Paso dos semanas más fondeado en Madagascar, en mi refugio de Baly Bay, esperando una buena ventana de tiempo para zarpar hacia Sudáfrica. Los pescadores se han acostumbrado a mi presencia y casi todos los días me traen algo: pescado, cocos y empanadas caseras que hacen en el poblado. A cambio, les ofrezco agua, Coca-Colas, comida en lata, anzuelos e hilo de pesca. Inevitablemente, les cojo cariño y me costará dejar atrás este precioso lugar.
En dos días se presenta una buena oportunidad para seguir la marcha hacia el sur. Dejo al Sofía a son de mar y estoy listo para zarpar. La última noche aquí duermo mal. Los nervios previos a la travesía están presentes. La meteo ha estado cambiando tanto de un día para otro que me genera cierta inseguridad, incertidumbre y dudas. Sin embargo, en esta zona del planeta es normal que haya tantos cambios. A las 6:00 a. m., cuando el sol ya empieza a calentar, levo el ancla y el Sofía deja por popa la bahía de Madagascar después de 22 días.
El plan es poner rumbo a Richards Bay, Sudáfrica, a unas 1.200 millas. El plan B, y el más probable, es recalar en Linga Linga, un fondeo protegido en Mozambique. No creo que la ventana de buen tiempo sea lo suficientemente larga como para llegar tan al sur, por lo que el plan B cobra bastante sentido.
Durante los dos primeros días navego bajo la influencia de los vientos térmicos de la zona. Durante el día, una brisa de 15-18 nudos del noreste. Por la tarde, el viento rola al sureste y baja bastante de intensidad. Decido poner rumbo al oeste hasta el tercer día para descender por la costa de Mozambique y encontrar las corrientes favorables. Bien entrado el tercer día, el viento se muere hasta llegar a los 2 nudos. Inevitablemente, enciendo el motor y pongo rumbo sur. Inicio el descenso por el temido canal de Mozambique.
Son millas en las que voy alternando motor y vela debido a los constantes cambios de condiciones. Los continuos cambios de velas y el tráfico de los mercantes que siguen la ruta marítima Sudáfrica-Sureste Asiático hacen que no pueda descansar mucho. Por suerte, no tengo que maniobrar para esquivar mercantes, ya que estos pasan a más de una milla de mi posición. Al quinto día, confirmo que debo parar en Linga Linga porque en unos días empieza a soplar bastante fuerte del sur. Aquí, en el canal de Mozambique, si hay viento del sur en contra de la corriente que va hacia el sur, se generan situaciones de mar muy peligrosas y hay que evitarlas como sea.
Quedan 300 millas para llegar a Mozambique y hoy amanece lloviendo, rodeado de chubascos. El ambiente refresca y el viento es frío. A las 9 de la mañana, un chubasco deja 30-32 nudos de viento por la aleta de babor. Arrío la mayor y despliego todo el génova. El Sofía acelera hasta alcanzar los 8 nudos de velocidad y empieza a cabalgar rumbo a Linga Linga. Al cabo de dos horas, el viento baja hasta los 5 nudos y tengo que encender de nuevo el motor.
Antes de oscurecer, otro chubasco pasa por la popa y deja 26 nudos. Siguiendo el mismo patrón que el chubasco anterior, sobre las 22:00 h el viento cesa y deja un mar muy incómodo y confuso. Durante la última noche, antes de llegar, no puedo descansar nada porque el Sofía parece una batidora. Se mueve de lado a lado de manera muy brusca y no puedo permanecer de pie sin precipitarme hacia uno u otro costado. Suerte que todo a bordo está muy bien estibado, de lo contrario, saldría todo volando por los aires.
Al ver que no puedo descansar, decido pasar la última noche en cubierta, contemplando el cielo repleto de estrellas. Con el amanecer, me preparo un café y ya solo quedan 40 millas. El último día de navegación es todo a motor. El viento debería estar en 17-18 nudos, pero hoy la predicción falla. Mar como un plato, cielo súper despejado y calma total. Poco a poco, Mozambique va apareciendo en el horizonte.
El acceso al fondeo es bastante complicado porque hay que navegar 6 millas entre bancos de arena que, con la fuerte corriente que hay en esta zona, van cambiando de posición. Antes de entrar en la zona complicada, un enorme chubasco lava la cubierta del Sofía y la visibilidad disminuye hasta los 50 metros. Las olas rompen en estos bancos de arena, formando unas crestas perfectas para hacer surf.
Navego las últimas millas a motor y con el génova desplegado, aun así, solo avanzo a 3 nudos de velocidad. La corriente aprieta. Utilizo imágenes satelitales para llegar al fondeo. Un par de delfines me escoltan hasta que echo el ancla en 13 metros de profundidad, frente a una playa de arena blanca rodeada de cocoteros. Justamente cuando acabo la maniobra de fondeo, el sol desaparece por el horizonte, dejando un cielo naranja.
Objetivo canal de Mozambique, superado.

