Encargada de romper las reglas del juego, nadie, ni siquiera Coco Chanel, pudo imaginar que el 19 de agosto de 1883, en el Hospicio General de la localidad francesa de Saumur y en la más absoluta pobreza, nacía la mujer que años más tarde, en 1909, comenzaría con la mayor revolución que la industria de la moda había experimentado hasta entonces: liberar la figura femenina de una represión textil aceptada, únicamente, por costumbre. O porque no había llegado nada con ganas de alzar la voz.

Pero Gabrielle –su nombre de nacimiento– contó con el nervio y el genio necesario para cambiar las normas establecidas. Comenzó su carrera profesional de la mano de su primer amante, Étienne Balsan, el hombre en el que se apoyó económicamente para compartir su el primer don que se dio cuenta que tenía: la confección de sombreros de vanguardia en descarado contraste con las tendencias del momento, más sobrias y aburridas.

El siguiente paso, que llegó en 1910, un año después de su primera inclusión en el mundo del emprendimiento y de la mano de Arthur Capel, se atrevió con la apertura de su primera boutique de peso real. Su primera casa de modas situada en el número 21 de la rue Cambon fue el primer hito que ensalzó a de Coco Chanel como mujer empresaria. Lo hizo en una época en la que la mujer estaba relegada a la economía familiar, a cargo del marido o la casa, y su importancia en en la sociedad empresarial de aquellos años era nula.

Coco Chanel: la defensa de lo sencillo

Mujer emprendedora y empresaria, su nombre consiguió convertirse en leyenda estando todavía viva, algo inusual si se atiende al resto de consagraciones de celebridades. Y en ello tuvo mucho que ver el conjunto de logros que la diseñadora consiguió incluir y asentar en una industria que estaba tocada por la varita de la comodidad en las tradiciones.

Coco Chanel cambió lo que estaba mal hecho y mejoró lo que se estaba haciendo bien. Fue, probablemente, el éxito de su trabajo: saber identificar una necesidad y cubrirla. Innovó con rebeldía, y eso le valió ser la artífice del origen de las bases de la moda futura que, todavía hoy, siguen consideradas como actuales. Y que consisten, nada más, que en mantener la elegancia de las prendas, sin renunciar a la comodidad y pensándolas en clave informal y sencilla, que no simple. Lo sencillo es elegante; lo simple, prescindible.

Los 10 hitos

Su capacidad creativa dejó atrás la opulencia de la Belle Époque para crear prendas y complementos que otorgaran a la mujer moderna un espíritu libre. Convirtiéndose a su vez en una de las primeras empresarias y emprendedoras de la Historia. Y lo hizo combinando su capacidad creativa con la empresarial. A la vez que diseñaba un nuevo estilo velaba por la economía de su negocio, que para 1918 ya contaba con más de 300 empleados, en una época en la que una mujer soltera tenía muy difícil conseguir créditos bancarios.

Un reconocimiento como mujer empresaria y como responsable de desencorsetar a la mujer y despojarla de una figura ceñida. Fusionó el estilo masculino con el femenino creando el concepto ‘unisex’, tan recurrente actualmente, que dio libertad de movimiento a la mujer de finales del siglo XIX. El armario femenino ya no contaba sólo con corsés, vestidos largos y faldas ceñidas. También con pantalones, camisas amplias y botas de montar a caballo. Una tendencia que afianzó y sobrevivió al paso del tiempo. Y que tuvo su origen en la indumentaria de la diseñadora cuando practicaba hípica junto a sus amigos y parejas.

En esta línea, Mademoiselle Chanel, como gustaba que la llamaran, trabajó con tejidos hasta el momento impensables para patrones femeninos. El era crear un vestuario chic y versátil para la mujer trabajadora. La lana y el punto, destinados anteriormente a mozos de cuadras, asistentas y clases trabajadoras, fueron las bases de sus diseños. Dio luz verde a faldas terminadas a la altura de las rodillas, jerséis de cuello vuelto, camisetas de rayas y su más famosa creación, el traje de dos piezas, de americana y pantalón de pinzas o falda.

También fue alabada por cambiar la mentalidad de las gentes de la época al desvincular el color negro de la ropa para lutos. Lo alcanzó con la creación del llamado little black dress, un vestido de corte clásico que ideó en 1926 y con el que acabó con los convencionalismos. La revista Vogue, en su edición norteamericana, fue la primera cabecera en publicar un boceto de la prenda dibujado por ella.

De la ropa al complemento. Así pasó Coco Chanel su vida profesional. La joyería fue otra de las disciplinas en la que puso el foco. Inventó joyas para mujeres libres. No quiso que tenerlas dependiera de ser regaladas por un hombre. Mezclando sencillez y sofisticación, creó piezas a la altura de la sociedad más relevante, pero de uso diario. Las democratizó sin dejar de ser un icono de clase social.

Otro de los símbolos de la Maison es el toque bicolor que dio al calzado. En 1957 rompió con la tendencia monocromática a la que la industria estaba acostumbrada. Así creo un zapato partiendo de un básico modelo de salón beige, al que aportó distinción añadiendo un detalle negro en la puntera.

Modelo de bolso 2.55 de Chanel.

Hay quien dice que el elemento diferenciador de un look es el bolso. Razón no le falta. El arma con el que una persona eleva o iguala el tono del mensaje que quiere transmitir con su vestimenta. Coco Chanel puso nombre a este artefacto: 2.55. Una de las creaciones más atemporales de la factoría. La creación del bolso 2.55 responde a una única razón o necesidad: liberar las manos del bolso del momento, el clutch. De piel, acolchado, con bolsillos internos y una cadena de eslabones para poder colgarlo y dejar las manos libres. Fue toda una revolución de la época.

Perfume Nº5 de Chanel.

Apasionada de los olores, en 1921 dio forma al elixir que 101 años más tarde sigue siendo el más exquisito, símbolo de glamour y distinción, y el más vendido. El perfume Nº 5 de Chanel fue el resultado de un conjunto de pasiones personales. Dio vida a la fragancia de esencia floral, con rosa de mayo y jazmín, cuyo envase de líneas clásicas y rectangulares alberga una historia secreta.

Cada uno de sus pasos en la industria los dio siendo fiel a dos creencias convertidas en mantra 51 años después de su fallecimiento. «La moda pasa, el estilo permanece» y «Para ser irremplazable se debe ser diferente». Una reflexión esta última que se confirma con su consideración de leyenda, junto a nombres igual de destacados, como Elsa Schiaparelli, Madeleine Vionnet y Paul Poiret, entre otros, y con ser la única mujer del imperio de la moda en aparecer en la lista de Las 100 personas más influyentes del siglo XX, que elaboró la revista Time.

Pero si hay algo que la pionera del prêt-à-porter y reeditora de la alta costura consiguió fue respeto. En parte, la mujer que llegó al mundo con un error debajo del brazo al ser inscrita en el Registro como Gabrielle Chanel, insignificante si no tuvieras la presión de pasar a la Historia como una de las mujeres más influyentes de todo un siglo, no consiguió ser valorada por sus dones artísticos. Sí por ser sinónimo de valentía y lucha, en unos años donde el esplendor económico y la consideración profesional como única administradora de un emporio internacional fuera sólo un triunfo masculino.

Cambió las normas de la moda, pero a la mujer le abrió las puertas del empresariado. Y, por ello, Chanel es más que una firma a la que mirar, es una mujer a la que admirar.