La escritora y filósofa de la generación Z, Elizabeth Duval, posa para la cámara en las calles de Madrid.

Aunque Elizabeth Duval (Alcalá de Henares, 2000) deteste las etiquetas, tiene preparadas algunas para responder quién es: escritora, filósofa y crítica. En París, donde vive, es una estudiante de La Sorbona, en España es una estrella mediática a quien se intenta constantemente encasillar como activista trans: «Quien dice eso no sabe de la misa, la media», se rebela. Después de la novela Reina (Caballo de Troya, 2020) y el poemario Excepción (Letraversal, 2020), dedica las primeras páginas de su nuevo ensayo Después de lo trans (La Caja Books) a desgranar la misa entera, punto por punto. La publicación coincide con el polémico borrador de la Ley para la Igualdad Real y Efectiva de las personas Trans (conocida como «ley trans») que Duval defiende, y también critica, con su característica vehemencia argumentativa.

Dice que el ensayo no es «un argumentario para que tú te quedes en casa y descubras qué es lo que tienes que decirle a tus amigos sobre el concepto de lo trans». ¿Qué es?

Es muy fácil lanzar libros con la intención de que sean los polémicos, monten un escándalo y por ello vendan; pero sin nada de contenido que profundice en esas cuestiones. Es una casualidad bastante buena que el mío salga en medio de la tramitación de la ley, pero yo lo dedico a reflexionar con más profundidad no solo sobre lo trans, sino también en relación con las personas que han pensado o han hablado acerca de ello en España, e intentar aclarar ese concepto. Tiene algo de alma pedagógica, porque no hace falta el requisito de que el lector se haya leído chorrocientos papers, o toda la bibliografía relacionada con los estudios de género.

¿Y cuál es la relación de los españoles con lo trans?

Planteo un estado de la cuestión y cómo se trata el tema en los medios, y en qué tópicos, clichés o bulos se cae. También hay cosas que ataco frontalmente, como la falsa tolerancia de muchos políticos y personas que se ponen a hablar del tema, y ven a los trans como los pobrecitos del mundo, los famélicos y condenados de la tierra a los que van a otorgarles derechos, pero sin comprender muy bien a quién ni para qué le otorgamos derechos.

El debate en torno a la ley no solo ha enfrentado a detractores y defensores, sino que ha creado un cisma dentro del feminismo. ¿Están los puentes rotos?

A raíz de defender mi postura en debates televisivos, he recibido una cantidad de odio en redes brutal, se me ha echado encima una caterva particularmente agresiva. No es la primera vez, lo que ha sido diferente es que hay una minoría dentro de ese sector de lo transexcluyente al que molesta no lo que yo pudiera decir, sino simplemente el hecho de que yo pudiera hablar y tuviera una plataforma, por una especie de sentimiento irracional de miedo o vulnerabilidad.

Como filósofa, ¿qué lectura hace de esta reacción?

Hay que atender a ese tipo de acercamientos a través del miedo y ver de dónde vienen. Hay que empatizar con esos argumentarios que dicen que se está hormonando masivamente a las niñas pequeñas… Decir que las cosas en realidad no son así no tiene que estar reñido con hacerlo de una forma más o menos empática. Pero sí que es cierto que construir puentes con parte de esa facción que ahora se ha visto trasladada a una posición de odio tan brutal es muy difícil, creo que prácticamente imposible, porque esos debates no se pueden dar de una manera genuina. Con quiénes sí que intentaría construir puentes sería con aquellas personas que legítimamente, sobre todo feministas, puedan tener dudas sobre la ley, pero cuyo acercamiento no se produzca desde posiciones de odio.

Parece que las únicas alternativas es estar radicalmente a favor o en contra, sin matices.

Es algo que yo misma he podido experimentar, son masas de estás conmigo o estás contra mí. Es una pena, pero no creo que sea responsabilidad de las personas favorables a la ley, la polarización no sale de ellas. Las provocaciones más bestias han venido sobre todo desde la facción transexcluyente, con discursos como el de Lidia Falcón en los que acabó llamando «mutantes» a las personas trans. El caso es que hay una responsabilidad mutua que impide que se debatan otras cosas más minuciosas.

¿Por ejemplo?

El precedente de la ley irlandesa. En ella, no solo se contempla que los delitos de violencia de género cometidos con anterioridad al cambio de sexo registral se juzguen por el sexo registral de la persona en el momento de los hechos; sino que si una persona se cambia de sexo registral pero luego comete un delito que esté relacionado con ello, se la juzgue igualmente como si no hubiera tenido lugar el cambio. Entrar en ese tipo de matices legales, comparando con otras leyes del entorno me parece que ahora mismo no es posible, por cómo se ha enconado el debate en términos que no tienen sentido. Sobre todo, porque hay una parte transexcluyente que está diciendo que la ley hace cosas que no hace.

¿Es solo un rechazo ideológico?

Hay que recalcar que hace pocos años, en comunidades como Andalucía, se aprobaron leyes muy parecidas a esta que propulsa ahora el Ministerio de Igualdad, con unanimidad del arco parlamentario. Esto evidencia dos cosas: que detrás hay intereses políticos mucho más que morales para obstaculizar la ley por parte del PSOE y que el relato que se está haciendo en los medios acerca de lo trans ha retrocedido. Que en 2015 existiera este tipo de guerra, o esta violencia contra lo trans era una cosa inconcebible.

Se opone a la autodeterminación de género, ¿cómo explica esta postura?

Se puede resumir de una forma muy simple: se ha cometido un error al trasladar una noción jurídica al campo de la reflexión conceptual o política. La autodeterminación de género, entendida como reconocer la identidad de género libremente manifestada de una persona, a nivel jurídico, puede estar bien y puede ser el mejor mecanismo disponible para reconocer a las personas trans. Pero a nivel conceptual o político, hablar de autodeterminación es caer en este cliché de que las personas trans llegan por la mañana, se levantan, se ponen una peluca y un vestido, escogen o deciden libremente cuál es su género. Se puede entrar aquí en debates sobre la noción de libertad o libre albedrío, pero yo creo que se cae en la trampa que se ha reprochado muchas veces desde el movimiento transexcluyente, que lo relaciona con el neoliberalismo y la libertad absoluta de consumir los géneros o etiquetas casi como identidades o marcas. Hay que distanciarse lo máximo posible de ese discurso. Porque tener una perspectiva despatologizadora y a favor de los derechos de las personas trans no es incompatible con decir que la identidad de género, conceptualmente, es una cosa imposible. Porque el género ya viene dado por un montón de factores sociales y también biológicos.