Vivimos más y envejecemos mejor. Madrid supera los 86 años de esperanza de vida y se sitúa entre las regiones europeas con mayor longevidad. Es una buena noticia, pero hay otra realidad que merece nuestra atención y que, a mi juicio, retrata dónde estamos. Y es que, en 2023, los notarios españoles autorizaron más de 727.000 testamentos y poco más de 200.000 poderes generales y preventivos. Estos datos refieren que hemos mejorado como sociedad en cuanto decidir cómo queremos que nuestro legado se transmita, pero seguimos posponiendo preguntas incómodas. Por ejemplo, evitamos pensar en qué ocurriría si llega un momento en el que perdemos la capacidad de gobernarnos a nosotros mismos.
Llevo años sentada frente a familias que llegan tarde a una conversación que debieron tener mucho antes. Por eso, hoy quiero hablar de la parte de la longevidad que no cabe en los titulares y es la que se decide, o se deja de decidir, con veinte años de antelación. Porque vivir más no es solo sumar años al final, es multiplicar las veces en que la vida cambia de forma y el patrimonio, la familia y la propia voluntad tienen que volver a ordenarse.
Pongamos las cifras sobre la mesa. Más de un millón de personas viven hoy en España con alzhéimer y las proyecciones apuntan a que esa cifra podría triplicarse hacia 2050. Cuantos más años vivimos, más probable es que en algún tramo no podamos dirigir del todo nuestra vida, y no hablo solo de la pérdida de capacidad cognitiva.
Me refiero a esa fragilidad cotidiana, casi invisible, en la que nadie piensa mientras eres joven y fuerte: la persona mayor que firma lo que le ponen delante porque confía, el abuelo que reparte a ciegas en vida sin dejar constancia de nada o la madre que “ya lo ha hablado” con uno de sus hijos y nunca con los otros dos.
La Ley 8/2021 sustituyó el viejo modelo de incapacitación (que anulaba a la persona y colocaba a un tutor en su lugar) por un sistema de apoyos que parte de la premisa de que quien presta apoyo debe respetar la voluntad, los deseos y las preferencias de la persona, no sustituirlos por los suyos. Es un cambio profundo y bienvenido, heredero de la Convención de Nueva York sobre los derechos de las personas con discapacidad. Sin embargo, tiene una consecuencia que no es tan evidente: si la ley va a respetar mi voluntad, más me vale haberla dejado escrita. De lo contrario, ese silencio será reconstruido por un juez que decidirá sobre tu destino a partir de lo que otros cuenten de ti.
Ahí es donde la prevención deja de ser un consejo y se convierte en un derecho, pues el propio Código Civil establece que las medidas de apoyo que uno mismo ha previsto tienen preferencia sobre las que pueda fijar un juzgado. Un poder preventivo otorgado ante notario permite designar hoy quién se ocupará de tus asuntos si mañana no puedes hacerlo, con qué facultades, con qué límites y bajo qué control, y es plenamente eficaz desde su otorgamiento, con o sin inscripción en el Registro Civil.
Es un documento sencillo, poco costoso y, en mi experiencia, el que más conflictos evita por cada euro invertido, siendo más que recomendable complementarlo con un testamento consciente e informado gracias al convertiremos un reparto de bienes en medio del duelo en una decisión tomada anticipadamente con serenidad y congruencia.
Cuidarse también es un pacto
Hay una pieza que casi nadie contempla y que, a mi juicio, es una de las más delicadas: qué ocurre en un matrimonio cuando uno de los dos pierde la capacidad de decidir. Damos por hecho que, ante este escenario, el otro se ocuparía con esmero y buena fe, pero lo cierto es que el hecho de ser cónyuges no nos garantiza que el otro tome las decisiones más convenientes y desinteresadas en un momento de extrema vulnerabilidad. Para vender la vivienda común, disponer de los ahorros del otro, rescatar productos financieros o decidir un ingreso en una residencia se necesitará un poder o, en su defecto, una medida judicial, lo que requiere de unos tiempos de espera que no están en nuestra mano.
A ello se suma que los distintos familiares (especialmente los hijos) pueden tener opiniones muy distintas sobre lo que es mejor para los intereses de su ser querido en cuanto a dónde debe residir, cómo se paga la residencia o al personal que ejerce cuidados a domicilio o qué se hace con la casa familiar si se requiere de liquidez para costear todo esto.
Un pacto entre cónyuges, en capitulaciones matrimoniales o en escritura aparte, puede fijar desde ahora esas respuestas: qué tipo de cuidados queremos garantizarnos mutuamente y que presupuesto destinaremos a esto, con qué recursos se financiarán, quién decide si el otro no puede y qué límites tiene esa decisión, en su caso.
Es un acto de amor, no de desconfianza, y sorprende lo poco que se acude a este tipo de recursos legales que, sin duda, nos restan ansiedad y preocupación ante un mañana incierto.
Donar sin plan: la generosidad que se vuelve en contra
Otra conversación que llega tarde habitualmente es la de la donación. Padres que, con su mejor intención, ayudan a un hijo con la entrada de una vivienda o que ceden un piso “para no dar problemas después”. La intención es impecable, pero la ejecución, muchas veces, no. Donar sin un plan significa entregar tu salvavidas sin comprobar antes si conservas lo suficiente para continuar a flote los próximos treinta años que te quedan.
Los errores más comunes (y que se pagan más caros) se repiten una y otra vez: no haber analizado la fiscalidad asociada a esta operación, no especificar si esta donación va a cuenta, o no, de la herencia o no haberse reservado el usufructo o el derecho a recuperar el bien si el hijo fallece antes. He sido testigo de donaciones generosas convertidas en pleitos interminables entre hermanos y, peor aún, he conocido a donantes de ochenta años que ya no tienen con qué pagar sus propios cuidados y que acaban en la más absoluta pobreza. La regla es simple: antes de dar, debes saber cuánto necesitarás mientras estés en este mundo; al dar, dejarlo todo claro y por escrito.
El bienestar también se planifica
Cuando hablamos de bienestar en la vejez pensamos en salud, en compañía o en actividad, pero rara vez en la tranquilidad de saber, cada noche cuando te vas a la cama, que lo importante está resuelto. Precisamente, esta paz mental es una de las fuentes de bienestar más consistentes que pueden existir y está al alcance de todos. Pero esa tranquilidad no se improvisa a los ochenta años, sino que se adquiere a través de una serie de decisiones correctas en el momento acertado hasta convertirse en una genuina forma de vida.
Una sociedad en la que más de uno de cada cinco habitantes ha superado los 65 años necesita una cultura de la previsión que empiece en la infancia: niños que entienden qué es el dinero, que aprenden a esperar, que ven a sus padres hablar de patrimonio y de futuro con naturalidad y no como un tabú. La educación financiera y jurídica no es una asignatura más, sino que es la base sobre la que, décadas después, alguien será capaz de sentarse ante un notario y decidir con criterio sobre su destino.
Tres preguntas que conviene hacerse
Si mañana no pudieras decidir, ¿quién lo haría por ti? y ¿esta persona es consciente del papel que querría que desempeñe? ¿Lo que quieres dejar, y a quién, está escrito en algún sitio que refleje tu vida de hoy y no la de hace veinte años? Y la más incómoda de todas: ¿tus hijos y tu pareja conocen tus decisiones, o van a descubrirlas cuando ya no puedas explicárselas?
Quien puede responder con tranquilidad ha hecho algo más que planificar su patrimonio: ha protegido a su familia del conflicto y a sí mismo de la indefensión. Ese es el verdadero bienestar de la edad, no solo vivir muchos años, sino vivirlos sabiendo que, pase lo que pase, seguirá siendo uno mismo quien haya decidido.
Y es que, hemos conquistado la longevidad. Ahora, nos queda conquistar la previsión.
Por Delia Rodríguez, abogada de familia y sucesiones, y fundadora de Vestalia Abogados

