Hay historias de amor que se recuerdan por cómo terminan. La de Elizabeth Taylor y Richard Burton sigue fascinando por todo lo que ocurrió mientras duró.
Se conocieron en un plató de cine, desafiaron a la moral de una época, protagonizaron uno de los mayores escándalos de Hollywood, se casaron dos veces, se divorciaron otras dos y convirtieron cada reconciliación, cada discusión y cada gesto de amor en un acontecimiento mundial. Durante más de una década fueron la pareja más observada, fotografiada y comentada del planeta.
Ningún regalo resumió mejor aquella relación que el diamante que Burton compró para ella en 1969. No era una joya cualquiera. Era el diamante del que hablaba todo el mundo. La piedra que Cartier quería para sí. La gema por la que Richard Burton estaba dispuesto a romper cualquier récord con una sola condición: que terminara en el cuello de Elizabeth Taylor.
Lo que nadie imaginaba entonces era que aquella joya, convertida en uno de los grandes símbolos del glamour del siglo XX, acabaría financiando un hospital en Botsuana. Porque esa es, probablemente, la parte menos conocida –y más extraordinaria– de esta historia.
Cuando Cleopatra cambió la historia de Hollywood
Todo comenzó en 1962, durante el rodaje de Cleopatra.
Elizabeth Taylor era ya una de las mayores estrellas del cine. Richard Burton, uno de los actores más respetados de su generación. Ambos llegaron al rodaje casados con otras personas. La química fue inmediata. También el escándalo. Su relación ocupó portadas en todo el mundo y provocó tal conmoción que incluso el Vaticano condenó públicamente aquel romance, calificándolo de ejemplo de «erotismo vagabundo». Lejos de esconderse, ambos decidieron vivir su historia sin pedir permiso.
Se casaron en 1964. Se divorciaron diez años después. Volvieron a casarse en Botsuana en 1975. Y se separaron definitivamente menos de un año más tarde. Fue una relación marcada por el exceso, la admiración mutua, las reconciliaciones imposibles y una pasión tan intensa que terminó convirtiéndose en una leyenda por derecho propio.
El diamante que nadie quería perder
Richard Burton nunca ocultó que disfrutaba regalando joyas a Elizabeth Taylor. Pero ninguna alcanzó la dimensión del Taylor-Burton Diamond.
La piedra había sido descubierta en 1966 en la mina Premier de Sudáfrica con un peso de 241 quilates. Tras meses de estudio y tallado por Harry Winston, quedó reducida a 69,42 quilates, conservando una extraordinaria talla en forma de pera y una pureza excepcional.
El 23 de octubre de 1969 salió a subasta en Sotheby’s Parke-Bernet, en Nueva York. Burton siguió la puja desde un hotel en Inglaterra. Había fijado un límite psicológico: un millón de dólares. No fue suficiente. Tras una intensa batalla, Cartier se adjudicó la gema por 1.050.000 dólares, estableciendo un récord mundial para una joya vendida en subasta pública.
Cuando recibió la noticia, Burton reaccionó con una mezcla de frustración y orgullo. No estaba dispuesto a perder. Según relataría después, telefoneó inmediatamente a su abogado y le dio una única instrucción: negociar con Cartier hasta conseguir el diamante.
Veinticuatro horas después lo había logrado.
Pagó alrededor de 1,1 millones de dólares, una cifra sin precedentes para la época. Más tarde explicaría aquella decisión con una frase que terminó formando parte de la historia de la joyería:
«Quería ese diamante porque es incomparablemente hermoso… y debería estar en la mujer más hermosa del mundo.»
Desde entonces la piedra dejó de ser simplemente un diamante. Se convirtió en el Taylor-Burton Diamond.
La joya que hizo cola a miles de personas
Antes incluso de llegar a Elizabeth Taylor, el diamante ya era un fenómeno internacional. Como condición para cerrar la operación, Cartier exigió exhibir la gema durante varios días en sus boutiques de Nueva York y Chicago. Miles de personas hicieron cola para verla. La televisión estadounidense retransmitió imágenes del diamante y la expectación fue comparable a la de un gran estreno cinematográfico.
Cuando por fin llegó a manos de Taylor, la actriz descubrió algo inesperado. Era demasiado pesado para llevarlo cómodamente como anillo. Lejos de guardarlo en una caja fuerte, decidió convertirlo en un espectacular collar diseñado especialmente para sostener la piedra, una solución que además le permitía ocultar la cicatriz que conservaba en el cuello tras una traqueotomía realizada años antes.
Lo lució en el cumpleaños de la princesa Grace de Mónaco, en los Premios Óscar y en algunos de los acontecimientos sociales más importantes de la década. La joya se convirtió en una extensión de su imagen. Era imposible pensar en Elizabeth Taylor sin recordar aquel diamante.
El día que la joya dejó de ser una joya
La historia parecía escrita para terminar en una caja fuerte. Pero Elizabeth Taylor nunca entendió las joyas de esa manera. Tras el segundo y definitivo divorcio de Richard Burton, decidió desprenderse del diamante.
En 1979 lo vendió al joyero Henry Lambert por una cifra estimada entre 3 y 5 millones de dólares, multiplicando varias veces el precio que Burton había pagado apenas una década antes. Lo verdaderamente importante no fue la venta. Fue lo que hizo con el dinero.
Taylor destinó parte de los ingresos a financiar la construcción de un hospital en Botsuana, un país profundamente ligado a su historia personal y sentimental con Burton, ya que allí habían celebrado su segundo matrimonio en 1975.
Con aquella decisión, una de las joyas más famosas de Hollywood dejó de representar únicamente el lujo, la exclusividad o el glamour. Se convirtió en algo mucho más valioso. En una herramienta para mejorar la vida de otras personas.
Mucho más que un diamante
Elizabeth Taylor poseyó algunas de las joyas más extraordinarias jamás reunidas por una coleccionista privada. El diamante Krupp, la perla Peregrina, los rubíes de Bulgari o el Taylor-Burton Diamond forman parte de la historia de la alta joyería. Sin embargo, ninguna piedra resume tan bien quién fue realmente como esta. Porque durante años simbolizó el amor más apasionado de Hollywood. Después pasó a representar algo infinitamente menos visible. La capacidad de convertir un objeto creado para deslumbrar en un legado capaz de perdurar mucho más allá de quienes lo llevaron.
Quizá por eso el Taylor-Burton Diamond sigue fascinando más de medio siglo después. No por sus 69,42 quilates. Ni por el millón de dólares que Richard Burton pagó para conseguirlo. Ni siquiera por haber brillado sobre el cuello de Elizabeth Taylor. Sino porque demostró que el verdadero valor de una joya nunca está únicamente en la piedra. Está en la historia que es capaz de contar cuando deja de pertenecer a quien la hizo famosa.

