Quiso la fortuna que apenas unos días después de conversar con el Premio Nobel de Medicina Charles M. Rice, con motivo de su participación como jurado de los Premios Jaume I, se conocieran los datos del primer ensayo clínico en humanos de una vacuna universal contra una amplia variedad de coronavirus del género Sarbeco, desarrollada por la Universidad de Cambridge y la empresa DIOSynVax.
No era una decisión fácil para los 39 valientes que se atrevieron a participar en la prueba. La vacuna no sólo tiene la peculiaridad de pretender ser universal, en el sentido de que busca proteger de una sola vez frente a miles de variantes de virus. Lo cual en sí mismo es una nueva tecnología capaz de prevenir futuras pandemias antes de que se produzcan.
Sino que, además, el ‘superantígeno’, como se conoce a la vacuna en los pasillos de Cambridge, ha sido diseñado con inteligencia artificial (IA). Es la primera vez que se prueba en humanos un tratamiento contra virus cuyo componente activo ha sido diseñado completamente mediante simulaciones por ordenador.
Las vacunas universales se basan en la inmunidad entrenada, que desarrollamos cuando el cuerpo humano aprende a reconocer a un virus tras la infección. Los científicos han infectado a ratones con una versión adaptada del SARS-CoV-2 y, una vez recuperados, han inoculado en esos mismos animales una dosis normalmente letal del virus de la gripe. Sorprendentemente estaban protegidos.
“Cuando entendamos mejor por qué sucede eso, podremos provocar esa misma respuesta cuando aparezca un nuevo virus para el que no hayamos desarrollado una vacuna”, me explica Charles M. Rice ganador del Nobel por el descubrimiento del virus de la hepatitis C y director del Laboratorio de Virología y Enfermedades Infecciosas de la Universidad Rockefeller.
Rice suele decir que en una carrera de caballos siempre apostaría por los virus y ganaría. Pero no oculta sus dudas con la IA. “No la uso”, asegura tajante. “Puede proporcionar una lista de posibles candidatos a vacunas, pero no creo que sepamos lo suficiente sobre las complejidades de la biología como para predecir lo eficaz que va a ser”. La IA no podrá reemplazar la necesidad de realizar estudios reales, añade, porque “está regida por los conjuntos de datos con los que se entrena”. El experimento de Cambridge le da la razón.
“En ciencia, uno tiene que ser su propio peor escéptico, debemos preguntarnos por qué los resultados podrían no respaldar nuestras hipótesis”. En el caso de la IA, “¿qué experimentos puedo realizar para convencerme de que está dando una respuesta fiable?” Estas mismas preguntas deben resonar más allá del laboratorio científico, en las plantas industriales, en los despachos de abogados y en la construcción de infraestructuras. “La IA es un motor increíble, pero requiere combustible”.
La conversación discurre hacia el plano geopolítico. Se diría que el aprecio que tiene Charles M. Rice por el presidente de su país, Donald Trump, es similar al que muestra el hombre situado al frente de la poderosa asociación de biotecnología BIO, John F. Crowley, en la carta anual a sus miembros. La misiva leva el significativo título de “¿Quién escribirá el próximo capítulo de Biotecnología?”, y en ella reitera el mensaje de que Estados Unidos puede perder el dominio del sector y dejarlo en manos de China, una advertencia que ya presidió su intervención en la BIO International Conference de 2025.
En Estados Unidos, los casos crónicos de hepatitis C están aumentando debido a crisis sociales, como la epidemia de opioides, mientras España planea eliminarla en 2030 y Egipto, que tenía una de las mayores cargas del mundo, ha logrado curar a más del 95% de su población pactando con una farmacéutica que fabrique el medicamento en el país a cambio de que lo venda a un precio que su sistema de salud pública pueda costearse.
“Probablemente nos hemos dado más cuenta en estos días de que todavía existen fuerzas malignas que quieren que nos involucremos en guerras tribales”. Es una de las formas que tiene Charles M. Rice de explicarse el boicot interno a la ciencia que está llevando a cabo la Administración Trump.
El uso geopolítico de la biotecnología “se remonta a los viejos tiempos de la Guerra Fría”, cuando los rusos almacenaron el virus de la viruela para el programa secreto de armas biológicas Biopreparat. El ejército de Estados Unidos diseñó un programa de biodefensa, “tratando de anticipar lo que el enemigo iba a hacer”.
El problema se ha agravado. Con la secuenciación genética de última generación, “nos hemos dado cuenta de que la virosfera, el espacio de los virus en la Tierra, es inmensa. Están por todas partes. Estamos llenos de virus”. Según Rice, “no es sorprendente que ocasionalmente algo se introduzca en la especie humana y cause problemas”. De hecho, es “milagroso” que no suceda más. “Una parte de la biología que me asombra es lo raras que son estas cosas”.
Desde finales de la pasada década, el FBI viene advirtiendo de que China ha obtenido un acceso significativo a datos genómicos y muestras biológicas de ciudadanos occidentales mediante colaboraciones de investigación, inversiones, fusiones y adquisiciones. La Academia Nacional de Ciencias de EEUU se ha hecho eco de estas preocupaciones en diversas ocasiones.
A medio plazo, la OCDE estima que una mayor reducción de los costes de síntesis de ADN podría acelerar y abaratar el proceso de investigación, que actualmente constituye un importante obstáculo en los países en desarrollo. Las capacidades avanzadas en el diseño de nuevos genomas podrían permitir la construcción ascendente de células sintéticas e incluso de nuevos organismos sintéticos la próxima década.
Los ministros de defensa aliados aprobaron hace un par de años la Estrategia de Biotecnología y Tecnologías de Mejora Humana (BHE) de la OTAN, el primer acuerdo internacional para incluir estas disciplinas en defensa y seguridad. Se comprometieron a impulsar su desarrollo y su uso con fines defensivos y pacíficos, y como una vía de protección frente a los riesgos de proliferación.
“Los avances en tecnología han superado a las mejoras en conciencia social y sociología”, dice Charles M. Rice. “Seguimos atrapados en esta competencia tribal cuando tenemos los medios tecnológicos para producir suficiente comida para alimentar al mundo y hacer grandes progresos en el control de las enfermedades. Sin embargo, estamos malgastando todo este dinero peleando entre nosotros”.
“¿La próxima gran pandemia la causarán los animales o las personas?”, le pregunto. “Somos animales”. Una respuesta que quizás no resulte tan obvia como puede parecer a primera vista.

