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Inteligencia Creativa

Portada de The Creative Potential Gap Report, el estudio de Puig sobre el potencial creativo y las oportunidades para impulsar la innovación.

Hace dos semanas proponía una distinción que me parece cada vez más urgente: no confundir la Inteligencia Artificial con otro tipo de inteligencia, propiamente humana, que propongo denominar Inteligencia Creativa.

La primera reproduce y amplifica una parte de nuestra inteligencia, fundamentalmente aquella que hemos conseguido formalizar: analiza, calcula, relaciona, procesa. Pero hay otra inteligencia que opera precisamente allí donde todavía no existe una respuesta, un modelo o un camino trazado.

La Inteligencia Artificial trabaja sobre lo que hemos sido capaces de formalizar. La Inteligencia Creativa trabaja sobre aquello que todavía no sabemos formalizar.

Y aquí aparece otro error común: confundir la creatividad con un output y calificarlo de creativo porque nos parece original o sorprendente. La creatividad no es un resultado. Es un proceso. Un proceso que, como argumentaba en el artículo anterior, tiene que ver con nuestra capacidad consciente de relacionarnos con la realidad y transformarla.

Mi propuesta es dar un paso más: Inteligencia Creativa es Inteligencia Evolutiva.

La historia de la humanidad es la historia de la Inteligencia Creativa

Desde el primer útil de piedra hasta el último modelo de Inteligencia Artificial, la historia de nuestra especie puede leerse como una historia de Inteligencia Creativa.

Nada me parece más revelador que el lenguaje, probablemente el artefacto más creativo que hemos producido y que, sin embargo, no nació en una industria creativa. Las primeras formas de escritura de las que tenemos noticia aparecen ligadas a necesidades aparentemente prosaicas: registrar cosechas, intercambios, deudas, bienes o acontecimientos. Es decir, organizar y comunicar una realidad.

La creatividad no necesitó llamarse creatividad para transformar el mundo.

Conviene recordarlo cuando hoy nos asombramos ante lo que puede hacer la Inteligencia Artificial. La IA no es el origen de la creatividad. Es un producto extraordinario de la Inteligencia Creativa humana: hemos conseguido procesar, formalizar y replicar en un modelo algunas de nuestras capacidades de análisis y computación.

La Inteligencia Artificial es, en este sentido, un nuevo capítulo de la Inteligencia Creativa, no su sustituto.

Confundir el producto con el proceso es uno de los errores de percepción de nuestro tiempo.

Creatividad como bien común

En las llamadas industrias creativas, la creatividad se ha dado por supuesta porque producen resultados que identificamos fácilmente como creativos. Pero precisamente por eso no siempre se ha desarrollado una verdadera cultura de creatividad intrínseca.

Algo parecido sucede en el mundo académico. Buena parte de la investigación y la conversación especializada sobre creatividad se ha instalado en las escuelas de negocio. No debería sorprendernos. Allí se ha comprendido que crear no es solamente producir objetos originales: es resolver problemas, tomar decisiones, relacionar conocimientos y transformar organizaciones.

La confusión viene de lejos: llamamos creativo al resultado y olvidamos el proceso.

Una idea puede parecer original y ser consecuencia de un proceso poco creativo. Y una solución profundamente creativa puede producir un resultado aparentemente sencillo, incluso incomprendido en su momento, algo recurrente en la historia de la ciencia y del arte.

De ahí la importancia de comprender la creatividad como un bien común. Es importante para el bienestar de las personas, para el desarrollo de la sociedad y también para la salud de las organizaciones.

Allí donde hay que decidir, aprender, relacionarse, resolver o transformar, hay una oportunidad para la Inteligencia Creativa.

NoDiseño y la era de las corporaciones

En NoDiseño. Propuesta para una nueva creatividad (2021) planteaba que estamos entrando en la era de las corporaciones. El individuo sigue siendo el centro de nuestro discurso, pero nuestras decisiones, economías, tecnologías y vidas están cada vez más condicionadas por organizaciones de una escala que ningún individuo puede igualar.

La pregunta que me interesaba entonces era cómo educar a esos nuevos organismos.

Hoy creo que una parte de la respuesta está precisamente en la creatividad.

Y aquí aparece una paradoja: no necesariamente existe más consciencia de la creatividad en las industrias o disciplinas que llamamos creativas que en muchos otros ámbitos.

En el mundo corporativo, cuando la creatividad se trabaja conscientemente, suele hacerse desde el talento: atraer personas creativas, identificar talento creativo, formar talento creativo.

Todo eso es importante, pero no basta.

El talento puede ser una condición de la creatividad; no es la creatividad.

Porque una organización puede reunir personas extraordinariamente creativas y, sin embargo, construir una cultura que impida que esa creatividad se manifieste.

El potencial que se multiplica en lo colectivo

El potencial transformador de la creatividad ya es enorme en una persona. Pero cuando esa capacidad se despliega colectivamente, cambia de escala.

Una persona creativa puede transformar su vida. Una organización creativa puede transformar la vida de miles de personas, modificar un mercado o cambiar la relación de una sociedad con un problema.

Esa es la diferencia que marca la diferencia.

Una corporación reúne conocimiento, talento, recursos, sistemas y personas. Puede, por tanto, convertirse en un extraordinario multiplicador de Inteligencia Creativa.

Pero también puede convertirse en lo contrario: en un sistema que la inhibe, la uniformiza o la reduce a una palabra de moda.

Por eso la creatividad corporativa no consiste tanto en incorporar creatividad a la organización como en crear las condiciones para que la creatividad que ya existe en las personas pueda convertirse en inteligencia colectiva.

Algunos datos empiezan a confirmarlo

El Creative Potential Gap Report, elaborado por Puig junto con Oxford Economics, aporta datos interesantes a esta conversación.

Casi la mitad de los empleos analizados, un 47%, incluye al menos una tarea altamente creativa, y ocho de cada diez, un 80%, requieren un nivel medio de creatividad.

Pero para mí el dato relevante no es solamente cuantitativo. El informe muestra que la creatividad no es patrimonio de las llamadas industrias creativas. Está distribuida por toda la economía.

Y muestra también que no depende únicamente del individuo, sino de las condiciones que permiten activarla: educación, inversión en I+D, participación cultural, libertad y condiciones de trabajo. Allí donde existen autonomía, confianza y propósito, la creatividad tiene más posibilidades de desplegarse.

El informe conecta además creatividad y bienestar, así como creatividad e ingresos. La creatividad no es, por tanto, un lujo cultural ni una cualidad ornamental de determinadas profesiones. Tiene consecuencias económicas y sociales.

Inteligencia Artificial e Inteligencia Creativa

Y aquí volvemos a la Inteligencia Artificial.

Utilizada con criterio, la IA puede liberar tiempo y capacidad cognitiva para tareas de mayor valor creativo. Utilizada sin criterio, puede producir el efecto contrario: homogeneizar resultados, reducir la exploración y estrechar el pensamiento divergente.

Por eso creo que estamos formulando mal una parte del debate.

La cuestión no es determinar hasta dónde llegará la Inteligencia Artificial frente al ser humano. Tampoco elegir entre Inteligencia Artificial e Inteligencia Creativa.

La cuestión es qué relación queremos establecer entre ambas.

La Inteligencia Artificial debería permitirnos dedicar menos energía a aquello que una máquina puede hacer mejor para concentrarnos en aquello que nos permite evolucionar.

Puig y una nueva conciencia corporativa

No es casual que Puig haya situado Home of Creativity en el centro de su relato. Lo interesante no es el lema en sí, sino lo que revela: la creatividad empieza a entenderse como una capacidad que atraviesa la organización y no como el territorio exclusivo de una función o de determinados profesionales.

Cuando la creatividad se convierte en cultura corporativa, cambia su función. Deja de ser solamente una manera de producir cosas nuevas y pasa a ser una manera de relacionarse con la realidad, con las personas y con el futuro.

Ese es, a mi juicio, uno de los grandes territorios de trabajo para los próximos años: comprender cómo una capacidad humana individual puede convertirse en inteligencia colectiva dentro de una organización.

Esta reflexión forma parte también de un trabajo que estoy desarrollando desde Fundación IE en torno a la creatividad como capacidad transversal de las organizaciones. Me interesa especialmente comprender qué ocurre cuando dejamos de estudiar la creatividad a partir del producto y empezamos a estudiarla a partir del proceso: cómo se activa, qué condiciones la favorecen, cómo se educa, cómo se gobierna y cómo puede traducirse en cultura, liderazgo, innovación y transformación.

Porque la creatividad no pertenece a una sola disciplina. Afecta a quienes diseñan productos, pero también a quienes diseñan estrategias; a quienes investigan, pero también a quienes gestionan; a quienes crean marcas, pero también a quienes crean sistemas.

Proceso, no output

Esta idea retoma lo que planteaba en el artículo anterior: la creatividad no es el resultado. Es el proceso que hace posible el resultado.

Aplicado a las corporaciones, esto significa algo muy concreto. No se trata de producir más campañas ingeniosas, más productos disruptivos o más eslóganes memorables.

Se trata de construir organizaciones capaces de mantener coherencia entre lo que dicen, lo que hacen y lo que son; cohesión entre las personas que las forman; y comunicación, en su sentido más profundo de poner en común, entre sus distintos niveles.

Coherencia, cohesión, comunicación.

Ese puede ser el verdadero output de la creatividad corporativa. Todo lo demás, el producto, la campaña, el titular o la innovación visible, es consecuencia.

Las corporaciones como vehículos de evolución

Si la Inteligencia Creativa es Inteligencia Evolutiva, y si su potencia se multiplica cuando se despliega colectivamente, las corporaciones pueden ser mucho más que grandes mecanismos de producción.

Pueden convertirse en vehículos de evolución.

Pero para ello tendremos que aprender a educarlas. No solo a contratar talento, sino a crear las condiciones para que ese talento pueda convertirse en inteligencia colectiva. No solo a incorporar tecnología, sino a utilizarla para ampliar nuestra capacidad de imaginar. No solo a buscar innovación, sino a construir culturas capaces de sostenerla.

Quizá el gran desafío de las corporaciones no sea aprender a utilizar mejor la Inteligencia Artificial, sino aprender a no perder la Inteligencia Creativa que hizo posible crearla.

Por eso la pregunta que deberíamos hacer a una organización no es si tiene un departamento creativo.

La pregunta es otra: ¿tiene, de verdad, un sistema operativo creativo?

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