A pocos metros de las sombrillas, las palas de playa y los turistas que se bañan cada verano en Can Pastilla, Mallorca esconde uno de los hallazgos arqueológicos más extraordinarios de las últimas décadas. Un descubrimiento que ha despertado además un enorme interés entre especialistas y publicaciones vinculadas al mundo marítimo y la navegación, como la revista Nautik Magazine, atenta a la relevancia histórica y patrimonial del Mediterráneo balear.
Bajo apenas dos metros de profundidad, en una zona donde hoy flotan colchonetas y motos de agua, descansa desde hace más de 1.700 años el pecio de Ses Fontanelles: un mercante romano del siglo IV que transportaba ánforas cargadas de vino, aceite y salsas de pescado cuando naufragó frente a la bahía de Palma.
Lo fascinante no es solo el hallazgo. Es el estado en el que ha llegado hasta nuestros días. Los arqueólogos consideran este barco una pieza excepcional dentro de la arqueología marítima mediterránea por la extraordinaria conservación de sus materiales y por la enorme cantidad de información histórica que todavía sigue ofreciendo. Desde que fue descubierto en 2019 tras un temporal, el yacimiento no ha dejado de revelar detalles sobre cómo funcionaba el comercio marítimo romano en el Mediterráneo occidental. Y ahora Mallorca libra una auténtica carrera contra el tiempo para salvarlo.
El equipo multidisciplinar que trabaja en el proyecto –formado por especialistas de distintas universidades e instituciones científicas– continúa con las labores de extracción y conservación de las piezas más delicadas del barco. El mar, que lo protegió durante siglos bajo capas de arena y sedimentos, se ha convertido también en su principal amenaza.
Cada temporal puede deteriorar irreversiblemente una estructura de madera que ha permanecido intacta desde tiempos del Imperio romano. Por eso el operativo tiene algo de misión de rescate histórico. Las investigaciones realizadas hasta ahora han permitido identificar un pequeño mercante de aproximadamente 12 metros de eslora que habría partido desde el entorno de Cartagena transportando más de 300 ánforas comerciales. Muchas de ellas conservaban todavía restos de su contenido y, sobre todo, algo extremadamente raro: inscripciones pintadas originales.

Esos textos –conocidos como tituli picti– han abierto una ventana inédita sobre la economía romana. Los investigadores han logrado identificar nombres de comerciantes, sistemas de control fiscal e incluso diferentes escribas encargados de rotular la mercancía. Un nivel de detalle prácticamente excepcional en arqueología subacuática. Pero más allá del valor científico, Ses Fontanelles cuenta también otra historia: la de una Mallorca muy distinta a la actual.
En el siglo IV, la zona donde hoy se encuentra Can Pastilla no era una playa urbana, sino una gran laguna navegable que penetraba kilómetros hacia el interior. La bahía de Palma formaba parte de una red comercial plenamente integrada en las rutas mediterráneas del Imperio romano, conectando Baleares con la Península y el norte de África. Mallorca ya era entonces un punto estratégico del Mediterráneo.
El hallazgo confirma además cómo las islas Baleares fueron mucho más que un enclave periférico dentro del mundo romano. Eran territorio de intercambio, tránsito y comercio internacional mucho antes de convertirse en destino turístico global.
Y quizá ahí reside una de las imágenes más poderosas del proyecto. Mientras miles de visitantes disfrutan cada verano del mar de Palma, bajo sus pies permanece intacta una cápsula del tiempo que recuerda que Mallorca lleva siglos conectada al mundo a través del Mediterráneo. Solo que antes llegaban mercantes romanos. Ahora llegan aviones.

