Los desafíos que plantea la Inteligencia Artificial son superiores en complejidad a los de las anteriores revoluciones tecnológicas porque también nuestro conocimiento y humanidad son superiores a los de entonces. Pero encarnan el mismo salto al vacío, la misma mezcla de miedo y esperanza, la misma desesperación de los más débiles (sobre todo mentalmente), que ven amenazados sus puestos de trabajo. Y sobre todo, la Inteligencia Artificial lleva consigo, como todas y cada una de las anteriores revoluciones o cambios de siglo, “ese fin del mundo” -Neruda lo escribe- “que siempre viajó con nosotros”.
Este “fin del mundo”, este apocalipsis, parece distribuirse en dos grandes espantos.
El primer espanto se centra en la masiva destrucción de puestos de trabajo y la pobreza e incluso las guerras que puede provocar el hecho de que cientos de millones de personas a la vez se queden sin hacer nada.
El segundo, más apocalíptico, está dividido en dos fases: una primera en que la Inteligencia Artificial y los robots sean usados por los malos para controlar, manipular y oscurecer el mundo, como sucede en tantas películas que por cierto acaban bien; y luego una segunda y definitiva fase, más avanzada sobre todo en majadería, en que estas computadoras y robots se vuelvan autónomos, condicionen nuestras vidas y nos acaben destruyendo por completo.
Muy esquemáticamente resumidos, estos son los dos grandes terrores que hoy torturan a los afectados que cada era da, porque aunque hemos crecido en higiene, en educación general básica y en capacidad de raciocinio, cada avance, cada progreso, por brillante que sea, arrastra una cola de viudas y plañideras y lutos que se alargan durante décadas.
Sobre el primer espanto, el que afecta a la pérdida de los puestos de trabajo, aprendimos de Ned Ludd y de su ludismo que destruir las máquinas no sirve de nada. Aunque era comprensible la angustia de aquellos obreros preindustriales, su respuesta no fue la inteligente, y ni el más fiero militante de UGT o Comisiones querría hoy volver a hacer los trabajos que hacen por nosotros las máquinas. Hemos sido capaces, desde aquel lejano periodo de 1811-1816 en Inglaterra, de crear puestos de trabajo mejores, condiciones laborales y salariales que entonces no se podían ni soñar, y por supuesto las prestaciones, que a todos nos incumben, del Estado del bienestar. En una medida y que ahora no somos capaces de prever, ni de imaginar, volveremos a estar a la altura del desafío cuando lo tengamos que enfrentar, y tal como hemos sabido crear computadoras mejores, sabremos crear trabajos, competencias y prestaciones mucho mejores. Así es como siempre hemos avanzado, a pesar de los inefables agoreros.
Pero hay algo más profundo, más rompedor, que trae consigo la revolución que viene. Y es un largo adiós al capitalismo. El sistema que mejor nos ha funcionado hasta ahora, y al que tanto debemos y al que tan agradecimos estamos, basado en la propiedad privada, la zanahoria y el palo, llega al fin de sus días. El mecanismo del incentivo -que ha dado no pocos signos de agotamiento, reconozcámoslo- viene a morir en la playa. En la nueva era de abundancia infinita, producida por los robots y las computadora tan denostados, quedará en evidencia que el dinero, tal como creemos conocerlo, no existe -cosa que en sobre todo Harvard ya saben de hace bastante tiempo, y por eso sus discípulos lo incineran- y por supuesto trabajar/ahorrar para conseguir un bien material (comprar un coche, una casa, un perfume de Jean-Claude Ellena) carecerá de cualquier sentido porque habrá tanto de todo que el precio de lo que se pueda comprar será igual o parecido a cero. Los más asustados -que son los más tontos- quedarán de noche y con capuchas para quemar algunos robots, pero una vez más ésta no será la respuesta y la Humanidad continuará avanzando. Comprar y vender, por cierto, me parece que son palabras que también van a quedar viejas.
Trabajaremos por una idea del bien, por hacerlo mejor. Trabajaremos porque, acabada la escasez, podremos buscar el sentido dentro de cada uno de nosotros, y no solamente fuera. Es muy abstracto, pero han de comprender que una vez resuelta nuestra tensión con lo material, nuestras ocupaciones y preocupaciones serán radicalmente otras. También nuestros peligros, cuya crueldad y atrocidad, como siempre ha pasado, guardarán proporción con la maravilla y la belleza: y por supuesto nos inventaremos trampas, alteraciones, atracos a mano armada, porque la parte maligna de nuestra naturaleza persiste en nosotros tan vivamente como la generosidad y la esperanza.
Estamos a punto de dar un gran salto evolutivo y el debate no puede ser cómo y cuándo, ni a qué velocidad, porque no está a nuestro alcance controlarlo, sino cómo vamos a adaptarnos. En realidad esto último tampoco es un debate porque sólo hay una respuesta y muy clara: nos adaptaremos rápido y bien, sobre la marcha, con el ensayo/error de siempre, no ajenos a la atrocidad, de la que por otra parte nunca hemos estado a salvo. Nos adaptaremos viviendo y muriendo, sufriendo y mejorando, y estirando un poco más allá los límites de nuestra especie.
Sobre el segundo gran espanto, el que se basa en el apocalipsis, es importante admitir que el mal existe, pero que eso todos lo sabemos. También que normalmente llega antes que el bien, y descubre antes cómo hacernos daño. Cualquier hallazgo, descubrimiento, cualquier avance científico o tecnológico ha sido usado para hacer el mal, desde la rueda hasta la energía nuclear, desde el fuego hasta las redes sociales. No ha habido excepción, y los peligros de esta maldad -a menudo organizada- perduran en nuestro día a día pero no por ello hemos renunciado al progreso, primero porque no podemos hacer ver que no sabemos lo que sabemos, y luego porque en nuestra naturaleza no está parar sino continuar. Continuamos siempre y cuando nos caemos, nos volvemos a levantar.
Y más allá del mal utilizando los recursos del bien, queda la tal creencia de que las máquinas, y robots en este caso, son la perversión en sí mismos. Cuando se implementó el ferrocarril, la gente menos preparada se negaba a usarlo bajo el argumento de que la velocidad era peligrosa para el cerebro; y los pueblos querían que las estaciones estuvieran a por lo menos 3 kilómetros de distancia, por los mismos y absurdos motivos. Y así todas las supersticiones, maledicencias y demás demostraciones de retraso cognitivo que tuvimos que aguantar a propósito de la ducha diaria, la electricidad, las máquinas en las fábricas, el coche, de los aviones, del cambio de milenio; y hoy de las ondas de los móviles en relación al cáncer, y de que “las pantallas” sean culpables de lo analfabetos que son nuestros hijos, como si no hubiéramos sido nosotros los que hemos dimitido como padres, y los que hemos hemos creado el funesto y propagandista sistema educativo.
El último paso es la fantasía, tan cinematográfica, de que algo creado por el hombre se escape de nuestro control y tome decisiones por su cuenta, incluso la de aniquilarnos por completo, ha tenido mucho éxito y divulgación porque es a la vez propia de personas muy poco inteligentes, y de personas que lo son mucho, y muy creativas a veces.
El problema que ambos extremos tienen es que ninguno de los dos confía plenamente en el Hombre, ni no lo conoce. Los primeros, porque son demasiado lerdos para comprender nada, ni mucho menos plenamente; y los segundos, porque por una cierta arrogancia científica, o por una educación poco consistente, o por cualquier otra causa, son ajenos a la trascendencia, al alma y a su idea, y creen que la inteligencia lo puede todo y es el principio y el final de nuestra existencia. La inteligencia y sólo la inteligencia: y nos miden en términos cuánticos, sin saber que los hombres somos, sobre todo, esperanza y deseo de un mundo mejor. Y que cientos, miles, millones de personas a veces no tan inteligentes, ni tan fuertes, ni tan valerosas, han crecido hasta límites inimaginables. Y si aquí estamos aún, y yo puedo escribir este artículo, es porque al mal, cuando se ha presentado en su forma más abismal, lo hemos derrotado siempre. No lo hemos extinguido, pero hemos ganado la partida y así hasta la siguiente.
Por lo tanto, que los propios creadores de Inteligencia Artificial pidan ralentizar el proceso no ha de asustarnos: es ingenuo, pero correcto. Ingenuo, porque el futuro no se puede detener, ni decidir a qué velocidad llega. El futuro y el progreso no piden hora ni permiso, y es nuestro deber adaptarnos. Es correcto que adaptemos nuestra legislación -y nuestra conciencia- a lo nuevo, que lo aprendamos a usar, y que en lugar de desperdiciar nuestra energía quejándonos, y armando pueblerinos escándalos de vieja, la reservemos para ser imaginativos con las nuevas herramientas y combatir el mal cuando inevitablemente nos aceche y, como siempre ha hecho, use en nuestra contra lo mejor que tenemos.

