Apenas han transcurrido dos décadas desde que se pusiera punto y final al episodio más oscuro en la historia reciente de Europa, los conflictos étnico-religiosos entre los pueblos de la antigua Yugoslavia. Cuando todavía hoy suenan los ecos de las balas silbando, un nuevo conflicto a gran escala sacude los cimientos del Viejo Continente. Vladimir Putin, cabeza visible de una Rusia recompuesta tras años vagando sin rumbo desde la disolución de la URSS en 1991, ha optado por la línea dura ante la incapacidad de imponer sus intereses en lo que considera su zona de influencia.

En el seno del pensamiento del Kremlin, Ucrania es mucho más que una nación hermana. Encarna la nostalgia de la grandeza rusa bajo el paraguas de la extinta Unión Soviética, y da cobijo a una importante diáspora rusófila, especialmente en el extremo oriental del río Dniéper. Pero es que además representa un baluarte vital para la defensa de Rusia, una línea adelantada en conjunción con Bielorrusia para frenar el expansionismo occidental de la mano de la OTAN. En Moscú todavía resuenan las palabras del exsecretario de Estado estadounidense James Baker —“ni una pulgada hacia el este”— al por entonces líder soviético Mijaíl Gorbachov, el 9 de febrero de 1990, en relación al compromiso de la Alianza Atlántica de no extenderse más allá de Alemania.

La invasión sobre suelo ucraniano, por tanto, debe entenderse como la consumación del proceso disuasivo que empezó Rusia en las regiones georgianas de Osetia del Sur y Abjasia en 2008, y que afianzó en 2014 con la anexión de la península de Crimea. Una línea roja que ha desembocado en una devastadora guerra y una catástrofe humanitaria, pero también en gravísimas consecuencias económicas que amenazan con desestabilizar toda la economía mundial.

Jaque al orden unipolar

La consecuencia más evidente de las hostilidades es la vuelta a un escenario de Guerra fría que se creía enterrado y superado. La avalancha de sanciones occidentales como réplica a la agresión orquestada por Putin ha acrecentado más si cabe la brecha eurasiática, lo que de facto se ha traducido en un renovado acercamiento de Europa hacia Estados Unidos, mientras Rusia busca cobijo en los brazos de China, su principal valedor y socio comercial. Tal es así que la movilidad ha quedado fuertemente restringida, con vetos cruzados desde Occidente y Rusia a sobrevolar sus respectivos espacios aéreos. Esto ha llevado ya a graves disrupciones en el transporte tanto de pasajeros como de mercancías, que se ha traducido en un sustancial incremento de los costes así como de los tiempos, a tenor de la reconfiguración de multitud de rutas aéreas con tal de sortear zonas coartadas. Las afectaciones también se están notando en la zona del Mar Negro, un hub logístico clave para conectar Europa con Asia. Las compañías aseguradoras han dejado de cubrir a los buques mercantes que operan en la región al considerarlo zona de guerra, con lo que el transporte de mercancías ha quedado completamente paralizado.

Esta desconexión forzosa podría no ser más que la primera piedra de un proceso mucho más amplio de reordenación global. El orden unipolar, hasta ahora vigente bajo la batuta de Washington, se resquebraja para dar paso a otro mucho más amplio e inestable, con actores emergentes como China, India o la propia Rusia que reivindican su creciente preponderancia en la esfera mundial. Las regiones ganarán peso relativo al multilateralismo, levantando muros a su paso donde hasta ahora había rutas comerciales intercontinentales y alianzas estratégicas.

Para ilustrar este retroceso en el colaboracionismo, fijémonos en el caso concreto de la industria aeroespacial. Hasta ahora, buena parte de los lanzamientos de satélites y sondas robóticas que realizaba la Unión Europea recaían en los cohetes rusos Soyuz. Sin embargo, la imposición de sanciones occidentales a la exportación de componentes electrónicos necesarios para el ensamblaje de los cohetes ha llevado a la suspensión de la colaboración entre las partes, lo que de facto se ha traducido en la cancelación de lanzamientos de misiones espaciales ya programadas como la Exomars, que había sido concebida entre la Agencia Espacial Europea y Roscosmos, su homóloga rusa.

Disrupciones en las materias primas

Otro aspecto caudal es el de la energía. Rusia es el mayor exportador neto tanto de petróleo como de gas natural del mundo, elementos todavía hoy fundamentales para lubricar la maquinaria que nutre tanto el transporte como la industria. La guerra se produce, además, en un contexto muy delicado puesto que el mercado está muy tensionado y la oferta es incapaz de abastecer a una demanda creciente, lo que deriva en un encarecimiento de la energía que no hace sino añadir presiones inflacionistas a las economías de medio mundo. Tampoco ayuda la infrafinanciación sectorial de los últimos años, justificada en pro de la transición energética que busca de descarbonizar la economía global, y que ha sacado a relucir la dependencia que seguimos teniendo de los combustibles fósiles. Un enquistamiento del conflicto, aupado por las sanciones internacionales, podría derivar en una implosión al alza de los precios que en última instancia afectase al consumo y, por ende, al crecimiento económico.

En una situación muy parecida se encuentran el resto de las materias primas, tanto agrícolas como minerales. Por poner un ejemplo, Egipto –país de más de 100 millones de habitantes– es el mayor importador de trigo del mundo, y el 85% de su suministro proviene de Rusia y Ucrania. No es ni mucho menos un caso puntual. Conviene recordar que las protestas que desembocaron en la llamada Primavera Árabe y que se propagaron por multitud de naciones del Norte de África y Oriente Medio tuvieron parte de su origen en la precarización de las condiciones económicas de sus ciudadanos, marcadas por la creciente inflación y unos niveles de desempleo elevados.

Las disrupciones en torno al trigo son extrapolables a otros alimentos como el maíz o el aceite de girasol, del que Ucrania es el mayor exportador del mundo; pero también a minerales como el paladio o el níquel, de los que Rusia controla el 42% y el 9% de la cuota mundial, respectivamente. Ambos metales son trascendentales en industrias de alto valor añadido como la automovilística o la aeronáutica, y su precio se ha disparado ante el temor de escasez o cuellos de botella en el suministro. El titanio también tiene visos de convertirse en tema de preocupación si la situación no mejora próximamente. Así, Boeing, el gigante de la aviación estadounidense, depende en hasta un tercio del titanio ruso para abastecer su demanda interna, mientras que en el caso de Airbus, su rival europeo, el porcentaje se enfila hasta el 50%.

Swift, divisas y reputación de marca

El otro gran frente de batalla se enmarca en el sistema financiero. Varios bancos rusos, que previamente estaban ya sancionados, han sido expulsados del sistema internacional de pagos SWIFT, dificultando que puedan operar globalmente y mermando la capacidad de apalancamiento de personas y empresas por igual. Este veto ha venido acompañado de los anuncios por parte de Visa y MasterCard que cesan todas sus operaciones en Rusia, lo que a su vez abre la puerta a que UnionPay, la organización de tarjeta bancaria de uso doméstico de China, ocupe el vacío generado.

La expulsión de SWIFT se complementa con otra serie de medidas draconianas que afectan a la línea de flotación del banco central de Rusia, principal reservorio de activos del país y que verá buena parte de sus activos congelados, dificultando así la conversión de estos en recursos líquidos. Esto no hace sino añadir dudas acerca de la capacidad efectiva de Moscú para frenar la depreciación del rublo, que en las últimas semanas ha caído a mínimos históricos respecto a las divisas de referencia. Tal ha sido el desplome que el propio banco central ha tenido que anunciar medidas desesperadas como una subida de los tipos de interés de más de 1.000 puntos básicos hasta el 20%. Si bien esta medida puede frenar la vorágine bajista del rublo, es igualmente cierto que encarecerá sobremanera el acceso al crédito, con el consiguiente agravio para ciudadanos y negocios.

En paralelo, la fuga de compañías occidentales de Rusia, que cesan parcial o totalmente sus operaciones en el país, que posiblemente irá a más, motivada tanto por el deterioro de las condiciones internas del país como por la reputación negativa que tendrá mantener la actividad comercial en un país percibido como hostil por parte de la opinión pública. Gigantes del retail como Ikea ya han anunciado que hacen las maletas, a la que seguirán otros como el referente textil español Inditex, que ha cesado temporalmente su negocio en sus más de 500 tiendas a lo largo y ancho del país. En este último caso, el mercado ruso representaba el mayor del grupo al margen del español, lo que da idea de la magnitud del golpe. También están cortando lazos referentes deportivos como Adidas o Nike; tecnológicas como Apple, Google o Microsoft; y automovilísticas de la talla de Volkswagen o Mitsubishi. Aunque quizá el ejemplo más evidente de esta crisis se da entre los conglomerados energéticos, que están abandonando proyectos gasísticos y petroleros sumamente rentables tras haber acometido inversiones milmillonarias en los últimos años, como la británica BP o la estadounidense ExxonMobil. Rusia se ha convertido en un paria, y la comunidad internacional le brinda un trato vejatorio en forma de aislamiento comercial como respuesta a su invasión sobre Ucrania.

Es más, se están dando pasos decididos para excluir a las compañías rusas de los principales índices bursátiles, tales como el Dow Jones y el S&P 500 estadounidenses o el LSE británico, así como los principales ponderadores de inversión como el MSCI. Estas decisiones drenarán más si cabe los flujos de inversión, aislando a las multinacionales rusas del necesario acceso al capital para acometer inversiones.

Medidas con medida

La comercial es otra forma de hacer la guerra, quizá si cabe más eficaz al acrecentar el malestar interno de los ciudadanos ante la pérdida de competitividad y oportunidades. Pero conviene no precipitarse y ser muy cuidadosos con la imposición de sanciones a destajo: Rusia no es Irán, Venezuela o Corea del Norte sino que representa una pieza fundamental para el equilibro y el aprovisionamiento de materias primas del mundo. Y hoy por hoy, no hay un reemplazo posible.

En juego está evitar un colapso generalizado, cuyas consecuencias podrían derivar en hambrunas o la cronificación de precios elevados en muchos segmentos, mermando consigo el poder adquisitivo de los ciudadanos. Igualmente importante es el hecho de que cuanto mayor sea el castigo punitivo, mayor será la desafección y por ende menor la posibilidad de resarcirse y dar marcha atrás. Es en tiempos como estos cuando se consolidan los nacionalismos excluyentes y los discursos de odio, y si algo nos ha enseñado la historia, es que este es un camino muy peligroso que recorrer.