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Occidente, ante el reto de proteger sus cables y oleoductos submarinos frente al sabotaje

Más del 95% del tráfico de internet viaja por cables submarinos, y los oleoductos bajo el mar sostienen el consumo energético de países enteros. Este entramado oculto sufre ataques cada vez más frecuentes, y Occidente tarda en reaccionar.

Tuberías bajo el agua en el mar de China Meridional. FOTO: VCG via Getty Images

Los cables y oleoductos submarinos forman parte de la infraestructura crítica del mundo moderno, y esa infraestructura está bajo una amenaza creciente. Compañías como Google, Meta, Microsoft y Amazon, junto a numerosas operadoras de telecomunicaciones, invierten directamente en cables submarinos para sostener una demanda que afecta la vida diaria de millones de personas.

De forma paralela, los oleoductos submarinos transportan enormes volúmenes de gas natural y petróleo entre naciones. Países enteros dependen de un puñado de gasoductos submarinos para cubrir su consumo energético. Esta infraestructura oculta está siendo atacada con una frecuencia cada vez mayor.

Los inicios en el mar Báltico

El mar Báltico, limítrofe con Escandinavia, el noreste de Europa y Rusia, se ha convertido en un foco de sabotaje submarino. El primer golpe de esta batalla silenciosa pudo haber sido lanzado por Occidente. En septiembre de 2022, el gasoducto Nord Stream, construido para llevar gas ruso a Alemania y a otros países europeos, y que abastecía a buena parte de las redes de gas de Europa occidental, central y meridional, explotó de forma misteriosa. En varias ocasiones.

Nord Stream había sido durante mucho tiempo un proyecto controvertido. Sus críticos, entre ellos el propio autor de este análisis, argumentaban que aumentaría la dependencia tanto de Alemania como del resto de Europa respecto a la energía rusa. Al mismo tiempo, situaba a Alemania en el centro de la polémica por su participación junto a Rusia en el debilitamiento de la ya frágil seguridad energética europea, mientras el Kremlin privaba deliberadamente a los países de Europa del Este, Ucrania en particular, tanto de los ingresos de tránsito como de la influencia que otorgan los derechos de paso terrestre.

Tras la explosión que «mató» a Nord Stream, varios países apuntaron al sabotaje y se sucedió una ronda de acusaciones cruzadas. Aunque nada se ha demostrado de forma definitiva, a finales de junio de 2026 un tribunal alemán acusó formalmente a un ciudadano ucraniano por el hecho, y el 19 de agosto fue detenido un segundo sospechoso, también ucraniano.

El mar es el escenario perfecto para el sabotaje con negación plausible, ya que resulta casi imposible de vigilar y patrullar. El Báltico es un blanco fácil: aguas poco profundas, de unos 55 metros de media, y numerosos cables y gasoductos lo bastante cerca de la superficie como para que cualquiera de los cerca de 4.000 buques que cruzan la región a diario pueda alcanzarlos. Desde 2022 se han cortado diez cables submarinos que conectan la región, siete de ellos solo entre noviembre de 2024 y enero de 2025.

No se trata de un simple relato de represalias rusas por Nord Stream. En octubre de 2023, el gasoducto Balticconnector y dos cables de datos que conectan Finlandia, Estonia y Suecia resultaron dañados por un buque chino que arrastró su ancla a lo largo de más de 160 kilómetros. Pekín negó cualquier implicación. Diez meses después, admitió que el barco era responsable, y atribuyó el incidente al mal tiempo. Cuánta conveniencia.

Los cortes no cesaron. El 17 de noviembre de 2024, un cable que une Suecia y Lituania fue seccionado, dejando sin un quinto de su capacidad de internet a Lituania. Menos de un día después, se cortó también un segundo cable que enlaza Finlandia y Alemania. Los investigadores atribuyeron ambos incidentes a un buque de bandera china que acababa de salir de un puerto ruso. El 25 de diciembre de 2024, un petrolero ruso arrastró su ancla cerca de 100 kilómetros por el lecho marino, seccionando otros cuatro cables.

Grandes potencias, grandes sabotajes

El mar Báltico no es un escenario aislado. La misma vulnerabilidad aparece en otras vías marítimas estratégicas, aunque los responsables y sus motivaciones varían. Taiwán puede ser el ejemplo más claro de lo que podría implicar una disrupción deliberada de cables submarinos en el marco de un enfrentamiento entre grandes potencias. En febrero de 2023, dos cables submarinos que conectan Taiwán con las islas Matsu fueron seccionados con días de diferencia, dejando a unos 14.000 residentes con una conectividad gravemente degradada durante semanas.

Con ambos cables cortados, los residentes tuvieron que recurrir a transmisión por microondas para mantener una conectividad básica. La banca, los servicios públicos, el comercio y las comunicaciones ordinarias se vieron todos afectados. Las autoridades taiwanesas identificaron a un buque pesquero chino y a un carguero chino como posibles causantes, aunque no llegaron a determinar de forma concluyente que el daño fuera intencionado. No obstante, la frecuencia de los incidentes que involucran a buques chinos hace cada vez más difícil sostener la explicación accidental.

Los incidentes continuaron. En enero de 2025, Taiwán investigó al Shunxin 39, de tripulación china, tras el deterioro de un cable internacional cerca de la isla. En febrero de 2025, el Hong Tai 58, con tripulación china y bandera de Togo, fue retenido después de que otro cable resultara dañado frente a la costa suroeste de Taiwán. Taiwán acabó acusando al capitán chino del buque de dañar el cable de forma intencionada, la primera acusación de este tipo en la isla. China negó cualquier implicación y acusó a Taiwán de politizar el incidente antes de que se establecieran los hechos.

Si estos incidentes son deliberados, Pekín tiene un motivo evidente. Cortar un cable no constituye un acto de guerra en el sentido convencional, aunque es cada vez más parte esencial de la guerra asimétrica. No requiere el lanzamiento de un misil, un bloqueo ni un desembarco militar. Simplemente genera incertidumbre e impone costes. La dependencia de Taiwán de un número limitado de conexiones físicas hace que incluso una disrupción temporal pueda degradar las comunicaciones militares, la actividad económica y la confianza pública.

Terrorismo submarino

No hace falta ser una gran potencia para atacar infraestructura submarina. El mar Rojo demuestra un modelo distinto. Los responsables son mucho menos ambiguos: los hutíes de Yemen han atacado el transporte marítimo comercial en todo el mar Rojo y el golfo de Adén como parte de su campaña, que han vinculado más recientemente a su solidaridad con Gaza. Lo que resulta menos claro es si los hutíes están atacando los cables submarinos de forma deliberada.

En febrero de 2024, tres cables submarinos resultaron dañados en el mar Rojo tras un ataque hutí con misiles contra el buque de carga Rubymar. La embarcación fue posteriormente abandonada y se hundió, y el arrastre de su ancla fue la causa probable del daño a los cables.

El incidente interrumpió las comunicaciones entre Asia, Europa y Oriente Medio. Esa distinción es importante porque los hutíes podrían no haber necesitado cortar deliberadamente ningún cable. Sus ataques contra el transporte marítimo crearon las condiciones para que los cables resultaran dañados como daño colateral. En puntos de estrangulamiento marítimo tan densos como el de Bab el-Mandeb, un ataque contra un buque comercial puede convertirse en un ataque contra el sistema global de comunicaciones sin que el atacante tenga siquiera que localizar un cable. El 17% del tráfico global de internet transita por la salida sur del mar Rojo.

El golfo Pérsico presenta una vulnerabilidad aún más consecuente, aunque las circunstancias difieren. No existe una serie comparable de incidentes confirmados de corte deliberado de cables atribuibles a Irán. Lo que existe, en cambio, es un punto de estrangulamiento estratégico repleto de infraestructura, bordeado por un Estado que cuenta tanto con la capacidad como con el incentivo para amenazar los intereses occidentales.

Irán ya ha formulado la amenaza de manera explícita. En febrero de 2026, el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica amenazó con interrumpir los cables. En mayo de 2026, un portavoz militar iraní advirtió de que Teherán impondría tasas a los cables de internet que pasaran por el estrecho de Ormuz. Posteriormente, el medio opositor al régimen Iran Times advirtió de que si algo ocurriera con los cables en el estrecho, «podría afectar a las redes bancarias, las comunicaciones militares, los sistemas de nube de IA, los servicios en línea y el comercio global». Dos grandes cables, FALCON y Gulf Bridge International, transcurren por aguas iraníes. Interrumpirlos sería sencillo.

Washington no ha sabido reaccionar ante la amenaza

Aunque entre el 90% y el 95% de las comunicaciones del gobierno de EE. UU. circulan por cables submarinos de propiedad privada, el país todavía carece de una estrategia nacional coherente para protegerlos. El Congreso debe otorgar al Pentágono, a la comunidad de inteligencia y a la Comisión Federal de Comunicaciones la autoridad para tratar la seguridad de los cables como el asunto de seguridad nacional que realmente es, y no como un trámite administrativo más. La Casa Blanca debería crear un único punto de contacto federal para la seguridad de los cables, algo de lo que el actual proceso, fragmentado, todavía carece.

El fondo oceánico se ha convertido, de forma silenciosa, en uno de los campos de batalla más disputados del planeta. Un ancla arrastrada no activa una respuesta del Artículo 5 de la OTAN, y precisamente por eso funciona. Hasta que EE. UU. empiece a tratar el sabotaje de los cables energéticos y de comunicaciones submarinos con la urgencia que requiere, el fondo oceánico seguirá siendo un punto débil dentro del panorama de seguridad nacional, tanto estadounidense como global.

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