El Palacio de Longoria (Madrid) es la sede de la SGAE. Foto: Ayuntamiento de Madrid

Sorprende haber entrado a este mes sin que la cultura del aniversario –esa pulsión del milenio por la cual siempre estemos contando el tiempo hacia atrás para celebrar todo tipo de eventos y onomásticas–, sorprende, digo, cómo hemos pasado de puntillas sobre el décimo aniversario de la intervención de la Sociedad General de Autores de España.

Aquel 1 de julio de 2011, la sede madrileña de la calle Fernando VI era tomada por un dispositivo policial digno del asalto a la mansión de un narcotraficante. La guardia civil entraba con chalecos antibalas; las unidades móviles de televisión se agolpaban en las puertas del lugar; un helicóptero observaba desde el cielo la operación, que consistía en aprehender discos duros. La acción era consecuencia directa de la demanda de la Asociación de Internautas, una entidad sin ánimo de lucro que tras más de un lustro buscando el punto débil de la sociedad, la popularizó como PutaSgae.

Buena parte de la opinión pública celebró entonces la intervención tanto o más que el descubrimiento de la guarida de Bin Laden en Pakistán apenas un par de meses antes: solo la Policía o Hacienda alcanzaban niveles de odio similares a la entidad recaudadora. Como se recordará, la denominada Operación Saga se saldó con la detención de diez personas, entre ellas el presidente de la casa Teddy Bautista y José Luis Rodríguez Neri, director de la paralela Sociedad Digital de Autores de España (SDAE), bajo sospecha de haberse llevado 47,6 millones de euros. La espectacular entrada del comando no fue del todo inesperada: era sabido –hágase memoria– que la SGAE estaba siendo investigada por la Audiencia Nacional por desviación de fondos; cerca de 400 millones de euros, obtenidos a través del canon digital. Estaba en el aire que algo iba a pasar.

Décimo aniversario silencioso

Ahora bien: diez años después llama la atención el absoluto silencio mediático sobre (y tras) el sobreseimiento de la causa. En julio de 2021 aún está fresca la sentencia de la Sección Segunda de la Sala Penal de la Audiencia Nacional, que en marzo pasado declaraba que «tras valorar la prueba, no ha quedado acreditado que los acusados actuaran al margen de los órganos sociales de la entidad, sino que cumplían y ejecutaban los acuerdos adoptados por aquellos». Caso cerrado. Pero ni a trending topic llegó la absolución de los acusados. ¿Fue por vergüenza de los otrora indignados? ¿Por una sensación de anacronismo? ¿Desinterés ante un enemigo desarticulado?

¿Qué fue del odio a la institución? ¿Qué ha quedado del clamor popular por el derecho a la “cultura libre”? ¿Cómo algo que inflamó tanto a la sociedad ha dejado tan poca huella? ¿Dónde queda esa sed de justicia contra Bautista y compañía?

Al aludido solo le ha quedado su muro personal de Facebook para hacerse oír: “Diez años ha tardado el sistema de administración de Justicia en desmontar pieza a pieza la gigantesca mentira que ocupó las primeras páginas e imágenes de todo medio de comunicación.

Así se culminaba la batalla de una guerra que Sinesio Delgado, Ruperto Chapi, Federico Chueca y un centenar de ilustres compositores y dramaturgos comenzaría al tener la revolucionaria idea de proteger los Derechos de Autor y la Propiedad Intelectual, creando la Sociedad de Autores en 1899”, escribió el día en que todo esto cumplía una década. Y añadía: “¿Dónde está el castigo para las falsas denuncias?, ¿dónde esta el ‘mea culpa’ de todos esos medios que compraron sin reparo alguno unas denuncias pulverizadas por los tribunales? Ahora, diez años más tarde, yo sé dónde esta la Justicia, pero sigo buscando, con la lámpara de Diógenes, la ética de los inquisidores y la deontología de los periodistas”, publicaba el ejecutivo y veterano músico canario.

Vulnerables

Fuera de la cruzada personal de Bautista –que intentó, sin éxito, regresar a la institución en las elecciones de 2018– y de las competencias de una SGAE que, diezmada y cada vez más dividida, no ha llegado a levantar cabeza, quiere uno preguntarse cómo le ha ido a los autores, a los creadores de contenidos, en todo este tiempo. Hay bastantes respuestas a esta última pregunta, pero ninguna ofrece un panorama mejor. La década transcurrida ha justificado el modo en que las telecos han convertido en software barato –incluso gratuito– los contenidos creados por quienes se dedicaban al arte. Es sabido que en la época del streaming un autor o autora musical debe sonar varios centenares de miles de veces en una plataforma como Spotify para facturar algo parecido a un salario mínimo.

La pandemia ha hecho más vulnerables —y más necesarios— a quienes se dedican a crear contenidos musicales, audiovisuales, literarios y de otras índoles, pero no les ha proporcionado precisamente una vida más holgada. La sempiterna búsqueda de nuevos modelos —da igual cuando leas esta frase: siempre está vigente— se hace patente y urgente en un ecosistema mediático cambiante que tira cada vez más de la creatividad. Los autores (y aquí no se habla de los adscritos a una entidad en particular) son más importantes que antes. Quede esa reivindicación como corolario de este aniversario tan pasado por alto: fuerza, autores.