La ciencia ha avanzado más en los últimos 150 años que en toda la historia, un éxito que se ha acrecentado en las últimas décadas. Pero, ¿cabe la posibilidad de que hayamos agotado la ciencia y quede poco por descubrir?

Esta pregunta surge a finales del siglo XIX, paradójicamente cuando la ciencia comenzó a despegar. Como recuerda el catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Málaga, Antonio Diéguez, “entonces, un profesor de Max Planck –el padre de la teoría cuántica– le dijo que era mejor que estudiara otra disciplina, porque los grandes descubrimientos de la física estaban ya hechos”.

Además, como apunta, otros científicos relevantes de esa época también opinaban que estaba “casi todo descubierto” tras la construcción del electromagnetismo y la termodinámica, que permitió concluir la física newtoniana. “Curiosamente, en 1900 Planck propone el cuanto de energía y surge la mecánica cuántica, la teoría cuántica y, cinco años después, Einstein propone la teoría de la relatividad”.

En 1998, el periodista científico John Horgan escribió un libro que recogía estas ideas, titulado El fin de la ciencia. “Está centrado en la física, pero también hacía referencia a otras disciplinas, con la idea de que la ciencia está muriendo de éxito: el conocimiento es el camino a una meta y, los avances son tan rápidos, que cada vez estamos más cerca de esta meta. Llegará un momento en que sabremos tanto del universo que conoceremos las últimas verdades y solo nos faltarán los últimos detalles de ajuste fino, por lo que la ciencia perderá mucho interés”, describe Diéguez.

Para el catedrático, la imagen de la ciencia como una carrera hacia una meta es errónea. “Puede entenderse con una imagen que creo que es más ajustada: un fractal en el que vamos recorriendo los detalles y, en cada detalle, observamos tanta complejidad como la que hay en la imagen total. Se trata de ir profundizando en distintos niveles de complejidad que nos abren más niveles de complejidad. Por eso me gusta la definición del filósofo científico Nicholas Rescher, que dice que la proporción de preguntas respondidas disminuye con respecto a la proporción de preguntas sin respuesta. Es decir, que el proceso científico no consiste tanto en ir acumulando preguntas respondidas sino que, cada vez más, se nos va abriendo el horizonte de preguntas que sabemos que pueden hacerse y de las que no conocemos su respuesta”, explica.

Por otro lado, cree que el planteamiento de Horgan está limitado porque el progreso tiene muchas facetas “y no va igual en todas las disciplinas. Podemos distinguir entre un progreso teórico, un progreso tecnológico, un progreso en la exactitud, en la simplicidad… Y, en la actualidad, puede haber disciplinas en las que el progreso teórico es pequeño –como le pasa a la física–, pero el progreso tecnológico es grande. En cambio, en disciplinas como la biología evolutiva, el progreso teórico es muy grande ahora, pero el progreso tecnológico es pequeño”.

En su opinión, en la rama de la biomedicina “es donde se están haciendo los grandes progresos ahora, tanto el progreso teórico como el tecnológico, que van muy ligados: los avances en genética están abriendo puertas a progresos tecnológicos, como CRISPR-CAS9. Por eso, la imagen popular del científico ha dejado de ser la del físico”.

El último éxito de la ciencia ha sido lograr muy deprisa vacunas contra la COVID-19. Para Diéguez, “es un poco exagerado decir que es el mayor éxito en las últimas décadas, pero es indudable que lo es: se ha aprovechado lo que se había trabajado tiempo atrás en las vacunas de ARN mensajero y abre, además, promesas de curación de otras enfermedades”.

El doctor Javier Cortés es portavoz médico de Procare Health, un laboratorio que está impulsando nuevas vacunas contra el cáncer. Como recuerda, el abordaje para obtener nuevas vacunas comenzó “hace unos años, en un proceso llamado haptenización, por el que el sistema inmune del paciente de una infección vírica (como el SARS-CoV-2) o de un cáncer, como el de ovario, reconoce e identifica como objetivo antígenos virales o tumorales”. Si los ensayos clínicos son exitosos, Cortés señala “la muy probable curación de la enfermedad vírica y del cáncer de ovario”, como tratamiento único o en combinación con otros.

La vacuna de Pfizer-BioNTech contra la COVID-19 fue la primera en ser aprobada. Sergio Rodríguez, director general del laboratorio en España, resume las claves del éxito. “Hemos superado todos los retos que nos hemos encontrado: el de la investigación y llevar a cabo ensayos clínicos con un elevado número de voluntarios; el de acortar los plazos en el proceso regulatorio, al poder suministrar datos a la vez que se iban generando y al mismo tiempo las autoridades regulatorias acelerar el proceso de revisión sin que ello comprometiera la seguridad de la vacuna”. 

“Nuestro enfoque se ha centrado en asociarnos con científicos, gobiernos, organizaciones multilaterales y fabricantes para establecer acuerdos para el desarrollo, suministro y distribución de la vacuna, que ahora ha demostrado ser eficaz y generalmente bien tolerada, y obtener la aprobación en los países”, detalla Rick R. Suárez, presidente de AstraZeneca España.

Este éxito podría suponer un mayor apoyo a la ciencia, pero Diéguez se muestra “un poco escéptico. Los políticos, cuando se trata de invertir, olvidan fácilmente los logros de la ciencia. A día de hoy supone el 1,2% de nuestro PIB. Estamos a un nivel muy bajo, comparado con la media europea, que es el 2%”.