En 2025, el consumo de antibióticos descendió un 5,1%, hasta situarse en 22,94 dosis diarias definidas por cada 1.000 habitantes y día (DHD), frente a las 24,26 registradas en 2024. Estos resultados, facilitados por la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS) a través del ‘Plan Nacional frente a la Resistencia a los Antibióticos’ (PRAN), muestran un descenso ansiado. Sin embargo, la resistencia antimicrobiana no corre la misma suerte.
Y es que, consumir menos y, sobre todo, utilizar mejor estos medicamentos contribuye a preservar su eficacia, pero no elimina un problema que se ha ido construyendo durante décadas. Este tiene que ver con la capacidad de determinadas bacterias para resistir tratamientos que antes resultaban eficaces. Así, esta realidad amenaza con convertir infecciones comunes en procesos más difíciles de tratar.
Este problema tiene una vertiente sanitaria, pero la dimensión financiera es también considerable. De hecho, según el informe Drug-Resistant Infections: A Threat to Our Economic Future elaborado por el Banco Mundial, en un escenario de alto impacto, la resistencia antimicrobiana podría reducir el PIB mundial anual un 3,8% en 2050, mientras que el incremento de los costes sanitarios mundiales podría situarse entre 300.000 millones y más de un billón de dólares anuales para entonces.
Son estimaciones de escenarios, no una previsión directa de lo que necesariamente ocurrirá, pero permiten dimensionar por qué los antibióticos y la resistencia antimicrobiana han dejado de ser únicamente una cuestión clínica.
La paradoja: tener disponible, pero utilizar lo mínimo posible
El problema presenta una paradoja para la industria farmacéutica. Y es que, se necesitarán nuevos antimicrobianos capaces de combatir bacterias resistentes. La I+D se convierte aquí en una pieza esencial para evitar que infecciones hoy tratables terminen disponiendo de un arsenal terapéutico cada vez más limitado.
Sin embargo, cuanto más innovador y necesario sea un nuevo antibiótico, mayor será también el interés por reservarlo para aquellos pacientes que realmente lo necesiten y evitar un uso excesivo que termine comprometiendo su eficacia. Esta lógica hace que la necesidad médica y el atractivo comercial no siempre avancen en la misma dirección. Y es que, el retorno potencial es muy diferente al de medicamentos destinados a enfermedades crónicas y utilizados de manera continuada.
Ahí se encuentra uno de los grandes debates de inversión de los próximos años. Este tratará de dar respuesta a cómo movilizar capital hacia una innovación que los sistemas sanitarios necesitan tener disponible, aunque su éxito implique utilizarla lo menos posible. Porque, en este mercado, el valor económico no reside únicamente en cuánto se vende, sino también en conseguir que siga funcionando cuando realmente se necesita.
Un recorrido que todavía no ha terminado
Los últimos datos facilitados por la AEMPS muestran que los españoles consumen, actualmente, un 8,4% menos antibióticos que en 2019, último ejercicio anterior a la pandemia. Si la comparación se amplía hasta 2015, cuando se alcanzó el máximo de la serie disponible, el descenso acumulado alcanza el 18,8%: de 28,2 DHD a las actuales 22,94.
Aunque los datos son favorables, el recorrido está lejos de terminar. España debe reducir todavía su consumo hasta las 18,2 DHD fijadas como objetivo europeo para 2030. Alcanzarlo supondría recortar, aproximadamente, otro 20% respecto a los niveles actuales. Así lo ha manifestado a AEMPS, quien ha destacado que la Atención Primaria «continúa concentrando la mayor parte del consumo de antibióticos, mientras que el ámbito hospitalario mantiene un consumo más estable a lo largo de los años».
Los datos de 2025 muestran, además, que el avance no se limita a consumir menos. También está cambiando el tipo de antibióticos utilizados. Según la clasificación AWaRe de la Organización Mundial de la Salud, el consumo de los medicamentos del grupo Access —recomendados como primera elección para numerosas infecciones comunes— aumentó un 1,6%, mientras que el de los antibióticos Watch, que requieren mayor cautela por su potencial para favorecer resistencias, descendió un 2,8%.
El Ministerio de Sanidad ha indicado que la disminución del consumo «se explica, principalmente, por el menor uso de las penicilinas, grupo de antibióticos más utilizado en España y que representa más de la mitad del consumo global». También descendió en otros de uso frecuente como los macrólidos, las quinolonas y otros betalactámicos. Pero se observaron ligeros aumentos en otros grupos, como las sulfonamidas, trimetoprima y los aminoglucósidos.
«En conjunto, esta tendencia refleja una prescripción más adecuada y alineada con las recomendaciones de uso prudente de los antibióticos«, han continuado los portavoces del Ministerio, para añadir que «gracias a estos avances, España se acerca al objetivo establecido por la Unión Europea (UE) de alcanzar un 65 por ciento de consumo de antibióticos del grupo de acceso».

