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Un Mundial… ¿solo para ricos?

La ‘elitización’ del deporte está convirtiendo al fútbol en un negocio multimillonario, pensado más para la industria del ‘hospitality’ y las caras experiencias VIP que para el aficionado de siempre.

Ilustración: Adrià Fruitós.

Un asiento para la final del Mundial de 2026 por 4.185 dólares; entradas revendidas por cifras que llegaron a superar el millón; una FIFA que espera ingresar hasta 13.000 millones de dólares en el ciclo 2023-2026 (casi el doble que en el anterior) y asociaciones de aficionados europeos denuncian ante Bruselas un sistema de precios “abusivo” basado en reventa, comisiones y pricing dinámico. Durante décadas, seguir un Mundial era caro. El de Estados Unidos, Canadá y México amenaza con convertirse en otra cosa: el primer Mundial verdaderamente diseñado para ricos.

El torneo que ha comenzado este 11 de junio será, sobre el papel, el mayor de la historia. Más selecciones, más partidos, más sedes y más ingresos. Pero también podría acabar siendo el menos accesible para el aficionado tradicional. El problema no es únicamente el precio de las entradas. Es la suma de todo lo demás: vuelos transatlánticos, desplazamientos internos entre ciudades separadas por miles de kilómetros, hoteles disparados y una industria de hospitality cada vez más orientada al cliente corporativo y de alto poder adquisitivo.

La propia geografía estadounidense amplifica el fenómeno. Seguir a una selección en Catar implicaba desplazarse en metro o trayectos de menos de una hora. En Rusia o Brasil las distancias eran enormes, pero los costes relativos de alojamiento y transporte eran más bajos. Estados Unidos combina ambas variables: tamaño continental y precios occidentales. O, como empiezan a denunciar algunas asociaciones de aficionados europeos, una lógica económica más cercana a la Super Bowl que al viejo Mundial.

La FIFA espera ingresar entre 10.000 y 11.000 millones de dólares gracias al torneo, según sus previsiones financieras oficiales. Cerca de 4.000 millones procederán de derechos televisivos. Más de 3.000 millones llegarán solo de entradas y paquetes hospitality. Y eso antes de contar patrocinadores, licencias comerciales y acuerdos asociados. Nunca antes un Mundial había movido semejante cantidad de dinero (se estima que en el anterior, el de 2022, la FIFA ingresó un total de 6.314 millones de dólares).

La pregunta es cuánto de esa riqueza termina realmente en las ciudades anfitrionas y cuánto se queda por el camino en manos de la FIFA, grandes cadenas hoteleras, plataformas de reventa, aerolíneas y operadores turísticos. Porque una de las paradojas de los grandes eventos deportivos modernos es que, mientras sus presupuestos y cifras récord no dejan de crecer, cada vez más economistas cuestionan que el impacto económico real esté siquiera cerca de las previsiones oficiales.

Será el Mundial con más selecciones, partidos, sedes e ingresos, pero el menos accesible para el aficionado

“El beneficio económico real suele ser cercano a cero e incluso puede ser negativo”, explica a Forbes Stefan Szymanski, profesor de la University of Michigan y una de las voces más reconocidas en economía del deporte. “Existe un amplio consenso entre economistas. La razón básica es que este tipo de entretenimiento desplaza otras formas de ocio, por lo que el efecto neto sobre el gasto es pequeño”, añade.

La idea es sencilla: buena parte del dinero que un turista gasta durante el Mundial no es necesariamente dinero “nuevo”. En muchos casos sustituye otros viajes, otros consumos o incluso otros visitantes que dejan de acudir precisamente por el evento. Szymanski señala que eso ya está empezando a verse en EE UU. “Muchas personas que de otro modo visitarían la región se sienten disuadidas por las multitudes anunciadas, de modo que, en realidad, incluso viaja menos gente de lo habitual”.

La visión de Victor Matheson, profesor del College of the Holy Cross y otro de los especialistas más citados en el análisis económico de los megaeventos, va en la misma línea: “La regla general es tomar cualquier cifra proyectada por los promotores deportivos y mover la coma decimal un lugar hacia la izquierda”, afirma. “Eso suele ser una estimación mucho más realista del impacto económico real”, subraya.

Matheson resume el desequilibrio del modelo con una frase demoledora: “La FIFA espera ingresar entre 10.000 y 11.000 millones de dólares con este evento. Los gobiernos estatales y locales tendrán suerte si logran simplemente no perder dinero”. Dicho de otro modo: dinero se va a generar, pero que acabe en manos de a los que se le ha prometido está más que en duda.

Ilustración: Adrià Fruitós.

La cuestión no es menor. Durante décadas, Mundiales y Juegos Olímpicos han sido vendidos políticamente como grandes motores de empleo, turismo e inversión. Los informes previos suelen hablar de miles de millones en actividad económica, revitalización urbana y creación masiva de puestos de trabajo. Pero muchos economistas llevan años cuestionando la metodología utilizada para elaborar esas proyecciones. Parte del problema reside en cómo se calculan esos impactos. Los modelos empleados por organizadores y consultoras tienden a contabilizar prácticamente cualquier gasto relacionado con el evento como riqueza “generada”, incluso cuando parte de ese dinero simplemente se desplaza desde otros sectores de la economía local. A eso se suma otro factor importante: gran parte de los beneficios terminan concentrándose fuera de las ciudades sede.

“Los ingresos de un Mundial son diversos”, explica Christina Philippou, especialista en finanzas del fútbol de la University of Portsmouth. “La venta de entradas, los derechos de retransmisión, el merchandising y los patrocinios quedan en manos de la FIFA, mientras que los ingresos relacionados con transporte y negocios locales recaen sobre los países anfitriones y las empresas privadas implicadas”.

Eso significa que la parte más rentable y centralizada del negocio permanece bajo control directo de la FIFA. Los países anfitriones reciben presupuesto operativo para organizar el torneo, pero no cobran una tasa de organización. Al mismo tiempo, buena parte de los costes relacionados con seguridad, logística, movilidad o infraestructuras recaen sobre administraciones públicas locales y estatales. “En términos generales, cuanto mayor es la infraestructura preexistente de un país, más probable es que las ciudades anfitrionas y las economías locales obtengan beneficios financieros significativos”, explica Philippou. Y precisamente ahí reside una de las grandes diferencias entre Estados Unidos y otros organizadores recientes. El país ya dispone de estadios gigantescos, aeropuertos masivos, una red hotelera enorme y experiencia organizando eventos deportivos de escala continental.

Pero incluso en ese escenario relativamente favorable, los economistas siguen siendo prudentes. La historia reciente está llena de ejemplos de expectativas desbordadas. Durante los Juegos Olímpicos de París 2024, por ejemplo, la asistencia al Louvre cayó más de un 20%. Otros grandes museos parisinos registraron también importantes descensos de visitantes. El fenómeno tiene lógica económica: muchos turistas habituales retrasan sus viajes para evitar precios altos, aglomeraciones y saturación.

Matheson cree que el tamaño de EE UU puede jugar, paradójicamente, a favor del torneo. “Ellos tendrán once ciudades anfitrionas, lo que permite repartir a los viajeros sin alcanzar límites de capacidad en hoteles y aeropuertos”, explica. “Un Mundial en un lugar enorme como Estados Unidos puede absorber diez veces más viajeros que unos Juegos Olímpicos concentrados en una sola ciudad”, explica.

El objetivo ya no es sólo llenar estadios, sino maximizar el valor económico de cada espectador

Sin embargo, esa misma escala introduce otro problema: el coste gigantesco de seguir el torneo. Además de en estas once ciudades estadounidenses, repartidas por todo el país, habrá sedes en Canadá y México. Nueva York, Miami, Dallas, Houston, Seattle, San Francisco, Atlanta o Los Ángeles están separadas por miles de kilómetros. Para muchos aficionados internacionales, especialmente europeos y latinoamericanos, eso convierte la experiencia en algo mucho más caro que cualquier Mundial reciente.

Y no sólo hablamos de entradas. Los precios hoteleros en algunas sedes ya se están disparando ante las previsiones de demanda. Los vuelos internos estadounidenses, especialmente en verano, pueden alcanzar fácilmente varios cientos de dólares por trayecto. Seguir a una selección durante varias fases del torneo podría implicar miles y miles de dólares incluso antes de pisar un estadio.

A todo ello se suma un factor menos visible pero igual de importante: el tiempo. Seguir un Mundial no exige únicamente dinero, sino también una enorme disponibilidad logística. Los desplazamientos entre sedes pueden implicar vuelos de varias horas, escalas internas y jornadas enteras perdidas en aeropuertos. Para muchos aficionados europeos o latinoamericanos, seguir a su selección ya no supone simplemente cogerse vacaciones y comprar entradas, sino asumir una planificación casi corporativa. En la práctica, el torneo favorece mucho más a turistas con alto poder adquisitivo, trabajadores remotos o viajeros capaces de convertir varias semanas de competición en una estancia prolongada de lujo. Eso está modificando también el perfil socioeconómico del público. “Los mercados secundarios y los paquetes hospitality son cada vez más importantes porque el aumento del precio de las entradas implica un cambio socioeconómico en las preferencias del público”, señala Philippou. Y continúa: “Desde la calidad de los hoteles y restaurantes hasta el tipo de transporte utilizado. Todo está relacionado”.

La consecuencia es un fenómeno que muchos economistas y sociólogos del deporte llevan años observando: la progresiva elitización del fútbol de élite. El Mundial de 2026 no habría creado esa tendencia, pero sí podría llevarla a un nuevo nivel. “Esto lleva ocurriendo al menos desde hace cincuenta años”, explica Szymanski. “La única razón por la que podría detenerse sería un declive de la popularidad del deporte, y ahora mismo eso parece muy poco probable”. La consecuencia, añade, es clara: “Asistir a los grandes partidos se convertirá en un privilegio exclusivo de los ricos, algo que casi sucede ya”.

El proceso recuerda mucho a la evolución seguida por otros deportes estadounidenses. La NFL, la NBA o incluso la Fórmula 1 llevan años desplazándose hacia modelos basados en experiencias VIP, hospitality corporativo y precios dinámicos. El objetivo ya no es únicamente llenar estadios, sino maximizar el valor económico de cada espectador.

El Mundial parece avanzar exactamente en esa dirección. Asociaciones europeas de aficionados han denunciado ante la Comisión Europea el sistema de precios de la FIFA y el uso de mecanismos de pricing dinámico similares a los utilizados en conciertos o grandes eventos. Incluso Gianni Infantino ha defendido públicamente el modelo argumentando que responde a los “precios de mercado” del entretenimiento en Norteamérica.

Y quizá ahí esté una de las claves más importantes del torneo. El Mundial de 2026 no solo refleja la transformación económica del fútbol. También refleja la propia transformación económica de Estados Unidos. Las sedes elegidas dibujan con bastante precisión dónde está hoy el dinero en el país.

Nueva York – Nueva Jersey representa las finanzas globales. Miami funciona como capital latinoamericana y refugio de grandes fortunas internacionales. Dallas y Houston concentran energía, infraestructuras y logística. Seattle y San Francisco simbolizan el dominio tecnológico. Mientras que Atlanta se ha consolidado como uno de los grandes centros corporativos del nuevo sur estadounidense.

El negocio se centra en las experiencias VIP, el ‘hospitality’ corporativo y los precios dinámicos

La FIFA no solo eligió grandes ciudades. Eligió algunos de los principales centros de poder económico del planeta. Detrás de esa apuesta también hay una lógica comercial mucho más amplia. EE UU no es solo el país anfitrión del próximo Mundial; es el mercado que el fútbol internacional lleva décadas intentando conquistar plenamente. La FIFA, las grandes ligas europeas y los patrocinadores globales saben que el verdadero potencial económico del fútbol no está ya únicamente en aumentar audiencias, sino en elevar el gasto medio por espectador. Y ningún mercado deportivo del mundo ha monetizado mejor a sus aficionados que el estadounidense. En la NFL, por ejemplo, el precio medio de las entradas supera desde hace años al de la mayoría de grandes ligas europeas, mientras que los palcos VIP, experiencias premium y acuerdos hospitality se han convertido en una parte esencial de este negocio.

El Mundial de 2026 aparece así no solo como un torneo deportivo, sino como una especie de escaparate global para ese modelo económico. El crecimiento del fútbol en EE UU ya no depende tanto de convencer al aficionado tradicional europeo o sudamericano, sino de atraer a nuevos consumidores de alto poder adquisitivo, patrocinadores y clientes corporativos. En ese contexto, el riesgo para muchos críticos es que el fútbol internacional termine adoptando definitivamente una lógica donde el acceso deja de depender de la pasión y empieza a depender cada vez más de la capacidad de gasto.

Eso ayuda también a entender por qué este Mundial podría marcar un punto de inflexión definitivo en el modelo económico del fútbol global. Durante décadas, la Copa del Mundo fue uno de los pocos eventos deportivos verdaderamente universales, un torneo capaz de mezclar en las gradas a turistas, ultras, familias, clases medias y aficionados ocasionales. El Mundial de 2026 amenaza con alterar parte de ese equilibrio.

No porque el fútbol haya dejado de ser popular. Precisamente por lo contrario. Porque nunca había generado tanto dinero. Porque nunca había atraído tantos intereses corporativos. Y porque, en un ecosistema deportivo cada vez más orientado a maximizar ingresos, el aficionado tradicional empieza a competir en desigualdad de condiciones contra fondos hospitality, clientes premium y turistas de alto poder adquisitivo.

Quizá ésa sea la gran cuestión detrás de este Mundial. No solo cuánto dinero moverá el torneo más grande de la historia, sino quién podrá permitirse formar parte de él.

Puedes encontrar este artículo en el último número de Forbes España

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