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La longevidad ha dejado de ser un capricho de las grandes fortunas para convertirse en una categoría de inversión

Débora Nuevo
Débora Nuevo, jefa de la Unidad de Longevidad y de la Unidad de Microbiota de Olympia Quirónsalud

Hace no tanto tiempo, el bienestar de lujo se asociaba a spas exclusivos, retiros en destinos remotos, tratamientos personalizados o experiencias diseñadas para desconectar. Hoy, se expresa también en glucosa intersticial, variabilidad de la frecuencia cardiaca, edad epigenética, calidad del sueño y decenas de biomarcadores obtenidos en una sola mañana. Es decir, el wellness de las grandes fortunas está pasando de la experiencia al dato, de lo aspiracional a lo clínico, de sentirse bien a medirse bien.

La medicina preventiva de alta resolución, los paneles genéticos, la monitorización continua y los programas de longevidad ocupan ya el espacio que antes reservaba ese bienestar aspiracional. Ya no se compra solo una experiencia para sentirse mejor. Se compra información sobre el propio cuerpo y, cada vez más, la promesa de anticiparse a lo que puede ocurrir dentro de diez o veinte años.

La longevidad mueve ya una cantidad enorme de dinero. UBS estima que el mercado global asociado a ella podría pasar de 5,3 billones de dólares en 2023 a 8 billones en 2030, con la salud representando por sí sola una oportunidad de 2,2 billones. Dentro de la economía del wellness, la prevención y la medicina personalizada generaron cerca de 767.000 millones de dólares en 2024 y, con un crecimiento anual del 9,3%, podrían rozar los 1,2 billones en 2029. La inversión apunta a más prevención, más monitorización y más tecnología capaz de convertir el cuerpo en una fuente continua de datos.

Pero más capacidad para medir no implica más capacidad para prevenir. No todo lo importante puede medirse. Y no todo lo que puede medirse es, necesariamente, importante.

La ciencia y el marketing, además, no avanzan a la misma velocidad. La ciencia necesita tiempo (formula hipótesis, las pone a prueba, se equivoca, rectifica y acepta preguntas todavía sin respuesta). El mercado tolera peor la incertidumbre. Y el dinero puede comprar acceso antes que nadie. Lo que no puede comprar es evidencia antes de que exista.

Con estos datos sobre la mesa, se puede afirmar que la longevidad ha dejado de ser un capricho. Es una categoría de inversión. Pero, bajo el paraguas de la longevidad, conviven realidades muy distintas. Algunas recomendaciones cuentan con décadas de respaldo. Hablo de actividad física, fuerza muscular, alimentación equilibrada, buen descanso y control de los factores de riesgo cardiovascular. Nada de esto es especialmente futurista. Es, en gran medida, medicina preventiva bien hecha.

Después están biomarcadores y tecnologías útiles en determinadas personas, pero cuyo valor depende de una pregunta esencial: en quién, cuándo y para qué. Y están, finalmente, las intervenciones cuyo crecimiento comercial avanza más rápido que la evidencia que las sustenta: determinados precursores de NAD+, la rapamicina fuera de indicación en personas sanas o los protocolos de suplementación masiva. Y desde Olympia Quirónsalud sostenemos que la verdadera personalización no consiste en hacer más pruebas, sino en saber cuáles aportan información relevante e interpretarlas con el criterio clínico que integra evidencia e historia personal.

Y aparece una paradoja. ¿Vivir mejor significa conocer nuestra glucosa cada cinco minutos, despertarnos preocupados porque no hemos alcanzado suficiente sueño profundo o convertir cada comida y cada entrenamiento en una colección de métricas? Existe una frontera difícil de percibir entre cuidar nuestra salud y someterla a una auditoría permanente.

En mi consulta de longevidad, pocas personas me dicen que quieran vivir más de cien años. Me hablan de mantener la cabeza despierta. De caminar o viajar. De reconocer a quienes aman. De seguir tomando sus propias decisiones. De llegar a edades avanzadas, sí, pero continuar habitando su vida mientras lo hacen. Esa forma de entender la longevidad coincide con lo observado en poblaciones especialmente longevas, como las Blue Zones: la alimentación y la actividad física importan, pero también el entorno, los vínculos sociales y la sensación de propósito.

La salud mental, las relaciones, el propósito y la posibilidad de disfrutar no son un añadido decorativo a la longevidad. Forman parte de ella. Sería paradójico sumar años a la vida y, a fuerza de perseguir cada dato, acabar restándole vida a los días.

Con todo, hay algo genuinamente positivo en este movimiento: nunca antes había existido tanto capital, tanto talento científico ni tanta prisa por comprender el envejecimiento como un proceso que podemos estudiar y, en parte, modificar. Lo que hoy es un lujo de unos pocos puede abaratarse y democratizarse, como ocurrió con la secuenciación genética o los dispositivos que hoy llevamos en la muñeca. Así avanza muchas veces el progreso. Primero, como privilegio; después, como estándar.

El verdadero reto será decidir qué merece convertirse en estándar. Y me explico. No se trata de medir más, sino de aprender qué merece la pena medir sin olvidar todo aquello que hace que una vida merezca la pena ser vivida.

Por Débora Nuevo, jefa de la Unidad de Longevidad y de la Unidad de Microbiota de Olympia Quirónsalud.

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