Las enfermedades neurológicas son, actualmente, la principal causa de discapacidad en el mundo y la segunda causa de muerte. En los últimos treinta años, las muertes por trastornos neurológicos han crecido un 40%. Y todo indica que la tendencia va a continuar: la población envejece y, con ella, lo hace también la carga de estas patologías. Un dato que me parece especialmente relevante y que me permite dimensionar el problema es que, en Europa, los costes directos de las enfermedades neurológicas ya superan a los del cáncer, las enfermedades cardiovasculares y la diabetes juntos.
Pero me gustaría comenzar poniendo sobre la mesa las cifras que afectan a nuestro país. Y es que, en España, las enfermedades neurológicas afectan a más de 23 millones de personas. La prevalencia de las enfermedades neurológicas en España es un 18% superior a la media mundial y también algo más alta que la de otros países occidentales de Europa, en buena medida por el envejecimiento de nuestra población. Las enfermedades neurológicas son, además, la primera causa de discapacidad asociada a enfermedad crónica en España. Es decir, uno de cada dos casos de discapacidad crónica tiene su origen en una patología neurológica.
Existen más de 500 enfermedades neurológicas diferentes, pero unas pocas concentran la mayor parte del impacto sociosanitario: el ictus, el Alzheimer y otras demencias, el Parkinson, las enfermedades neuromusculares como la ELA, la esclerosis múltiple, la epilepsia y las cefaleas, especialmente la migraña. El ictus, la migraña y las demencias ocupan, año tras año, los tres primeros puestos mundiales en discapacidad, y el Alzheimer y el ictus encabezan también las principales causas de muerte en España. Y las proyecciones a futuro no son especialmente tranquilizadoras: en menos de quince años los casos de ictus aumentarán un 35%, y en veinticinco años se triplicarán los de Alzheimer y Parkinson.
El impacto de las enfermedades neurológicas no se limita a la salud individual. Como avanzaba, en Europa, los costes directos de las enfermedades neurológicas ya superan a los del cáncer, las enfermedades cardiovasculares y la diabetes juntos. Y a medida que la población siga envejeciendo, esta carga seguirá creciendo, y lo hará como un desafío cada vez mayor para los sistemas sanitarios, para las economías y para la sociedad en su conjunto.
Frente a este panorama, la buena noticia es que buena parte de este impacto es evitable. Al menos, el 80% de los ictus se pueden prevenir controlando sus factores de riesgo. Lo mismo ocurre con alrededor del 40% de los casos de demencia y el 30% de los casos de epilepsia. Por lo tanto, invertir en prevención es quizás una de las mejores inversiones que podemos hacer frente a las enfermedades neurológicas, además de tratar de seguir invirtiendo en nuevos tratamientos y avances diagnósticos.
Un estudio reciente, titulado The value of action: Mitigating the global impact of neurological disorders, analizó la situación en once países —Brasil, China, Colombia, Alemania, Italia, Japón, Kenia, Líbano, Rumanía, Reino Unido y Estados Unidos— y concluyó que reforzar la prevención, el tratamiento y la rehabilitación de las diez principales enfermedades neurológicas ahorraría más de cuatro billones de dólares solo entre esos países. En España, nuestros propios cálculos en la Sociedad Española de Neurología apuntan a que se podrían evitar más de 100.000 muertes o casos de discapacidad al año teniendo en cuenta, únicamente, lo que la prevención podría suponer para tres enfermedades: el ictus, el Alzheimer y la epilepsia.
Pero al hablar de prevención, no solo hablamos de ictus, Alzheimer o epilepsia. Son muchas las enfermedades neurológicas que se pueden prevenir cuidando adecuadamente el cerebro, y son muchas también aquellas en las que podemos mitigar su impacto controlando o evitando sus factores de riesgo: la hipertensión, el tabaco, el sedentarismo, una dieta inadecuada…. Es, por lo tanto, necesario concienciar sobre la importancia de prevenir las enfermedades neurológicas y su discapacidad asociada, e inculcar una cultura de prevención que forme parte de nuestra vida cotidiana.
Como sociedad, tenemos ante nosotros una oportunidad que no siempre se presenta en medicina. Esta es la de actuar antes de que el problema aparezca, con evidencia sólida de que la prevención funciona. Aprovecharla requiere voluntad política, recursos e información, pero sobre todo requiere de cada uno de nosotros. Que entendamos que la salud del cerebro no es un asunto que empieza cuando llegan los primeros síntomas. Nunca es demasiado temprano ni demasiado tarde en la vida para adoptar medidas cerebrosaludables. De nosotros depende que la prevención se convierta en una prioridad real, sostenida en el tiempo, dentro de nuestro sistema sanitario y nuestra sociedad.
Por Jesús Porta-Etessam, presidente de la Sociedad Española de Neurología (SEN)


