El mar de Aral, situado entre Kazajistán y Uzbekistán y considerado durante décadas uno de los mayores desastres ambientales provocados por la actividad humana, podría convertirse también en un nuevo frente dentro de la lucha contra el cambio climático. Un estudio liderado por investigadores españoles y publicado en la revista Science concluye que el lecho seco del antiguo lago se ha transformado en una fuente significativa de dióxido de carbono (CO₂), tras décadas de desecación.
Según la investigación, desde que comenzó su retroceso en la década de 1960 —como consecuencia del desvío del caudal de los ríos Amu Daria y Sir Daria para regadíos agrícolas— el mar de Aral ha liberado aproximadamente 748 millones de toneladas de CO₂, una cifra equivalente a las emisiones anuales combinadas de España, Francia y Bélgica.
El trabajo advierte además de que el proceso no ha terminado. Los investigadores calculan que el antiguo humedal todavía podría emitir otros 605 millones de toneladas de CO₂ si continúa su degradación. Para evitarlo, plantean una vía de financiación basada en los mercados de carbono: convertir esas emisiones potencialmente evitables en créditos de carbono comercializables que permitan captar recursos internacionales para impulsar la recuperación hídrica del ecosistema. En función del precio de estos activos, el mecanismo podría movilizar entre 3.100 y 15.800 millones de euros.
La investigación pone el foco en un fenómeno que podría repetirse en otros grandes lagos y humedales del planeta afectados por la pérdida de agua, como el Gran Lago Salado y el Salton Sea en Estados Unidos, el lago Urmia en Irán, el lago Chad o el mar Caspio, cuya evolución preocupa especialmente a la comunidad científica.
El estudio explica que los lagos suelen actuar como sumideros naturales de carbono, ya que almacenan en sus sedimentos la materia orgánica acumulada durante décadas. Sin embargo, cuando desaparece la lámina de agua, esos sedimentos quedan expuestos al oxígeno, lo que activa procesos biológicos que aceleran la descomposición de la materia orgánica y liberan CO₂ a la atmósfera.
Para cuantificar este proceso en el mar de Aral, el equipo científico realizó una expedición en 2022 al antiguo lecho del lago. Mediante la recogida y análisis de muestras de sedimentos a lo largo de distintas zonas que quedaron al descubierto en diferentes momentos del proceso de desecación, los investigadores reconstruyeron la evolución de las emisiones de carbono desde los años sesenta y estimaron el volumen que todavía permanece almacenado.
Más allá del caso del mar de Aral, el trabajo apunta a una posible revisión de los balances de carbono en regiones donde la expansión de los regadíos ha contribuido a la desaparición de humedales. Al incorporar las emisiones generadas por estos ecosistemas desecados, el balance climático asociado al uso del territorio podría variar de forma significativa respecto a las estimaciones actuales.

