Health

La planificación urbana, una inversión necesaria para conseguir ciudades en las que envejecer bien

Factores que trascienden al sistema sanitario, como la contaminación y el ruido hasta la movilidad, la vivienda, las zonas verdes o las posibilidades de mantener relaciones sociales, condicionan cómo envejece la población

Mujer
Una mujer pasea por las calles de su ciudad

España ha convertido la longevidad en uno de sus grandes logros sociales. Según Surostat, en España, la esperanza de vida conjunta se situó en 84 años en 2024, una de las más altas de la Unión Europea. Entre las mujeres alcanzó 86,5 años, la cifra más elevada de los Estados miembros, mientras que el dato de los hombres quedó por debajo de los países líderes con 81,4 años. Sin embargo, según esta misma fuente para el mismo periodo anual, las mujeres de la Unión Europea gozan de unos 63 años de vida saludable, una cifra muy próxima a la de los hombres que se sitúa en 62,8 años, pese a que la esperanza de vida de estas es 5,2 años superior.

Esta brecha pone sobre la mesa uno de los grandes desafíos asociados a la longevidad. Y es que, no basta con ampliar la esperanza de vida si los años ganados no vienen acompañados de salud, autonomía y bienestar. Y, en el caso de las mujeres, esta cuestión adquiere una relevancia especial, porque viven más, pero esa ventaja no se traduce en una diferencia equivalente en años de vida saludable. Así, esta paradoja obliga a mirar más allá de la genética o de la asistencia sanitaria y prestar atención a las condiciones en las que transcurre la vida cotidiana.

Y es que la Organización Mundial de la Salud estima que uno de cada cinco problemas de salud está directamente relacionado con la contaminación, el ruido, la falta de zonas verdes o la desigualdad en el acceso a servicios básicos. Así, queda patente que factores que trascienden al sistema sanitario, como la contaminación y el ruido hasta la movilidad, la vivienda, las zonas verdes o las posibilidades de mantener relaciones sociales, condicionan cómo envejece la población.

La arquitecta y urbanista Susana García Bujalance y la socióloga Ana María López Narbona, ambas profesoras de la Universidad de Málaga, apuntan a la relación existente entre el entorno urbano, la actividad física cotidiana y la conexión social en esta brecha. «Las mujeres caminan más, usan más el transporte público y se desplazan con patrones más complejos que los hombres porque sobre ellas recaen mayoritariamente las tareas de cuidado: llevar a los niños al colegio, atender a personas dependientes o hacer la compra», explica García Bujalance en el pódcast Salud con Perspectiva, de Organon.

Un urbanismo pensado, principalmente, para los desplazamientos directos entre la vivienda y el centro de trabajo, añade la experta, no siempre responde a esta realidad: «Genera una mayor carga de tiempo y estrés para las mujeres y una exposición a sistemas de transporte público a menudo deficientes, insuficientes o poco adaptados a estas necesidades de movilidad». Ese desgaste cotidiano es, según las expertas, uno de los factores que ayudan a explicar por qué vivir más años no se traduce, para muchas mujeres, en vivir con mejor salud.

Y es que, aunque las mujeres viven más años que los hombres, la mayor parte de ese tiempo adicional transcurre con enfermedades crónicas (como artritis, osteoporosis, depresión o dolor lumbar) o con limitaciones funcionales que, sin ser letales, reducen su autonomía y calidad de vida.

La perspectiva económica

Desde una perspectiva económica, la cuestión obliga a ampliar el concepto de inversión en salud. Una ciudad que facilita caminar, acceder a servicios, mantener relaciones sociales o desplazarse de manera eficiente no es únicamente una cuestión urbanística: puede formar parte del ecosistema que favorece un envejecimiento más activo. La planificación urbana entra, así, en una conversación tradicionalmente dominada por hospitales, medicamentos y presupuestos sanitarios.

Así, el éxito demográfico obliga ahora a preguntarse en qué condiciones se vivirán esas décadas adicionales. Ahí aparece una de las grandes oportunidades económicas vinculadas a la longevidad: retrasar la pérdida de autonomía. El objetivo no es únicamente prolongar la vida, sino reducir la distancia entre esperanza de vida y años disfrutados con buena salud.

Para Carmen Gallardo, revertir esta situación exige superar la fragmentación que a veces existe a nivel institucional: «No podemos seguir trabajando en compartimentos estancos. La promoción de la salud tiene que abarcar lo físico, lo emocional, lo económico y lo social. Y en todas esas políticas tiene que estar la salud con perspectiva, integrada desde el principio y aplicada desde el primer momento».

De la Fuente coincide en la necesidad de una respuesta institucional a la altura del reto demográfico: «El envejecimiento afecta todas las esferas de la vida. Esto va a requerir un pacto de Estado y, potencialmente, la creación de un consejo ministerial que pueda velar por una implementación y una visión del envejecimiento desde diferentes sectores». Una agenda que, según la experta, debe construirse desde edades tempranas: «Hay tanto estigma en la vejez que no pensamos en esta etapa hasta que casi estamos precipitados dentro de ella. Hay que imaginarla desde joven para poder demandar, a lo largo de toda la vida, las políticas que necesitamos», indica.

Los hábitos que sostienen la longevidad, en riesgo

Alcanzar los actuales niveles de longevidad no respondió a una estrategia diseñada expresamente para conseguirlo. «No nos propusimos ser longevos. Simplemente se dieron una serie de condiciones y una forma de vida saludable que, sin darnos cuenta, han contribuido a llegar a este nivel», explica Vânia de la Fuente, médica, antropóloga y experta internacional en envejecimiento saludable.

Sin embargo, la especialista advierte que algunos de los hábitos que sostienen la longevidad española están hoy en riesgo, también por el ritmo de vida que impone el entorno urbano actual. «Tenemos más estrés, más aislamiento, las dietas están cambiando, tenemos menos tiempo para cocinar y para socializar. Para mantener esta ganancia en años de vida, y sobre todo para añadir calidad a esos años, necesitamos un esfuerzo más intencional», desvela.

El estrés y el aislamiento, las transformaciones en la dieta y disponer de menos tiempo para cocinar o socializar son, según De la Fuente, algunos de los factores que pueden comprometer la posibilidad de añadir salud a los años de vida ganados.

Artículos relacionados