Otro mazazo para el que la comunidad musical española no estaba preparada: ayer jueves falleció el músico, dibujante y diseñador gráfico gallego Víctor María Aparicio Abundancia, nacido el 14 de enero de 1958, al que todos conocíamos como Víctor Coyote. Según informó la agencia EFE, Víctor murió ayer jueves, a primera hora de la mañana, sin que hayan trascendido todavía las causas de su fallecimiento. El servicio de emergencias 112 de Segovia recibió un aviso informando del hallazgo del hombre inconsciente en la carretera, junto a la bicicleta en la que se desplazaba. La noticia sumió en el desconcierto a todo su entorno, que lo describían como una persona de buena salud y hábitos activos: caminatas largas, ciclismo y piragüismo. Así se presentó, navegando por el río Miño de su Galicia natal, a la entrevista que le realizó el cantante y guitarrista Ariel Rot para el programa “Un país para escucharlo”, emitido en TVE en febrero de 2021.
Víctor Coyote nació en Tui (Pontevedra) en 1958 y creció en una Galicia que pronto se le quedó pequeña. A mediados de los setenta se trasladó a Madrid para estudiar en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. Fue en la capital donde encontró el terreno en el que forjaría una de las trayectorias más inclasificables de la cultura popular española de las últimas cinco décadas. En 1979 fundó, junto al contrabajista Fernando Gilabert y el batería Fernando del Valle, el grupo Los Coyotes, formación de la que tomaría su célebre sobrenombre artístico. Nacida dentro de la estética del punk y el rockabilly, su primer single, publicado en 1982, fue “Extraño corte de pelo”, que los emparentaba con la banda estadounidense Stray Cats. Sin embargo, pocos años después la banda derivó hacia una fusión con ritmos latinos que resultaría pionera en el contexto de la movida madrileña –por delante, incluso, del gran paladín de la música latina en España, Santiago Auserón, de Radio Futura–, un panorama entonces volcado casi por completo hacia las referencias anglosajonas. Su primer disco de larga duración, “Mujer y sentimiento” (DRO, 1985), quedó marcado como el álbum que abrió esa vía de cruce entre el rock y las raíces latinoamericanas, y consolidó a Los Coyotes como una de las bandas de referencia de aquellos años, publicando temas –desgraciadamente, nunca éxitos– como “300 kilos”, “Como un extranjero” o “Esta noche me voy a bailar”. Con sus siguientes álbumes, “Las calientes noches del barrio” (1987), “De color de rosa” (1988) o “Puro semental” (1989), afiló un estilo de letras irónicas y con una mirada social que se convertiría en marca de la casa.
De gran personalidad y sobresaliente capacidad de influencia entre los músicos de la época, el éxito se le negó permanentemente de forma absolutamente incomprensible, dada la tremenda calidad y originalidad de su propuesta. En 1992 decidió disolver el grupo, pero sin detener su propio camino y continuó publicando en solitario como Víctor Coyote siempre con la colaboración como productor, ideólogo y co-compositor de Ramón Godes, que también formaba parte de su banda de directo como guitarrista. En 1995 llegó “Lo bueno, dentro”, del que se extrajo “Jaguarundi”, tema que ese mismo año se convirtió en sintonía de la Vuelta Ciclista a España, una curiosa vuelta de tuerca del destino para un hombre que acabaría muriendo sobre una bicicleta.
Pero reducir a Víctor Coyote a su faceta de músico habría sido, como él mismo dejó entrever en distintas entrevistas a lo largo de su vida, ignorar buena parte de lo que fue. Formado como artista plástico, desarrolló en paralelo una carrera como dibujante, ilustrador y diseñador gráfico, trabajando para el cine y la propia industria discográfica, que sus allegados y colegas de profesión reivindicaron como merecedora de mayor reconocimiento público. Colaboró con la revista “Madriz” entre 1984 y 1987, uno de los fanzines y publicaciones de referencia de la contracultura madrileña de la época, y años después firmó monografías de cómic como “Come yuca” (1998), además de participar en publicaciones colectivas que lo asentaron como una voz reconocible de la escena gráfica española. También dejó su huella en la literatura, con libros de relatos y volúmenes ilustrados como “Cruce de perras”, ligado a las vivencias y ambientes de la Movida que él mismo protagonizó.
Su trabajo en la imagen en movimiento fue igualmente prolífico. Dirigió videoclips que hoy forman parte de la memoria audiovisual de dos generaciones distintas: el de “Milonga”, de Los Rodríguez, y el de “Carmiña Vacaloura”, del Maestro Reverendo, tema que se integró en la banda sonora del programa infantil y juvenil “Xabarín Club” de la Televisión de Galicia y que le valió una popularidad singular entre los espectadores gallegos que crecieron en los años noventa escuchando también su sencillo “100% animal”. Ya en los últimos años de su carrera, Coyote trabajó como especialista en atrezo gráfico en producciones de Álex de la Iglesia y en series recientes como “Poquita fe”, además de participar de manera ocasional como actor, otra disciplina más en la que decidió probarse.
Lejos de administrar su legado desde la nostalgia, Víctor Coyote mantuvo hasta el final una actividad artística ininterrumpida. En enero de este mismo año publicó “El propio”, disco recopilatorio de lo más destacado de su etapa en solitario, que hoy habría comenzado a ensayar en Madrid para ofrecer conciertos si la muerte no se hubiese cruzado en su camino de forma absolutamente insospechada.
En una de sus últimas entrevistas, concedida a Vozpópuli, Coyote reivindicaba esa mezcla de tradiciones que había guiado toda su obra y celebraba que la música latina hubiera dejado atrás los prejuicios de otras décadas: “La música negra y la latina siempre han estado muy unidas”, explicaba el artista, fiel hasta el final a una manera de entender la música como un territorio sin fronteras donde lo latino, lo africano, el rock y las tradiciones populares podían convivir sin complejos.
Contaba también que su salida de Galicia respondió a un impulso sencillo: “Quería salir del pueblo, ver mundo”, dijo en su día al hablar de aquellos primeros años en Madrid. Esa curiosidad, unida a una resistencia deliberada a instalarse en un único oficio, definió toda su trayectoria artística.
La noticia de su muerte ha generado un aluvión de mensajes de reconocimiento en el mundo cultural español. El director del salón internacional del cómic Viñetas desde o Atlántico, Manel Cráneo, se mostró conmocionado por la coincidencia de fechas con la preparación de un concierto del artista el año anterior. La editorial Astiberri lamentó públicamente su pérdida, y periodistas musicales como Diego A. Manrique y Fernando Neira, junto al ilustrador Carlos Azagra, se sumaron a las muestras de afecto hacia una figura que, pese a su perfil bajo en los últimos años, había sido determinante para entender el cruce entre el rock español y las músicas latinas.

