Me he dado de baja de todas mis suscripciones a las plataformas de series y películas salvo -por razones sentimentales- de la de Disney. Con el dinero ahorrado me he hecho suscriptor de la floristería Zinnia, y pago 175 euros al mes para que cada jueves me traigan un gran ramo de flores con su correspondiente y sensacional jarrón. Al jueves siguiente, cuando me traen el ramo y el jarrón nuevos, se llevan los anteriores.
Ahora, cuando no tengo nada que hacer, cosa que me ocurre menos que antes, miro mis flores, les cambio el agua, las vuelvo a poner en su sitio y me quedo un rato más mirándolas.
A veces no se me ocurre nada.
Pero normalmente surgen las ideas de los artículos de un modo menos obvio pero más inspirado que cuando veía series, que además siempre veía las mismas. En las sobremesas soy el único que ya nunca cae en la ordinariez de comentar “lo que estoy viendo ahora”, y si me preguntan les hablo de hortensias, de peonias, de geranios, de rosas y por supuesto de mis queridos Pere de Zinnia -Pere padre y Pere hijo- y del buen gusto y la belleza de los ramos que cada semana me preparan.
Tengo un amigo que prefiere comprar las flores al gitano de la esquina porque dice que vende más y cada día las tiene frescas. La gente para racanear se inventa cualquier cosa. Y además del hecho de que Zinnia compra cada día, yo todavía prefiero el arte al producto y la inteligencia a las cosas. Me gustan las flores pero sobre todo la mano que une las unas a las otras y confecciona el ramo más hermoso.
Hemos consumido demasiada porquería, y soy de los que cree que es imposible vivir sin una cierta dosis de porquería, pero creo que tenemos que empezar a hacer algo distinto. Tenemos que gastar lo mismo, pero mejor. Debemos ponernos retos más elevados, como mirar las flores. Mirar flores es algo realmente extraordinario porque al principio te sientes un idiota. No hay verbo, no hay acción. Sólo hay adjetivos y contemplación. Hay que calmarse un poco para mirar las flores. Hay que tener paciencia para fijar la mirada y concentrarse primero en los colores y luego en el verde que acompaña. Hay que comprender la lentitud de las cosas importantes. “La lenta cabellera de las mujeres atardecidas”, como lo dice Valentí Puig.
Es muy masculino comprar flores y luego mirarlas. También regalarlas a las mujeres. Pero el acto íntimo de las flores, como en las joyas, es masculino. Las flores, como las joyas, las ha pensado casi siempre un hombre, las ha tallado y preparado un hombre, y es un hombre quien las compra. Si alguien duda de esta verdad es importante que dé una vuelta por la plaza Vendôme, en el lado opuesto del Ritz.Y que se fije en quién paga.
Con las flores hay algo todavía más masculino, porque su último sentido -al contrario de lo que sucede con las joyas- no tiene por qué ser regalarlas a una mujer. Un hombre que compra flores y las tiene para sí es un hombre que sabe más cosas y no menos que los otros; y cuando una mujer llega a casa de un hombre y ve flores alegres y plantas bien cuidadas se lleva una impresión superior y no tan ruda de su interlocutor. Yo he de confesar que desde que tengo flores me he vuelto más reacio a “les visiteuses du soir”. Los esfuerzos son muy cansados para algo que, a partir de una edad, no aporta ya ninguna información. Y para mirarnos y aprendernos, nos bastamos mis flores y yo.
Tenemos que esforzarnos un poco más. Tenemos que dejar de encontrar consuelo en estar conectados todos a lo mismo. Tenemos que dejar de comprar cosas en las esquinas por no querer gastar. Tenemos que ser mejores para poder ofrecer algo mejor. Un hombre sin flores es un hombre que acaba hablando de coches -ese momento en el que es mejor hasta estar viendo una serie.

