Nautik Magazine

Diario de a bordo: capítulo 35 | «Adiós, Madagascar; allá voy, Sudáfrica», por Pablo Berruezo

El joven navegante cuenta cada semana en Nautik su aventura a flote, en este particular ‘cuaderno de bitácora’ online.

Ya llevo una semana y media en Madagascar y parece que llegué ayer. Estoy en la mesa de cartas estudiando la meteo para la próxima travesía cuando de repente escucho un ruido de motor bastante cerca del Sofía. Salgo a cubierta bastante sorprendido porque únicamente he visto botes a remo con velas. Un bote con un potente motor fueraborda y seis ocupantes a bordo se acercan por la popa del Sofía. Me quedo observando y veo que dos de ellos van equipados con dos AK-47, la típica metralleta de piratas. El cuerpo se me paraliza y mi mente empieza a cortocircuitar preparando un plan de defensa antipiratas.

Vuelvo rápidamente al interior de la cabina y voy a buscar el machete de 60 centímetros de largo que un Indio Kuna de San Blas, en Panamá, me regaló. Lo dejo en el costado de las escaleras, un lugar de fácil y rápido acceso. Escondo algo de efectivo que tenía por encima de la mesa y vuelvo a salir a cubierta. Están a escasos 10 metros de la popa y con los nervios a flor de piel les hago unas señas como preguntando qué quieren. Me responden con el mismo tipo de gestos que quieren amarrar el bote en el costado y subir a bordo. Estoy sudando.

Cuando ya están a punto de lanzarme un cabo para amarrar el bote, me fijo en su ropa. Lucen una especie de uniforme militar de camuflaje. Dos de ellos tienen en el pecho las siglas APMF, son agentes portuarios y fluviales de Madagascar. Respiro un poco más aliviado pero las metralletas no me dejan de incomodar. Hago firme el cabo a la cornamusa de popa y, uno a uno, van subiendo a bordo y se van sentando en la bañera. Me llama la atención el contraste de su uniforme de camuflaje y las AK-47 con las chanclas Nike que calzan.

Estamos los seis agentes y yo en la bañera, no cabe nadie más. Para relajar un poco el ambiente les ofrezco café y agua pero rechazan la oferta, cosa que me pone más nervioso. Me empiezan a pedir la documentación del barco y el pasaporte. Al ver que vengo de Mayotte y que no he hecho la entrada oficial a Madagascar me hacen la pregunta obvia: ¿por qué no te has presentado a las autoridades una vez has fondeado en Madagascar?

Les explico que la idea es estar unos días hasta que la meteo mejore y poder seguir rumbo a Sudáfrica. No les convence el argumento y me piden el cuaderno de bitácora para comprobar lo que estoy diciendo. Me preguntan si estoy solo a bordo. Afirmo con la cabeza y se sorprenden mucho. Les veo confusos, creo que no entienden que navegue solo. Con ayuda del traductor, les explico toda la aventura que estoy haciendo y, poco a poco, van entrando en razón y a ser un poco más amigables. El ambiente se relaja y de vez en cuando van soltando alguna sonrisa.

Después de dos horas de conversación, preguntas y respuestas, deciden que es momento de irse. Sin embargo, antes de abandonar el Sofía, uno de ellos me pide un recuerdo de mi paso por Madagascar. Me choca un poco y le ofrezco un trozo de coral seco que me encontré en la isla de Cocos Keeling. Antes de subir a su bote me dicen que al no haber hecho la entrada legal a Madagascar, no puedo pisar tierra y debo permanecer a bordo.

Les despido con la mano, ahora sí que respiro tranquilo y dejo de sudar. Me fijo en el agente que me ha pedido el recuerdo. Está muy contento con el coral que le he regalado. Puedo volver a la mesa de cartas a seguir estudiando la meteo. Tiene pinta de que tendré que esperar varios días hasta tener una buena ventana para navegar hasta Sudáfrica.

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