En el centro histórico de Palma, concretamente en el barrio de Santa Eulalia, Can Vivot apuesta por una fórmula que conjuga el respeto por el patrimonio histórico y las actividades económicas que permitan su conservación. Este palacio barroco, que podría haber servido de escenario para El Gatopardo, pertenece desde hace generaciones a los condes de Zavellà, Grandes de España. Hoy es propiedad del titular del mismo, Pedro de Montaner, y de su esposa Maida de Quiroga.
Desde 2023, Montaner ha reactivado el inmueble, combinando su uso como residencia privada con una apertura al público. Y especialmente, al tejido empresarial. Pop-ups, sesiones fotográficas, presentaciones o encuentros corporativos forman parte de una selecta programación que responde a la necesidad de generar ingresos. Algo que sirve para sostener un activo patrimonial de “alto coste”, ya que es un edificio histórico y catalogado. “Es una manera de obtener recursos para mantenerlo, muchas empresas nos solicitan espacios para actividades o cenas”, explican desde la propiedad.
Hasta hace apenas unos años, Can Vivot permanecía prácticamente oculto. Era una gran manzana cerrada con un patio enrejado que apenas dejaba ver su imponente escalera. Hoy, su apertura permite acceder a un entorno que se ha mantenido intacto desde el siglo XVIII. “Es una rareza no solo en Mallorca, también en todo el Mediterráneo”, señala Montaner, sobre el que probablemente sea el último palacio. La singularidad del proyecto reside justamente en ese raro equilibrio. No se trata de un espacio musealizado, sino de una casa habitada. Una parte del palacio sigue siendo usada como residencia familiar, lo que refuerza el carácter auténtico de la experiencia. La hija del matrimonio, Sol, ha sido la encargada de la conceptualización del proyecto, que permite compatibilizar uso privado y apertura pública.

El recorrido comienza en la sala de entrada, a la que se accede por la imponente escalera barroca que destaca en el conjunto arquitectónico. Desde ahí se suceden estancias que mantienen su configuración original. Salones entelados, chimeneas, piezas de orfebrería y, sobre todo, una biblioteca que es la auténtica joya de la casa. Su fondo incluye incunables, manuscritos y códices de Ramon Llull, junto a ediciones del Archiduque Luis Salvador de Austria. Entre las piezas más relevantes destaca el diario original de la Batalla de Lepanto.
La biblioteca conecta con la sala de música, decorada con tapices barrocos. Cabe destacar que, en el siglo XVIII, la nómina de empleados de la casa incluía toda una familia de músicos nacidos en el pueblo de Valldemossa. “En esta sala es donde realizamos normalmente las actividades culturales y los eventos privados, en un formato más reducido que en el patio”, explican los propietarios.
El valor de Can Vivot también reside en su colección artística. En el llamado salón de Ribera se conserva un San Jerónimo, firmado por el artista, que fue cedido en su momento al Metropolitan Museum de Nueva York para una exposición monográfica. Frente a él, otra obra, en este caso atribuida a Artemisia Gentileschi, refuerza el carácter excepcional de una galería pictórica de un palacio lleno de tesoros, como la alcoba de Felipe V, vidrios de Murano, mobiliario mallorquín de época y consolas barrocas.

Detrás de esta apertura existe también una estructura para hacerlo posible. En 2022 se creó la Asociación Can Vivot, que integra perfiles que van desde historiadores del arte hasta economistas, para profesionalizar la gestión y facilitar “el acceso a financiación” con el objetivo de que “las ganancias de las actividades reviertan en la conservación del inmueble”, señalan. En paralelo, la casa ha empezado a posicionarse como un enclave interesante para marcas y proyectos culturales. Colaboraciones con iniciativas como el festival textil X-Tant, centrado en el mundo de los tejidos y el de la artesanía, o eventos musicales, como el Fest Music. Dos actividades que refuerzan la visibilidad del proyecto. Mientras, la presencia en redes sociales del palacio actúa como canal de captación para nuevos públicos, ya sea en Instagram o en la web en la que ofrecen información adicional.


El reto, para los propietarios, es sostener el difícil equilibrio entre conservación, uso y rentabilidad. En el caso de Can Vivot, el modelo está en marcha. Y un palacio, anclado en el siglo XVIII pero que no renuncia a su identidad, ha encontrado en la particularidad de la propia experiencia que ofrece una vía para asegurarse un futuro.

