Opinión Javier Ortega Figueiral

Coptering: poemas caídos del cielo (y mucho más)

Un AS355 biturbina gris dejó caer 100.000 versos sobre el Barrio Gótico: cincuenta mil de autores catalanes, cincuenta mil de autores chilenos.

La aviación es capaz de lo mejor y lo peor. De transportar a cientos de personas al otro lado del mundo en cuestión de horas, y también de arrasar territorios en un ataque aéreo. De dar esperanza cuando una aeronave realiza una misión de rescate o de extinción de incendios y también de amedrentar a una población entera con solo sobrevolar su ciudad.

El 30 de enero de 1938, Barcelona vivió lo peor. Un bombardeo continuado durante más de dos horas por parte de la aviación legionaria italiana. Esta operacón se cebó especialmente con la plaza Nova, frente a la catedral y la cercana plaza de Sant Felip Neri. En la segunda murieron 42 personas, veinte de ellas niños refugiados en el sótano de la iglesia. Las marcas de la metralla siguen en la fachada.

Ochenta y siete años después, el 20 de junio pasado, esa misma zona, en el corazón de la cudad volvió a ser bombardeado, aunque esta vez con poemas.

El AS355 de Coptering en vuelo estacionario sobre el centro de Barcelona en pleno ‘bombardeo’ de poemas. (Jordi de Temple / Colectivo Casagrande)

Un AS355 biturbina gris dejó caer 100.000 versos sobre el Barrio Gótico: cincuenta mil de autores catalanes, cincuenta mil de autores chilenos. Media tonelada de papel, una plaza llena de gente con las manos levantadas, y según el colectivo Casagrande que organizó la acción, prácticamente ni un solo poema acabó en el suelo. Las imágenes dieron la vuelta al mundo. Pocos supimos que detrás estaba Coptering

Podría haberme quedado ahí. Sin embargo lo interesante de Coptering no es ese vuelo, por hermoso que fuera. Lo interesante es todo un conjunto de cosas.

La aviación comercial no es solamente un Airbus, un Boeing o un Embraer yendo puntual del punto A al punto B con el café caliente y el asiento reclinable. La aviación es también, y sobre todo, un ecosistema muy poco conocido de empresas que hacen cosas que la gente raramente ve, y sin las cuales el mundo funcionaría bastante peor.

Coptering nació en 2011 de la mano de un matrimonio: Daniel Carrillo y Mónica Barnola. Arrancaron con una pequeña libélula, un Robinson R22 biplaza y una idea clara: hacer las cosas bien, sin prisa. Empezaron formando pilotos privados. Cuando la demanda creció, dieron el salto a la formación profesional, ampliaron instalaciones y se convirtieron en el primer operador del Cabri G2 de Guimbal en España, y poco después en su distribuidor exclusivo. Hoy su catálogo de cursos es de los más completos del país en ala rotatoria.

Pero lo que quizá no todo el mundo sabe es que esa escuela lleva tiempo atrayendo alumnos e instructores de toda Europa. Organismos públicos, aviadores con licencia que necesitan seminarios de refresco o habilitaciones para aparatos concretos: la reputación de Coptering como «escuela-boutique» (la definición es de Barnola) ha cruzado fronteras. No son una fábrica de licencias. Son una escuela donde el alumno importa, y eso, en este sector, se nota.

Una piloto de la policía griega realizando un curso de vuelo instrumental en uno de los helicópteros de esta compañía de Sabadell, Barcelona (Coptering)

Luego está el otro Coptering: el de los trabajos aéreos. El vuelo VIP que lleva pasajeros directamente a donde necesitan llegar, sin escala ni carretera o el de los viajes panorámicos. Los equipos de filmación a los que transportan, o con los que colaboran directamente, para cubrir cualquier terreno, desde una etapa ciclista hasta un rodaje en mitad de ninguna parte.

Sus helicópteros han filmado películas. sobrevolado los Juegos Olímpicos de Invierno de Milano-Cortina 2026 como parte del dispositivo audiovisual, y este mismo fin de semana han trabajado trasmitiendo la señal de TV del Grand Départ del Tour de Francia, que arranca por primera vez en la historia desde Barcelona.

También están los trabajos que menos aparecen en las fotos bonitas: la inspección de líneas eléctricas desde el aire, volando lento y bajo sobre tendidos de alta tensión para detectar puntos de sobrecalentamiento antes de que provoquen un incendio o un corte. O los dispositivos de extinción de incendios forestales, donde un helicóptero puede marcar la diferencia entre contener un fuego en sus primeras horas o perder miles de hectáreas. Nadie hace un cartel con esos vuelos, aunque alguien tiene que hacerlos… y es importante que sea así.

Un piloto que conoce bien el sector me dijo hace tiempo algo que recuerdo bien: «Esta operadora empezó discreta. Aunque lo que ha hecho discretamente es crecer, y ahora están que no paran.» Tiene razón. En poco más de una década han pasado de un biplaza en Sabadell a una flota que incluye tres Cabri G2, dos AS355N dos Airbus H125, un simulador del H135T2+, certificación CAMO y taller propio.

Daniel Carrillo preparando un vuelo en el simulador del helicóptero H135 de su compañía. (Coptering)

Son 15 años en los que la inversión ha sido constante y el ruido mediático, escaso. Y es que el mismo helicóptero gris lanzador de poemas y que dio la vuelta al mundo seguía siendo un gran descocido a pesar de que lo vieron, oyeron y fotografiaron miles de personas.

Pues ese aparato es de un operador de Sabadell. Una empresa que lleva ahí desde 2011 y está volando discretamente alto. Me alegro por ello… y por ellos.

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