres, donde reside mi hermano desde tiempos inmemoriales. Nos llevamos a nuestras amamas con nosotros, así que al final fuimos siete los que aterrizamos en Heathrow. Si nos hubieran dado unos tuppers, pareceríamos la típica familia de playa mediterránea: ruidosa, desorganizada, algo caótica, pero feliz. Era una visita especial, a la postre de las últimas ocasiones en que las que comenzaron la saga tendrían fuerza para recorrer una ciudad, así que preparamos una ruta que recorría el abecé de la capital inglesa. Por supuesto, no faltaron el Big Ben, el Tower Bridge o el Museo de Historia Natural.

Sin embargo, no recuerdo este viaje por lo que vimos o por lo que comimos (una estupenda Victorian Cake en Parsons Green, por ejemplo), sino por un descubrimiento: existe una belleza universal y otra belleza restringida. El hallazgo se produjo observando a mis amamas a lo largo de los cuatro días que permanecimos en Londres. Recorríamos museos, visitábamos edificios, entrábamos a iglesias y las pobres estaban contentas, pero no subyugadas. Les alegraba el simple hecho de estar en familia, no lo que tenían ante sus ojos. ¿Nos habríamos equivocado con el itinerario?

Minutos después de visitar el Big Ben, me di cuenta de lo que pasaba. Paseábamos por Hyde Park ya con el sol poniéndose y, de repente, ambas se emocionaron con un par de ardillas que jugueteaban en un árbol del parque. Era una escena preciosa, lo era para todos. Y ahí comprendí que existían dos tipos de belleza: una sensorial y otra intelectual.

Pensaba esto escuchando el otro día Referentes, un nuevo podcast conducido por mi buen amigo Eloy Martínez de la Pera, cuyo primer capítulo reflexiona precisamente sobre la belleza. Recuerdo, tras mucho tiempo sin pensar en ella, la anécdota de mis amamas y me planteo si es justo que una misma palabra pueda ser tan universal y exclusiva a la vez. No importa tu formación o tu lugar de procedencia, incluso puedes ser casi un homínido, para apreciar lo bello de un amanecer, de una sonrisa o de una noche estrellada, por ejemplo. Algo tan cautivador es bello universalmente, no se necesita ninguna explicación para que te sobrecoja.

Pero existe otra belleza más racional, una belleza con condiciones, una que requiere contexto. Sin la formación y la información necesaria, sin experiencia previa, el arte es menos bello. No es lo mismo ver Las Meninas que ver y entender los entresijos de Las Meninas. A diferencia del amanecer, la magia de un cuadro requiere entender la pócima, su hechizo tiene libreta de instrucciones. Al final, el conocimiento hará que su impacto sea tan instantáneo como un Nescafé, pero hay una fase de aprendizaje para lograr que la belleza se desvele.

¿Es justo que una palabra que ya de por sí es tremendamente subjetiva tenga tantos ángulos y tan distintos? Supongo que la belleza de esta palabra, si es que esta redundancia tiene algún sentido, radica precisamente en eso, en que sea tan contradictoria, en que todos la ambicionemos, pero para encontrarla haya caminos de uso común y zonas valladas. Mis amamas quizá no entendieron por qué la Torre de Londres era bonita, pero sí disfrutaron de momentos irrebatiblemente cautivadores. Para mí, lo más bello de todo fue, sencillamente, poder verlas con nosotros. El paso del tiempo me ha hecho entenderlo todavía más. 

Feliz lunes y que tengáis una gran semana.