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Michael Lenke, inventor de Womanizer: «El placer femenino fue tratado como algo poco importante durante mucho tiempo»

El estreno de ‘El placer es mío’ lleva al cine la historia del dispositivo que transformó la industria del bienestar sexual femenino hace poco más de una década. Hablamos con su creador sobre el origen y el impacto de aquella innovación.

Michael y Brigitte Lenke.

Hay temas que durante años permanecen en un segundo plano. Y no porque afecten a pocas personas, sino porque nadie los convierte en una prioridad. El placer femenino ha sido uno de ellos. Hace poco más de una década, la llamada «brecha del orgasmo» —la diferencia entre hombres y mujeres a la hora de alcanzar el clímax durante las relaciones sexuales— ya estaba documentada. Sin embargo, la sexualidad de las mujeres seguía siendo un tema rodeado de tabúes al que la innovación apenas había prestado atención. Fue entonces cuando Michael y Brigitte Lenke decidieron hacerse una pregunta que acabaría dando origen a Womanizer, el dispositivo basado en una tecnología de pulsaciones de aire que revolucionó la industria.

Con motivo del estreno de El placer es mío, la película inspirada en su historia, conversamos con Michael Lenke sobre cómo una idea nacida en un pequeño pueblo de Baviera terminó trascendiendo el propio producto para convertirse en un fenómeno cultural. Hoy, Womanizer —la marca creadora de la tecnología patentada Pleasure Air Technology— ha superado los 11 millones de productos vendidos en más de 90 países.

Toda gran innovación nace de una pregunta. En su caso, todo comenzó al descubrir la llamada «brecha del orgasmo». ¿Qué le hizo pensar que la tecnología podía ser parte de la solución?

Mi reacción no fue pensar que la tecnología, por sí sola, pudiera resolver algo tan personal y complejo. Pero sí me pregunté si los productos que existían hasta entonces habían sido diseñados partiendo de las premisas adecuadas. Cuando leí sobre la brecha del orgasmo, lo abordé con mentalidad de ingeniero: si un número tan elevado de mujeres no estaba teniendo la misma experiencia que los hombres, quizá las soluciones disponibles no estaban respondiendo correctamente a sus necesidades. Eso no significa que todo problema necesite una respuesta técnica, pero a veces la tecnología puede eliminar limitaciones o abrir posibilidades que antes no existían. Y ese fue el punto de partida: no sustituir la conexión humana, sino mejorar una experiencia que no había recibido suficiente atención.

No procedía de la industria del bienestar sexual ni era sexólogo. ¿Cree que precisamente esa mirada ajena le permitió ver un problema donde otros llevaban años viendo una realidad asumida?

Creo que venir de fuera de un sector puede tener ventajas, porque estás menos condicionado por las ideas preconcebidas sobre lo que es normal o incluso posible. Al mismo tiempo, nunca diría que la experiencia no sea importante. Durante el proceso de desarrollo leí mucho, investigué sobre anatomía femenina y analicé las soluciones que ya existían. No pretendía sustituir el conocimiento científico o médico. Mi aportación consistió, simplemente, en hacer una pregunta diferente: si lo que existía hasta entonces no estaba respondiendo a las necesidades de las mujeres, ¿por qué no replantear la propia tecnología?

Paradójicamente, una de las innovaciones que más ha contribuido al bienestar sexual femenino nació de alguien que nunca iba a experimentar esa realidad en primera persona. ¿Cómo fue el proceso de investigación y ensayo hasta llegar a una tecnología que realmente respondiera a esa necesidad?

Precisamente por eso nunca vi este proyecto como algo que pudiera desarrollar yo solo. Podía construir prototipos y entender la parte técnica, pero no podía decidir si la experiencia funcionaba realmente. Esa parte tenía que venir de las mujeres. Brigitte, mi mujer, estuvo implicada desde el principio y probó los primeros prototipos con total honestidad. A veces sus comentarios eran alentadores y otras significaban volver al punto de partida y cambiarlo todo.

El proceso tuvo mucho menos de inspiración repentina y mucho más de ensayo y error. Las primeras versiones no eran especialmente satisfactorias ni cómodas. Fuimos ajustando la intensidad, la forma y la experiencia en su conjunto hasta conseguir un producto que realmente ofrecía algo diferente.

Toda innovación disruptiva encuentra también resistencia. ¿Cuál fue el mayor reto en aquellos primeros años: desarrollar la tecnología o convencer a los demás de que este era un problema del que merecía la pena hablar?

Desarrollar la tecnología fue, sin duda, un gran desafío. Crear un tipo de estimulación completamente nuevo exigió mucha experimentación y numerosos modelos que, sencillamente, no funcionaban. Los problemas técnicos son frustrantes, pero al menos son tangibles. Al mismo tiempo, el placer femenino seguía siendo un tema rodeado de cierto tabú. Hace poco más de una década, las conversaciones sobre la sexualidad de las mujeres eran mucho más limitadas, más privadas y, en algunos casos, se consideraban menos importantes o se entendían peor que las relacionadas con el placer masculino.

Una vez la gente comprendió que con Womanizer no pretendíamos crear algo provocador, sino mejorar una experiencia que no había recibido suficiente atención, estuvo mucho más dispuesta a hablar del tema con naturalidad. Por eso, el verdadero reto no fue convencer a la gente de que importaba, sino desarrollar una solución que respondiera de verdad a una necesidad que durante demasiado tiempo había pasado desapercibida.

Una cosa es inventar un producto y otra muy distinta es acabar influyendo en la vida de millones de personas. ¿En qué momento se dieron cuenta de que Womanizer ya no estaba transformando únicamente una categoría de producto, sino también la forma en que muchas mujeres vivían su sexualidad?

Fue algo gradual, a través de los mensajes que empezamos a recibir. También nos llegaron muchas cartas de mujeres que querían darnos las gracias por el invento. Fue realmente emocionante. Con el tiempo nos dimos cuenta de que muchas ya no hablaban tanto del producto en sí, sino de lo que había significado para ellas: sentirse más cómodas con su cuerpo, comunicarse de otra manera con sus parejas o descubrir una experiencia que hasta entonces no habían vivido. Fue entonces cuando comprendimos que el impacto iba mucho más allá del propio dispositivo.

¿De que se siente más orgulloso: de haber desarrollado una tecnología o de haber contribuido a cambiar una conversación?

De ambas cosas. En realidad, creo que una no puede entenderse sin la otra. La tecnología es importante porque abre nuevas posibilidades. Pero, si las personas siguieran sintiendo vergüenza al hablar del placer, su impacto sería mucho más limitado. Al mismo tiempo, disponer de un objeto tangible mientras se habla de bienestar sexual ha contribuido enormemente a normalizar esa conversación. A menudo resulta más fácil hablar de un objeto que del propio cuerpo.

Lo que ha cambiado con los años no es solo la disponibilidad de estos productos, sino también la idea de que el placer femenino es un tema del que merece la pena hablar abiertamente y comprender con seriedad. Para mí, ese es un cambio cultural muy significativo.

El estreno de El placer es mío convierte vuestra historia en una película. Cuando mantuvieron aquella conversación que acabaría dando origen a Womanizer, ¿llegaron a imaginar que algún día terminaría inspirando una historia para el cine? ¿Cómo recibieron esa propuesta?

No, nunca lo imaginamos. En aquel momento simplemente estábamos intentando resolver un problema y crear algo que realmente funcionara. Una película era lo último que se nos habría pasado por la cabeza. Cuando nos propusieron llevar nuestra historia al cine, la primera reacción fue de sorpresa y orgullo. También nos pareció muy interesante porque el placer femenino se ha tratado durante mucho tiempo como un tema incómodo o excesivamente serio. El cine —y la forma en que está planteada esta película, con un tono cercano y lleno de humor— puede hacer que estas conversaciones resulten más accesibles y lleguen a muchas más personas.

Después de todo este recorrido, ¿qué les gustaría que la película ayudara a entender sobre su historia que quizá hasta ahora no se había contado?

Espero que la gente entienda que esta nunca fue solo la historia de un dispositivo. Fue la historia de cómo decidimos tomarnos en serio algo que durante demasiado tiempo había sido ignorado o tratado como algo poco importante. Durante años, el placer femenino se abordó con discreción, se simplificó o, sencillamente, quedó al margen de la innovación. Lo único que hicimos fue escuchar, hacer preguntas y asumir que, si millones de mujeres compartían una misma experiencia, esa conversación merecía mucha más atención.

Si hay algo que me gustaría que la película transmitiera es que el placer no debería ser algo que las personas sintieran la necesidad de justificar, explicar o vivir con vergüenza. Forma parte de la vida con total naturalidad. También muestra que Womanizer no es un proyecto que pudiera haber desarrollado yo solo. Necesité las aportaciones de Brigitte, su sinceridad y su ayuda para convertir una idea en un gran producto. Y, en un sentido más amplio, espero que el público entienda que las innovaciones más relevantes no siempre empiezan con una tecnología. A veces empiezan simplemente por tomarse en serio la experiencia de las personas.

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