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Trump quiere fichar a Infantino para la ONU

El presidente de Estados Unidos impulsa al máximo dirigente de la FIFA como aspirante a secretario general de Naciones Unidas. Más allá de sus opciones reales, la maniobra confirma hasta qué punto el Mundial de 2026 ha difuminado las fronteras entre deporte, diplomacia y poder político.

Gianni Infantino y Donald Trump durante la celebración de la final de la copa del mundo 2026. GETTY

El Mundial de 2026 terminó hace apenas unos días, pero el torneo sigue generando titulares lejos de los estadios. Esta vez no por un fichaje, un récord o una polémica arbitral, sino por una operación que hace no tanto habría parecido sacada de una novela política: Donald Trump impulsa a Gianni Infantino, presidente de la FIFA, como candidato a suceder a António Guterres al frente de Naciones Unidas.

La información, adelantada por el New York Post y citando fuentes cercanas al presidente estadounidense, ha recorrido las redacciones de medio mundo en cuestión de horas. Según esas fuentes, Trump considera a Infantino, de 56 años, alguien «respetado por todos en el mundo» y con «una habilidad especial para unir a la gente».

No hay garantías de que la candidatura llegue a materializarse, el proceso de elección del máximo responsable de la ONU es largo, opaco y depende del consenso entre las grandes potencias, pero eso importa menos de lo que parece. Lo relevante es lo que la sola posibilidad revela: hasta qué punto la FIFA se ha convertido en uno de los actores de influencia más poderosos del planeta.

De dirigente deportivo a actor geopolítico

Durante décadas, presidir la FIFA fue, esencialmente, un cargo deportivo. Hoy ese perfil ha cambiado por completo. Quien ocupa hoy ese despacho se reúne con jefes de Estado, negocia con gobiernos, participa en foros internacionales y encabeza una organización que agrupa a 211 federaciones nacionales, más miembros que la propia ONU. El Mundial organizado conjuntamente por Estados Unidos, México y Canadá no ha hecho sino reforzar esa posición: durante meses, la Casa Blanca convirtió el torneo en uno de los grandes escaparates internacionales de su administración, y la FIFA encontró en Washington un aliado político de primer nivel para el evento deportivo más grande del planeta.

La cercanía entre ambos dirigentes no pasó desapercibida. Trump e Infantino compartieron protagonismo en numerosos actos oficiales a lo largo del campeonato, y en diciembre pasado el propio presidente de la FIFA llegó a entregarle el primer Premio de la Paz de la organización, un gesto que muchos interpretaron como la confirmación pública de una alianza que venía gestándose desde hacía meses. Esa cercanía no está exenta de crítica: cada vez son más las voces, dentro y fuera del fútbol, que cuestionan hasta qué punto un organismo deportivo debería mantener una relación tan estrecha con un líder político concreto, en un momento en que la independencia institucional de la FIFA vuelve a situarse en el centro del debate.

Una candidatura con más valor simbólico que opciones reales

El camino hacia el edificio de Naciones Unidas en Nueva York está, en cualquier caso, lejos de despejado. La elección de secretario general exige primero la recomendación del Consejo de Seguridad, donde Estados Unidos y otras cuatro potencias tienen derecho de veto y después la confirmación de la Asamblea General, con sus 193 Estados miembros. Infantino, además, no es el único nombre que suena para el cargo: en la carrera figuran también el argentino Rafael Grossi, actual director del Organismo Internacional de Energía Atómica, y la expresidenta chilena Michelle Bachelet. A eso se suma un obstáculo adicional: buena parte del cuerpo diplomático internacional considera que el relevo de Guterres debería recaer en un representante de una región que nunca ha ocupado el cargo, como América Latina o el Caribe, lo que debilitaría de entrada las opciones de un candidato europeo.

Nada de eso, sin embargo, parece ser lo verdaderamente importante. Que la candidatura de Infantino pueda plantearse hoy con cierta credibilidad, por remota que sea, ya dice mucho sobre el lugar que ocupa la FIFA en el tablero internacional actual.

El verdadero legado político del Mundial

Cada Copa del Mundo deja una imagen para la posteridad: un gol, una celebración, una final inolvidable. La de 2026 puede terminar recordándose también por otra cosa. Mientras millones de aficionados discutían sobre sistemas de juego, estrellas emergentes o decisiones arbitrales, el torneo consolidaba en paralelo una realidad bastante menos visible: el fútbol se ha convertido en uno de los grandes espacios de influencia geopolítica del mundo.

La propuesta de Trump no cambia, por sí sola, el futuro de Naciones Unidas. Pero sí confirma hasta qué punto los límites entre deporte y política son hoy mucho más difusos que hace apenas una década. El balón sigue rodando sobre el césped, pero algunas de las jugadas más importantes de este Mundial ya se han decidido bastante lejos del área. Y en ese nuevo escenario, la FIFA ha dejado de ser únicamente la organización que gobierna el fútbol para convertirse en un actor con ambiciones políticas y ahora también con influencia real, muy por encima del deporte.

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