Bodega Bonavista es ante todo un buen aire acondicionado. Parece extraño tenerlo que decir, pero Barcelona es una ciudad tan tacaña y tercermundista con las temperaturas en los interiores de sus locales, y tan maleducada con sus clientes, que es necesario subrayar lo obvio antes de empezar. Bodega Bonavista merece todos mis respetos aunque sólo sea porque en lo elemental, en lo mínimo exigible, me respeta como huésped. Hecho este alegato, justo y necesario, al esfuerzo de Marc Vidal para que sus peregrinos podamos sentirnos cómodos, hay que decir que Bodega Bonavista es además una muy buena tienda de vinos y un espacio para ir a tomar aperitivos de un muy buen nivel, tanto en la parte alcohólica como en las conservas y los embutidos.
La manzanilla -otra vez la importancia de la temperatura- está generosamente fría. La “sumaia” y la longaniza son de primer nivel. La sobrasada, sobre todo la picante, y la butifarra blanca son extraordinarias. Lo mismo que las anchoas. También los berberechos, los mejillones y las zamburiñas, estos tres últimos, en conserva. La selección de quesos es notable. Bodega Bonavista es la demostración de que se puede comer muy bien, sobre todo en España, sin necesidad de cocinar nada. El espacio es pequeño pero encantador. En el interior hay una mesa que se puede reservar para grupos.
Bodega Bonavista hace lo fácil bien hecho y en Barcelona esto es casi imposible de lograr. Somos una ciudad talentosa, pero de personas a las que les gusta demasiado escucharse. Hay una afectación horrible, que tiene bastante que ver con que haga calor en todas partes. En claro constante está Marc, un señor educado, inteligente y muy agradable. No piensa que por vender vinos tenga que ser un pedante ni dar lecciones de todo. Tiene sentido del cliente, sabe cómo tratarte para que te sientas bien; sabe, en definitiva, cómo no ser un pesado. Con muy poco ha sabido crear un espacio en el que vas para un aperitivo y el entusiasmo te lleva comer de tal modo que el almuerzo que tenías a continuación deja de tener sentido, sobre todo si uno se explaya con los quesos.
Cuando no está Marc, atiende un chico argentino que quiere hacerlo todo tan perfecto que a veces olvida que la impaciencia es el peor sentimiento que puedes despertar en un cliente, sobre todo en los clientes hombres, calvos, gordos y con mala leche como yo. Es muy buena persona, y un gran conocedor del apasionante mundo del vino, pero la prontitud no es su característica y eso crea siempre un disgusto, yo admito que absurdo, pero a fin de cuentas disgusto, a los que vamos a comer y a beber porque tenemos hambre y sed -y mucho hambre y mucha sed- y no porque queramos una conferencia sobre el color de la uva y una demostración de estilo: cada vez quedamos menos, pero todavía quedamos.
Bodega Bonavista define lo mejor de una ciudad que es fantástica cuando no hace comedia. Marc es un tipo al que sin conocerlo mucho enseguida piensas que podrías viajar con él sin aburrirte nunca y riéndote mucho.

