Ignoro si el presidente y CEO de Iberia es creyente, en qué cree o cómo vive esa dimensión de su vida. Todo eso pertenece a la esfera privada de cada uno y así debe quedarse. De lo que sí estoy convencido es de que cuando Marco Sansavini recibió al papa León XIV el viernes pasado en uno de los aviones de su compañía para acompañarle a Roma, algo especial debió de sentir, por más que al final el viaje en el Airbus A320 asignado no se realizara del modo en que todos lo habían planeado.
Robert Francis Prevost voló finalmente desde Tenerife Norte-Ciudad de La Laguna, hasta Roma en un Falcon 900 del Ejército del Aire y no en el Airbus de Iberia en un vuelo que llevaba meses preparándose. Tuve acceso a la carta que el presidente envió a todos los empleados de la compañía explicándoles lo ocurrido: la pena que muchos sintieron ese día, aunque sobre todo el orgullo de que el primer papa norteamericano de la historia y el quinto en volar en ejercicio de su cargo hubiera elegido a Iberia para recorrer España y lo bien que trabajó todo el personal implicado.
El papa voló de Roma a Barajas con ITA airways, aunque ya viajó con Iberia de Madrid a Barcelona, de Barcelona a Gran Canaria y de Gran Canaria a Tenerife. Finalmente tuvo que desembarcar del célebre vuelo que no pudo ser: el Tenerife-Roma, que al final sí se hizo con un A321 que Iberia envió de inmediato desde Madrid para recoger a la mayoría de los acompañantes del pontífice y llevarlos a Fiumicino más tarde.
Un cúmulo de casualidades
Sansavini es de Bolonia, capital de la Emilia-Romaña. Nació tres años después de que Pablo VI protagonizase el primer vuelo papal de la historia, en 1964, a bordo de un DC-8 de Alitalia rumbo a Tierra Santa. En los archivos vaticanos está guardada la carta que Giovanni Battista Enrico Antonio María Montini envió a la compañía y a la tripulación agradeciéndoles el viaje. La vida da vueltas de maneras que nadie puede prever: aquel cuatrimotor de pasajeros italiano que fue el primer avión papal acabó su vida comercial como aparato de carga en Perú, país en el que Prevost fue obispo.

¿Quién le diría al joven boloñés que décadas después conocería a un papa de origen estadounidense, nacionalizado peruano, siendo el presidente de una aerolínea española para un inédito vuelo Canarias-Italia, que este acabaría con un cambio de avión de última hora y con un rey prestando su avión oficial para que el jefe de la Iglesia regresara al Vaticano sin agotarse demasiado tras una semana exigente para un hombre de 70 años? Pensar todo eso marea, por muy presidente de aerolínea importante que uno sea.
Al caso
Lo que yo quería contarles hoy en esta columna aeronáutica de los lunes es algo más sencillo: lo del viernes no pudo ser porque la aviación comercial es sinónimo de que esté todo bajo control. Si algo no funciona, un avión no despega. Lo argumenté también en La Vanguardia aquel mismo día: ya puedes ser el jefe de la Iglesia o el ciudadano anónimo de la fila 14. Para pasajeros, tripulantes y avión, la seguridad es lo primero. Si no hay garantía plena de que todo va a ir bien, no se despega. Tengas al rey a pie de pista, al Santo Padre en el asiento 1C o al propio presidente de la compañía a bordo.
Las lágrimas de impotencia de la sobrecargo asignada para el viaje ante la situación en Tenerife reflejaban el sentir de toda una empresa. Lo que queda claro es que el destino es caprichoso y un avión no deja de ser una máquina: hasta la más revisada, observada y cuidada puede tener una avería o incidencia. No vale otra opción: si no hay garantía total, no se sale y se buscan soluciones. Las hubo.
Pensando en personajes importantes y la presión que a veces sienten quienes pilotan sus aviones, me viene a la cabeza algo que quizá recuerden. El 10 de abril de 2010, un Tupolev 154 de la Fuerza Aérea polaca se aproximaba al aeropuerto militar de Smolensk, en Rusia, con el presidente Lech Kaczyński a bordo. La niebla era densa, la visibilidad mínima, y la torre de control había recomendado desviar el vuelo a otro aeródromo. Las cajas negras revelaron después algo que estremece: había varias personas ajenas a la tripulación en la cabina de mando durante la aproximación. El jefe de protocolo presidencial repetía que lo intentarían hasta conseguirlo. Un general insistía: «hazlo, es fácil». El comandante pedía que abandonaran la cabina. No lo hicieron. El avión no llegó a la pista. Murieron las 96 personas que viajaban a bordo, entre ellas el presidente, su esposa y buena parte de la cúpula militar y política del país.
No hace falta añadir mucho más. Un piloto que cede a esa presión no es valiente: es un riesgo para todos. Un piloto que resiste, que para el avión, que dice no aunque tenga al papa o a un rey a bordo, ese piloto hace exactamente lo que debe hacer. Y merece todo el respeto.

Con lo que me quedo del viaje de León XIV por España, más allá de lo ocurrido en Tenerife, es una imagen: el papa, sentado y sereno en un transportín, atento y activo en la cabina de los pilotos. Feliz, según quienes estuvieron con él, y sonriente en una foto. Un hombre de 70 años que sube a un avión confía en la tripulación y disfruta del viaje en cabina. Eso también es fe, supongo. Fe en las personas que tienen en sus manos llevarte sano y salvo a donde tienes que ir.
Bien hecho, Iberia. Por hacerlo bien cuando todo el mundo os miraba: las imágenes de un papa por primera vez en una cabina de pilotaje dieron la vuelta al mundo. Y por parar cuando había que parar.

