En los mercados hay movimientos que valen más por el mensaje que transmiten que por la cifra en sí. Y el último paso de Josep Oliu alrededor de Puig parece precisamente uno de ellos.
El presidente de Banco Sabadell ha invertido más de un millón de euros en acciones de la multinacional catalana de belleza apenas unas horas después de que la compañía anunciara la ruptura de las negociaciones de fusión con Estée Lauder. Una operación que había disparado las expectativas del mercado… y cuyo fracaso provocó un fuerte castigo bursátil inmediato.
Lejos de alejarse, Oliu hizo justo lo contrario.
A través de la sociedad Torrellimona, el histórico banquero adquirió el pasado 22 de mayo un total de 70.000 acciones de clase B de Puig a precios situados entre 15,20 y 15,34 euros por título, según los registros de la CNMV. La inversión total ascendió a 1,068 millones de euros.
La compra se produjo en una jornada especialmente delicada para la compañía. Ese mismo día, Puig cerró en Bolsa con una caída del 13,4%, situando la acción en 15,27 euros tras el impacto que generó la cancelación de las conversaciones con el gigante estadounidense Estée Lauder.
Pero el movimiento de Oliu tiene otra lectura importante: llega justo antes de abandonar el consejo de administración de Puig después de 24 años ligado a la compañía.
Una salida simbólica en pleno momento clave para Puig
La junta de accionistas prevista para este viernes formalizará la salida de Oliu como consejero dominical en representación de Exea, el holding de la familia Puig. Su marcha coincide además con uno de los momentos más determinantes en la historia reciente del grupo catalán.
Porque Puig ya no es únicamente una de las grandes empresas familiares españolas: desde su salida a Bolsa en mayo de 2024 se ha convertido también en uno de los grandes laboratorios para medir cómo el mercado internacional valora el lujo, la cosmética premium y las marcas de belleza europeas en plena transformación global del consumo. Y precisamente por eso la frustrada operación con Estée Lauder había generado tanto interés.
La posibilidad de una alianza entre ambas compañías abría la puerta a una consolidación histórica en la industria global de la belleza, en un momento en el que gigantes como L’Oréal, LVMH o Coty aceleran su competencia por el control de las marcas premium y el crecimiento internacional.
La ruptura de las conversaciones generó dudas inmediatas entre los inversores. Pero también permitió algo importante: medir quién seguía creyendo en Puig más allá del corto plazo. Y ahí aparece Oliu.
Un gesto de confianza en plena volatilidad
En términos financieros, un millón de euros puede no alterar el equilibrio accionarial de una multinacional del tamaño de Puig. Pero en términos simbólicos, el movimiento tiene peso. Especialmente viniendo de una figura que conoce bien tanto los mercados como la evolución interna de la compañía durante más de dos décadas.
Cuando Puig debutó en Bolsa hace ahora dos años, Oliu ya figuraba como accionista con más de 92.000 acciones de clase B. La nueva compra refuerza claramente su posición justo en un momento de incertidumbre bursátil.
En otras palabras: mientras parte del mercado reaccionaba al miedo, él decidió aumentar exposición. Y eso rara vez es casual.
Puig y el nuevo mapa global del lujo
Más allá del episodio bursátil, la operación vuelve a poner el foco sobre el lugar que ocupa Puig dentro del nuevo ecosistema internacional del lujo y la belleza.
La compañía catalana ha logrado construir en los últimos años una posición especialmente singular: combinar el control familiar con una fuerte ambición global, apoyada en marcas de perfumería, moda y skincare que operan cada vez más cerca del territorio premium.
El mercado lo sabe. Por eso cada movimiento alrededor de Puig se analiza ya como algo más que una simple noticia corporativa española. Y quizá ahí esté la verdadera lectura de esta inversión de Oliu.
Porque abandonar un consejo tras 24 años suele interpretarse como un cierre de etapa. Pero invertir más de un millón de euros justo antes de salir transmite exactamente lo contrario: la idea de que, incluso desde fuera, todavía merece la pena seguir apostando por el futuro de la compañía.

