Durante años, la conversación sobre inversión ha girado en torno a las empresas que protagonizan las grandes transformaciones económicas. Sin embargo, cada vez más voces defienden que las oportunidades no siempre están en quien lidera el cambio, sino en la infraestructura que lo hace posible. Esa es la premisa sobre la que se construye Crowmie, una firma especializada en inversión en infraestructuras energéticas que busca acercar este tipo de activos a perfiles patrimoniales. Su fundador y CEO, Fernando Dávila, reflexiona sobre cómo está cambiando la forma de construir patrimonio, el papel que juegan los activos reales y por qué, en su opinión, el criterio será cada vez más valioso que el acceso a la información.
Más allá de la formación o la trayectoria profesional, la forma de entender el dinero también se construye a partir de las experiencias personales. ¿Cómo se construyó la suya?
Aprendí a gestionar el riesgo antes que el dinero. En la competición, como en la vida, pasas años tomando decisiones y el error se paga en el momento. Eso me enseñó una idea que sigo aplicando: el resultado no depende de acertar una predicción, sino de construir un sistema capaz de soportar escenarios que no habías previsto.
Cuando empecé a pensar en el dinero, lo hice desde esa perspectiva. Nunca lo entendí como una carrera por maximizar la rentabilidad, sino como una herramienta para sostener un proyecto de vida a largo plazo. Por eso me incomoda el discurso de la ‘libertad financiera’: trata el patrimonio como un evento y no como una estructura.
Emprender implica detectar una oportunidad, pero también asumir un riesgo. ¿Qué necesidad detectó en el mercado que le llevó a fundar Crowmie y cuál fue el principal reto a la hora de convertir esa idea en una empresa?
Detectamos una franja del mercado de activos reales que estaba mal atendida. Por un lado, la banca privada tradicional, con tickets muy altos. Por otro, las apps retail, con un producto masificado y poco criterio patrimonial. Entre ambos había un perfil de inversor que buscaba acceso directo y transparente a este tipo de activos. Ahí nació Crowmie.
El principal reto fue construir credibilidad en una categoría donde la confianza se demuestra proyecto a proyecto. Ese ha sido el trabajo de estos años y lo que hoy nos permite crecer sin sacrificar la exigencia.
Durante décadas, la construcción de patrimonio ha estado muy vinculada a la bolsa o al mercado inmobiliario. Sin embargo, cada vez se habla más de activos reales. ¿Qué está cambiando en la forma de invertir y cómo ha evolucionado el perfil del inversor?
Ha cambiado la matemática de fondo. Durante años, bolsa y bonos se compensaban, pero esa correlación se rompió y muchos inversores descubrieron que su diversificación era más nominal que real. En ese contexto, los activos reales han dejado de ser una alternativa para convertirse en una pieza estructural de cualquier cartera patrimonial seria.
El perfil del inversor también ha madurado. Antes buscaba rentabilidad; hoy busca activos que entiende, con una visión de largo plazo. Ya no quiere que le vendan un producto, quiere que le expliquen una tesis.
La infraestructura energética ha pasado de ser un asunto casi exclusivo del sector a convertirse en una conversación económica de primer nivel. ¿Qué factores explican ese cambio y por qué cree que será una de las grandes categorías de inversión de la próxima década?
Convergen tres factores. Primero, la transición energética requiere una enorme inversión y buena parte de ese capital tendrá que venir del sector privado. Segundo, los contratos de largo plazo generan flujos de caja más estables. Y tercero, la demanda eléctrica seguirá creciendo por la electrificación del transporte, la industria y la computación. Por eso no lo veo como una moda ESG, sino como una reasignación histórica de capital. Es algo parecido a lo que ocurrió con las telecomunicaciones a finales de los noventa: quien financió entonces la infraestructura capturó una década de crecimiento. Hoy estamos en un momento equivalente.
La IA ha puesto el foco sobre la tecnología, pero no tanto sobre la infraestructura que la hace posible. ¿Cree que esa es una oportunidad que el mercado todavía infravalora?
Esta es probablemente la oportunidad más infravalorada del ciclo. Nadie sabe qué modelo de IA ganará o qué empresa capturará el valor. Pero sí sabemos una cosa: todos esos modelos consumen electricidad, y en cantidades que empiezan a estresar los sistemas eléctricos. El cuello de botella real de la inteligencia artificial no está en los chips, sino en el megavatio disponible.
Ahí hay una tesis muy clara. No se trata de intentar acertar qué empresa gana la carrera, sino de financiar la infraestructura que todas necesitan: generación, almacenamiento y red. Es una forma de estar expuesto a la ola de la IA sin asumir el riesgo tecnológico de escoger ganadores.
Hoy cualquier persona tiene acceso a una cantidad de información sobre inversión impensable hace unos años. ¿Eso ha dado lugar a inversores más preparados o simplemente a un mercado con más ruido?
Mayoritariamente, más ruido. Tener acceso a información no es lo mismo que tener criterio, y el algoritmo de las redes premia lo que engancha, no lo que educa. El resultado es una generación de inversores expuestos a mucho más contenido, pero con menos marcos de decisión propios. El inversor mejor preparado hoy no es el que consume más contenido, es el que ha construido un método. Sabe qué activos quiere en cartera y por qué, cómo se comportan en distintos escenarios y cuál es su horizonte. Esa es la conversación que intentamos tener en Crowmie con nuestros inversores: no darles más información, sino más criterio para procesarla. En un mercado saturado de contenido, el activo escaso ya no es el dato, es el juicio.
Mirando el camino recorrido con Crowmie hasta ahora, ¿de qué hito se siente más orgulloso y qué cree que diferencia hoy a la compañía frente a otras alternativas del mercado?
Del hito operativo del que más orgullo tengo no es de una cifra concreta, sino de haber construido una comunidad de inversores que repite. Cuando alguien que ya invirtió contigo vuelve al siguiente proyecto y trae a otro inversor de su confianza, es la señal más honesta de que el producto funciona. Todo lo demás se puede comprar; eso no.
Lo que nos diferencia son tres cosas. Una, acceso directo a los activos, sin capas intermedias. Dos, una tesis clara: infraestructura energética con criterio patrimonial. Y tres, un nivel de estructuración legal, reporting y cumplimiento pensado para quien ya gestiona patrimonio. Somos una firma de inversión con narrativa de producto, no una fintech con producto de inversión.
Liderar una compañía en un sector tan ligado a los ciclos económicos obliga a tomar decisiones en escenarios de incertidumbre. ¿Qué principio procura no perder nunca de vista como CEO y qué objetivos se marca para Crowmie en los próximos años?
El principio es la coherencia entre lo que decimos, lo que estructuramos y lo que el inversor recibe. En gestión patrimonial la reputación es el único activo que se compone en el tiempo, y también el único que puede romperse con una sola decisión mal tomada.
Tenemos tres objetivos: consolidar nuestra posición en España como referencia en inversión patrimonial en infraestructura energética; ampliar a otras clases de activo dentro de la misma tesis; y profundizar en el segmento de gestores patrimoniales, donde el producto encuentra su encaje natural.
Para terminar, ¿qué consejo le daría a alguien que quiere empezar hoy a construir patrimonio, pero siente que invertir sigue siendo un mundo reservado para unos pocos?
Le diría que el problema no es de acceso, es de método. Nunca ha habido tantas herramientas para invertir con poco capital como hoy. Lo escaso no es el vehículo, es el marco de decisión. Y ese marco tiene tres pasos, en este orden: ordenar, proteger e invertir. Ordenar significa entender de qué se dispone: ingresos, gastos, deuda y liquidez de emergencia. Sin esa base, cualquier inversión es frágil. Proteger significa cubrir los escenarios malos antes de perseguir los buenos: seguros, colchón y una estructura legal razonable. Solo entonces tiene sentido invertir, con un horizonte largo y una tesis que uno entienda. Invertir no es una carrera contra otros, es un plan de vida propio. El día que uno interioriza esa idea, deja de mirar rentabilidades ajenas y empieza a construir las suyas.

