Después de varios días esperando la ventana de meteo buena, el Sofía y yo zarpamos hacia Cocos Keeling, una isla a 640 millas al sureste de Indonesia que pertenece a Australia. Estoy nervioso y expectante porque en los últimos días, la meteo ha ido cambiando diariamente y esto quiere decir que la situación no es muy estable. Aun así, zarpo porque se presentan buenos vientos y relativamente poca lluvia para la zona. El índice CAPE, que indica la probabilidad de que se formen tormentas, es alto para los primeros días. No creo que tenga mejor ventana que esta y decido aprovecharla. A las 0700 am levo el ancla y el Sofía pone rumbo a Cocos Keeling.
Toda la mañana navegamos a motor por la ausencia de viento. Día despejado y con mucho calor; el termómetro del interior de la cabina marca los 34 ºC. Por la tarde, llega el viento. Primero 15 nudos y, una hora más tarde, se estabiliza en 20 nudos. Izo la mayor con dos rizos y despliego la mitad del génova. Siento el acelerón del Sofía, que rápidamente se pone a ganar millas a 7 nudos de velocidad. La corriente nos da un empujón extra. Se me pone la piel de gallina; hacía mucho tiempo que estaba esperando este momento: navegación oceánica con muchas millas por la proa para que el Sofía cabalgue libremente.
Estoy intranquilo por la noche; espero que no se formen muchos chubascos ni se acerque ninguna tormenta eléctrica, típicas de esta zona. Contra todo pronóstico, la noche es despejada y puedo ver las constelaciones de Orión, la Cruz del Sur y la Osa Mayor. En ausencia de la Luna, las estrellas se ven súper brillantes y me sirven de referencia para saber que voy a buen rumbo. Sobre las 0300 am empiezo a ver varias luces verdes en el horizonte. Ni el radar ni el AIS las detectan todavía; están a más de 30 millas. Los periodos de descanso los acorto a 20 minutos. El AIS detecta a un mercante cerca de las luces sospechosas. Bajo a la cabina y me comunico con el mercante a través de la radio. Me dice que las luces verdes son pescadores de calamares. El mercante ha pasado a una milla de distancia sin problemas. Mantengo mi rumbo y, en unas horas, las dejo por popa; todo vuelve a la tranquilidad y empieza a amanecer.
El segundo día transcurre tranquilo. Aprovecho para coger una altura con el sextante y luego desayuno pan recién horneado con tomate y queso. Me conecto al internet satelital para estudiar la meteo. El viento ha rolado al noreste y no nos es favorable. Debería soplar del sureste y, así, poder hacer rumbo directo. Nos dejamos llevar por la brisa del noreste que, poco a poco, va aflojando hasta tener que encender el motor durante toda la noche. No me gusta la idea de pasar la noche con el ruido del motor, pero las velas están dando muchos golpes porque no hay suficiente viento y las olas mueven de lado a lado al Sofía. Esta noche es bastante chubascosa; se suceden los chubascos uno tras otro. El viento es muy variable en intensidad y dirección. Voy jugando con el génova: despliego un poco de génova cuando viene un chubasco para ganar velocidad y, cuando este pasa, el viento se muere y enrollo el génova para quedarme solo a motor. Así pasan las doce horas de oscuridad de la noche. A las 4 am, a falta de dos horas para el amanecer, decido quedarme solo a motor y tratar de descansar un poco. Estoy agotado. Entre que el cuerpo aún no se ha acostumbrado al ritmo oceánico y los continuos chubascos, no he dormido nada.
Amanece en el tercer día. Desde que zarpé de Indonesia, la corriente nos está empujando rumbo a Cocos Keeling, ayudando a ganar entre 1 y 2 nudos extra. Hago cálculos y el día estimado de llegada será el lunes. Sin embargo, los cálculos previos al zarpe, sin tener en cuenta la corriente, indicaban que llegaría el miércoles, dos días más tarde. El Sofía gana unas 150-160 millas por día. Sobre las 11 de la mañana el viento vuelve y despliego mayor y génova. Volvemos a cabalgar a rumbo. Un chubasco antes de atardecer cambia la situación completamente. En cuanto veo al chubasco acercarse por popa, disminuyo la superficie de las velas hasta el mínimo. El viento pasa de 17 nudos a 30. La dirección del viento se va al noreste. Decido mantener el viento por la popa aunque nos desviemos del rumbo 40 grados. El Sofía, bajo la lluvia y la poca visibilidad, acelera hasta llegar a los 8 nudos de velocidad. Es como ver a un caballo correr exprimiendo toda su energía, que de repente explota y empieza a liberar toda su fuerza. Decido recoger el génova y navegar solo con dos rizos en la mayor. Está todo bajo control. Dejo pasar el chubasco y, al cabo de una horita, todo se pone en su sitio. El viento vuelve a 17-20 nudos del sureste. Desenrollo el génova al máximo y me quedo con la mayor con dos rizos. Volvemos a navegar equilibradamente y a rumbo, ¡sin bajar de los 6 nudos! Empieza a oscurecer, me lleno el estómago con un risotto liofilizado y empiezo a descansar a ratos.
El cuarto día nos trae las mejores condiciones de la travesía. Cielo despejado, viento estable y no hay rastro de chubascos. A medida que nos acercamos a Cocos Keeling, la influencia de la meteo de Indonesia disminuye y nos adentramos en los alisios del sureste del Índico Sur. El día pasa muy rápido y en unas horas empezará la última noche de este primer tramo del océano Índico.
La última noche no da tregua. Muy similar a la noche del segundo día. Mucho chubasco, lluvia, viento muy variable y muy poco descanso. Hago un esfuerzo para superar la noche. Estoy a escasas 50 millas del destino y ahora no es momento para flojear ni relajarse. En cuanto te confías, los problemas vienen solos. Toda la cubierta del Sofía queda bien dulce por los continuos chubascos nocturnos. Aprovecho para recoger agua dulce con cubos. Empieza a amanecer y, sobre las 8 de la mañana, grito: ¡Tierra a la vista! Los cocoteros de la isla se ven diminutos en el horizonte; los pájaros nos rodean y vuelan a ras de las velas y de la superficie del mar, surcando las olas como surfistas.
La entrada al atolón de Cocos Keeling es un poco complicada porque hay que esquivar bastantes arrecifes. Tengo suerte y el cielo no está muy nublado, lo que me permite tener muy buena visibilidad para evitar quedar varado en un arrecife. Arrío velas y, con el motor en marcha, voy esquivando las rocas para llegar al fondeo. El viento está en 20 nudos, pero con la protección de la laguna, el mar es un plato. La profundidad pasa de 3.000 metros a escasos 60 metros; el cambio del color del mar es alucinante. Todo tipo de tonos de azul; parece que navegue en una piscina. Me escoltan cuatro delfines hasta llegar al fondeo. Después de 5 días de travesía, fondeo rodeado de arrecifes en 4 metros de profundidad. Los tiburones me dan la bienvenida y nadan alrededor del Sofía. A escasos 50 metros tengo una playa paradisíaca: arena blanca, cocoteros y agua cristalina. El Sofía es el único velero fondeado y tiene pinta de que todo este paraíso será para mí solo.

