Durante décadas, Silicon Valley tuvo una regla no escrita: para construir una gran fortuna hacía falta tiempo. Amazon necesitó años para consolidarse como el gigante del comercio electrónico que convirtió a Jeff Bezos en una de las mayores fortunas del planeta. Google recorrió un camino parecido con Larry Page y Sergey Brin. Incluso Mark Zuckerberg tardó varios ejercicios en transformar Facebook en un imperio valorado en cientos de miles de millones de dólares.
La inteligencia artificial ha pulverizado ese calendario. Desde el lanzamiento de ChatGPT a finales de 2022, el mercado privado ha comprimido quince años de creación de riqueza en apenas tres. Lo que internet necesitó una década y media para conseguir, la IA lo está haciendo a una velocidad desconocida hasta ahora: crear empresas valoradas en decenas de miles de millones de dólares antes incluso de que muchas de ellas hayan lanzado un producto comercial.
El resultado es una nueva generación de multimillonarios que hace apenas tres años eran completos desconocidos para el gran público. No son ejecutivos salidos de Wall Street. Tampoco fundadores del comercio electrónico o de las redes sociales. Son físicos, matemáticos, ingenieros e investigadores que pasaban sus días entrenando modelos de lenguaje, escribiendo código o publicando artículos científicos. Hoy controlan algunas de las compañías más codiciadas del planeta.
De laboratorios a fortunas de miles de millones
Uno de los nombres que mejor resume esta transformación es Alexandr Wang. Cuando fundó Scale AI en 2016 tenía solo 19 años y acababa de abandonar el MIT. Su idea parecía poco glamurosa: construir la infraestructura de datos necesaria para entrenar algoritmos de inteligencia artificial. Mientras otras startups competían por desarrollar aplicaciones, Wang apostó por el trabajo invisible que hacía posible que los modelos aprendieran.
El tiempo terminó dándole la razón. Según la información comunicada por la compañía y distintas operaciones corporativas, Scale AI alcanzó una valoración cercana a los 29.000 millones de dólares tras la entrada de Meta en su accionariado. Forbes sitúa el patrimonio de Wang en torno a los 12.000 millones de dólares, convirtiéndolo en uno de los multimillonarios hechos a sí mismos más jóvenes del mundo.
Junto a él apareció otro nombre prácticamente desconocido fuera de Silicon Valley: Lucy Guo. Cofundadora de Scale AI y antigua ingeniera de Snapchat, abandonó la compañía años antes de su explosión definitiva, pero conservó parte de sus acciones. Forbes estima hoy su patrimonio en torno a 1.300 millones de dólares, consolidándola como una de las mujeres multimillonarias hechas a sí mismas más jóvenes del sector tecnológico.
El laboratorio que desafió a OpenAI
Si Scale AI representa la infraestructura de la inteligencia artificial, Anthropic simboliza la batalla por construir los modelos del futuro. La compañía fue fundada por los hermanos Dario y Daniela Amodei, dos antiguos responsables de investigación y seguridad de OpenAI que abandonaron la organización convencidos de que el desarrollo de la IA debía avanzar con mayores garantías de control.
La apuesta resultó extraordinariamente rentable. Según la información comunicada por la compañía y distintas estimaciones publicadas por medios especializados, Anthropic ha multiplicado varias veces su valoración desde comienzos de 2024 hasta situarse entre las startups privadas más valiosas del mundo gracias al respaldo financiero de gigantes como Amazon y Google, además de nuevas rondas lideradas por fondos internacionales.
Forbes y otras estimaciones de mercado sitúan el patrimonio de Daniela Amodei en torno a los 15.500 millones de dólares, mientras que el de Dario Amodei ronda los 7.000 millones. Lo llamativo no son únicamente las cifras. Es que ninguno de los dos fundó Anthropic para hacerse rico. Ambos eran científicos especializados en seguridad de modelos de inteligencia artificial.
Empresas que nacen valiendo miles de millones
Durante años, Silicon Valley siguió un patrón relativamente estable. Primero se lanzaba un producto. Después llegaban los usuarios. Más tarde aparecían los ingresos. Y finalmente las grandes rondas de financiación. La inteligencia artificial ha invertido completamente ese orden.
La startup Safe Superintelligence (SSI), creada por Ilya Sutskever tras abandonar OpenAI, consiguió atraer miles de millones de dólares de financiación sin haber presentado todavía un producto comercial. Lo mismo ocurrió con Thinking Machines Lab, la nueva empresa de Mira Murati, antigua directora tecnológica de OpenAI.
En ambos casos, el mercado no estaba comprando una aplicación. Estaba comprando talento. Según estimaciones publicadas por distintos medios financieros, SSI alcanzó una valoración cercana a los 32.000 millones de dólares, mientras que Thinking Machines negocia rondas que podrían situarla alrededor de los 50.000 millones.
Murati, una ingeniera que antes de OpenAI trabajó en Tesla desarrollando el Model X y posteriormente lideró el desarrollo técnico de ChatGPT y DALL-E, ya figura entre las grandes fortunas emergentes del sector con un patrimonio estimado en torno a 1.400 millones de dólares.
El ingeniero que quiere reinventar Google
Otro de los nombres que mejor explica esta revolución es Aravind Srinivas. Con apenas 31 años, este antiguo investigador de DeepMind y OpenAI decidió lanzar Perplexity AI, un buscador conversacional que pretende cambiar la forma en la que las personas encuentran información en internet.
Los números hablan por sí solos. A comienzos de 2024, Perplexity estaba valorada en torno a 520 millones de dólares. Dos años después, distintas rondas de financiación la sitúan alrededor de los 21.000 millones, tras captar inversión de firmas como SoftBank y de inversores vinculados a Nvidia o Jeff Bezos.
Forbes estima que Srinivas ya supera los 2.000 millones de dólares de patrimonio.
El dinero ya no persigue productos. Persigue cerebros.
Hay un dato que resume mejor que ningún otro el momento que vive la industria. La mayor parte de estas compañías han levantado miles de millones de dólares antes de demostrar que podían convertirse en negocios rentables.
Anthropic ha captado decenas de miles de millones en financiación con el respaldo de Amazon y Google. OpenAI ha recibido inversiones multimillonarias lideradas por Microsoft. Scale AI atrajo una operación estratégica de Meta valorada en más de 14.000 millones de dólares. Perplexity cuenta entre sus inversores con Nvidia, SoftBank y Jeff Bezos.
Nunca antes un grupo tan reducido de investigadores había concentrado semejante capacidad para atraer capital. Porque la inteligencia artificial ha cambiado la lógica de Silicon Valley. Hoy los fondos ya no invierten únicamente en empresas. Invierten en científicos.
La gran paradoja: el hombre que cambió el mundo… pero no es el más rico
Existe una ironía que resume perfectamente esta nueva economía. Sam Altman es probablemente el rostro más conocido de la inteligencia artificial. Sin él resulta difícil entender el impacto global de ChatGPT. Sin embargo, no figura entre las mayores fortunas surgidas de esta revolución.
La explicación está en el origen de OpenAI.
La organización nació en 2015 con una estructura sin ánimo de lucro y, posteriormente, evolucionó hacia un modelo híbrido. Altman ha explicado en distintas ocasiones que no posee una participación accionarial comparable a la de otros fundadores del sector. Forbes estima que su patrimonio supera los 1.000 millones de dólares, pero buena parte de esa riqueza procede de inversiones en compañías como Stripe, Reddit o Helion, y no directamente de OpenAI. Mientras tanto, varios de los científicos que trabajaron a su lado sí conservan participaciones valoradas en miles de millones.
El verdadero ganador lleva una chaqueta de cuero
En toda fiebre del oro hay alguien que gana independientemente de quién encuentre el oro. En la inteligencia artificial ese papel lo desempeña Nvidia.
Cada nuevo modelo necesita una cantidad gigantesca de capacidad de computación. Y esa computación depende, en gran medida, de los procesadores diseñados por la compañía de Jensen Huang.
Cada vez que OpenAI, Anthropic, SSI o Thinking Machines cierran una ronda multimillonaria, una parte importante de ese dinero termina destinada a comprar chips de Nvidia. No es casualidad que la compañía haya protagonizado una de las mayores revalorizaciones bursátiles de la historia reciente.
Mientras las startups compiten por desarrollar el mejor modelo de IA, Nvidia vende las herramientas que todas necesitan para hacerlo posible.
Una nueva aristocracia económica
Según la lista anual de multimillonarios de Forbes, la inteligencia artificial ya ha dado lugar a decenas de grandes fortunas vinculadas directamente a este sector, muchas de ellas incorporadas recientemente. Su riqueza conjunta alcanza varios billones de dólares, una cifra que ilustra la magnitud del fenómeno y el papel que la IA está desempeñando como nuevo motor de creación de capital.
Pero quizá la verdadera noticia no sea cuánto dinero acumulan. La verdadera noticia es quiénes son. Hace apenas unos años, la mayoría trabajaba entre pizarras, laboratorios y líneas de código. Hoy forman la nueva aristocracia tecnológica. La revolución de internet convirtió a programadores y emprendedores en multimillonarios. La inteligencia artificial está haciendo algo distinto. Está convirtiendo a científicos en los nuevos dueños del dinero.

