Conviene recordar los comienzos. O puede que lo más acertado sea sugerir que lo importante es no olvidarlos. A veces, para aprender de la inexperiencia a la que van sujetos; otras, para simplemente enaltecerlos. Y todo apunta a que cuando en plena posguerra –entre la austeridad y la contingencia de las cenizas todavía humeantes que dejó la II Guerra Mundial, la considerada ‘peor contienda de Europa’– un joven diplomático sin ganas de serlo asumió las riendas de su vida dedicándose a su auténtica vocación, la moda, su particular estallido en un oficio tendría más de éxito histórico que de arrepentimiento. Fue así.

Christian Dior (Granville, Francia, 1905; Montecatini Terme, Italia, 1957) consiguió labrarse su fama el 8 de octubre de 1946, cuando fundó la maison que después le sobrevivió, y un año después, cuando se convirtió en el progenitor del concepto ‘New Look’. Aunque su inclusión en el sector se remonta a tiempos de Robert Piguet, este propuesta fue la que dio sentido a su genio y a la colección Corolle, que se presentó ese mismo año [1947] y definía una forma de vestir voluptuosa y enfática de la silueta femenina en años de resaca bélica.

La modelo Tania presentando la chaqueta Bar de la línea Corolle, en el primer desfile de alta costura de la colección primavera/verano 1947 (foto de Pat English)

Lo que pudo parecer el procedimiento lógico en el despegue de la carrera de cualquier modisto, fue un punto de inflexión en una industria que se manifestaba cauta, bien por los tiempos que corrían o por la falta de creatividad. 

El refugio de lo maravilloso

Más allá de una colección clave en el desarrollo de su profesión y en el vínculo de su nombre al de los maestros creadores de la alta costura, Corolle encierra un secreto en su confección que se desvela ahora, 75 años después de su lanzamiento.

Además de lo que implicó separar las costuras del cuerpo femenino e incluir volúmenes en el armario diario de las mujeres, esta colección también merece ser recordada por su lugar de origen. Nació en el número 30 de la Avenue Montaigne, el 15 de diciembre de 1946. “Tenía que ser allí. Si no era allí, no sería en ningún sitio”, pronunció Monsieur Dior tras su inauguración y darle la categoría de “refugio de lo maravilloso”.

El modisto sucumbió a los encantos de ese hôtel particulier e instaló en él la casa con su nombre, un lugar elegante y sencillo, que hoy vuelve a ser noticia con su reapertura. Elegido por su ubicación, sus proporciones modestas y su fachada neoclásica, maison Dior fue el centro neurálgico de las creaciones del modisto y desde sus talleres salieron al mundo cada una de las colecciones que fueron cincelando su nombre en la historia del lujo. 

Después de una renovación de dos años, este edificio icónico para la firma vuelve a cobrar vida para seguir homenajeando la historia de una firma referente en la moda. Esta reinvención ofrece un redescubrimiento de la creatividad de la maison a través del prisma de lo inesperado, donde el savoir-faire de la alta costura y la alta joyería, el arte de vivir, la gastronomía y la cultura prometen experiencias atemporales.

Interior de la renovada boutique. Foto de Kristen Pelou.

Combinando audacia, elegancia, diálogos artísticos y virtuosismo arquitectónico, este escenario extraordinario muestra múltiples mundos de Dior y creaciones exclusivas. La boutique mantiene orgullosa la herencia, la identidad y los valores de origen, pero también celebra el futuro con la maestría del arquitecto y diseñador Peter Marino, encargado de convertir el icónico reino de los sueños de Dior en un complejo de más de 10.000 metros cuadrados que alberga piezas del fundador, documentos inéditos, carteles publicitarios, obras de arte originales y espacios ajardinados del paisajista Peter Wirtz. 

Un mundo en el que evadirse del exterior y donde se puede asistir a la confluencia de épocas y estilos, ya que lo antiguo y lo nuevo conviven en armonía en todas sus plantas. En la baja se encuentran las creaciones para mujer diseñadas por Maria Grazia Chiuri –prêt-à-porter, bolsos, calzado, accesorios y pequeña marroquinería– se muestran junto a piezas masculinas concebidas por Kim Jones. En la primera, modelos en pieles exóticas y looks de noche de Chiuri se unen a las colecciones de joyería, Dior Maison y al servicio Demi Mesure para hombre. El restaurante Monsieur Dior, un espacio dedicado a la moda infantil y una galería de arte completan la oferta cultural del espacio

Una piedra única en su especie

Hoy, 30 Montaigne se ha convertido en el emblema de la elegancia parisina y la alta costura francesa, y no sólo por trayectoria histórica. Su consideración de cuna del ‘New Look’ invita a definir este edificio como el epicentro de las posibilidades infinitas que, tras experimentar esta metamorfosis, su futuro se dibuja más especial. Que el lujo llama al lujo es algo que su fundador patentó metafóricamente cuando dio a la mujer un ingrediente que no sabía que deseaba: la distinción. Porque no hay nada que motive más al deseo que lo inalcanzable. 

Diamante Montaigne. Foto de Adrien Dirand.

La excepcionalidad es un lenguaje que esta maison habla con fluidez. Y prueba de ello es el diamante Montaigne, denominado así en homenaje a la legendaria ubicación. Con motivo de la reapertura del corazón palpitante de Dior la casa presenta este diamante. Fue descubierto en 2020, en la histórica mina Kimberley de Sudáfrica. Se trata de una piedra única de color amarillo, en bruto, de 150 quilates que tras un proceso de tallaje y cortado de más de nueve meses, el Le Montaigne ha obtenido una imperial forma cuadriculada, un brillo incomparable y un peso de 88,88 quilates.

Una cifra nada casual, vinculado con el supersticioso carácter de Dior, quien consideraba el 8 su número de la suerte e hizo de él un elemento clave a lo largo de toda su vida: inauguró su primera boutique el 8 de octubre, llegó a tener ocho talleres y construyó su imperio dentro del distrito 8 de París. 

Exhibido en la rehabilitada tienda insignia de París, el plan más inmediato para este diamante es el de ser montado en una pieza hecha a medida y diseñada por Victoire de Castellane, directora artística de Dior Joaillerie, como un guiño a la creatividad infinita de Dior y la excelencia de sus talleres. Porque está claro que el secreto siempre está en el interior, donde se refugia lo maravilloso.