Maria Brugués Mitjans Prunera (Gavà, 1964), abogada y escritora, ha publicado hasta la fecha tres novelas de ficción: El abanico finlandés, (2015); Cuando el destino conspira a tu favor (2021); y este 2026.
Además de la ficción, ha sido coautora de libros especializados en temas jurídicos entre 2018 y 2020 como miembro del Cuerpo de Abogacía de la Generalitat de Cataluña.
En su última novela reflexiona sobre la relación que tenemos con el dinero desde la perspectiva de cuatro personajes que en el fondo son uno sólo y las distintas etapas que todos pasamos hasta que nos acostumbramos a controlar los impulsos y los miedos. «Estoy muy ilusionada por abrirme al mercado hispanohablante, tengo ganas de ver cómo el libro es recibido», nos cuenta la autora. «Me he implicado mucho en la traducción, para que los giros en catalán tuvieran su equivalente en español, sin perder el sentido».
–La historia que usted cuenta es universal.
-Es una reflexión muy de nuestro tiempo, sobre cómo nos relacionamos con el dinero.
-Nace de un impacto.
-Calle Valencia, Barcelona, yo tenía 6 o 7 años y fuimos com mi padre de visita a casa de unos tíos. Recuerdo una casa lúgubre, muy fría, no pude quitarme el abrigo, figuras ennegrecidas por todo el salón, pero no porque estuvieran pintadas de negro sino porque eran plata y no habían sido pulidas en años. Y ahí estaban, mis tíos, sentados en un sofá deshilachado, tapados con una manta. Me impresionó tanto que a la salida le dije a mi padre -y nosotros éramos una familia que no teníamos casi nada- que tal vez tendríamos que ayudar a aquella pobre gente.
-Su padre se rió de usted.
-Todavía recuerdo la carcajada. Me dijo que eran los ricos de la familia y cuando murieron sus hijos heredaron bloques enteros de pisos en Barcelona. ¿Para qué querían todo aquel dinero, de qué les sirvió si acabaron viviendo como miserables?

–Es el miedo atávico a perder, a quedarse sin nada.
-Yo diría que hasta genético, lo llevamos incrustado en el ADN. Supongo que es por la Guerra Civil. Pasó en muchas familias y fue traumático. La historia de la posguerra fue una historia de miedo.
-Y de superación, y de reconstrucción.
-Sí, pero el impacto de lo negativo fue tan brutal que viaja a través de las generaciones y hay que hacer un trabajo personal para superarlo.
-Usted ha escrito esta novela.
Hay cuatro personajes y cada uno encarna una manera de relacionarse con el dinero. El primero, como mis tíos, acumula y no gasta; el segundo, quiere dinero rápido, fácil y sin esfuerzo y es un narcotraficante. Recuerdo a una chica de mi juventud que se llamaba Lluïsa, que tenía la inteligencia suficiente para ser directiva o empresaria, pero quiso dinero fácil, rápido, y fue escort de lujo.
-Usted lo sabía.
-Éramos muy amigas, nos lo contábamos todo. Me dolió mucho que marcara su vida para siempre, pero a la vez, yo que siempre avanzo a ritmo lento, a veces desesperantemente lento para mi gusto, miraba con envidia que ganara tanto dinero y tan rápido. Todos queremos dinero fácil pero el dinero no es fácil.
-El dinero no es un crimen.
-Cuando vienes de abajo, como es mi caso, escuchas en tu familia y en el ambiente en el que te mueves cosas feas sobre el dinero, como que nadie se hace rico trabajando. Es verdad que hay gente que roba, pero también hay grandes empresarios. Yo los he podido conocer, pero porque he hecho el esfuerzo de acercarme a ellos. Y entonces entiendes que el dinero no lo puedes criminalizar, pero tampoco divinizar, y que en sí mismo tiene mucho menos valor que como herramienta, y las cosas realmente hermosas que puedes hacer con él.
-El tercer personaje parece entenderlo, pero tal vez de un modo demasiado descarnado.
-Es el tanto tienes, tanto vales. Todo lo compra: los coches, los barcos, los amigos, el amor. Vincula tanto su identidad a su dinero, que cuando se queda sin nada, se hunde.
-Y el cuarto personaje es el extremo opuesto.
-Es Maite, una cuidadora de personas mayores, leal, servicial, antimaterialista, era un personaje de reparto pero le tomé cariño y fue creciendo. De todos modos, a pesar de mi amor, hay algo que está claro: cuando llegan las facturas, y las facturas llegan, hay que pagarlas.
-No es fácil encontrar el equilibrio.
-Todos pasamos por estas cuatro fases, de un modo tal vez no tan explícito. Todos queremos lo fácil, todos tenemos miedo de perder, todos tenemos la tentación de solucionar con dinero lo que necesita otros sentimientos, todos tenemos envidia en algún momento. Hay que darse cuenta, asumirlo, trabajarlo. La verdad es que tenía pensado un final más trágico para la novela. Pero poco a poco, a través de la construcción de los personajes vi que todos tenían una parte de mí y me apiadé de ellos. Todos necesitamos piedad, compasión, ser conscientes de lo que somos; y por eso al final decidí acabar el libro tratándolos con más delicadeza.

