Nautik Magazine

Diario de a bordo: capítulo 8 | «Tonga, familia y rumbo a Fiyi», por Pablo Berruezo

El joven navegante cuenta cada semana en Nautik su aventura a flote, en este particular ‘cuaderno de bitácora’ online

Tras navegar 450 millas sin problemas, con las primeras luces del día fondeamos en la bahía de Suva, la siguiente recalada en la vuelta al mundo del ‘Sofía’.

Recién llegados a Vava’u, Tonga, amarramos en el pantalán para hacer los trámites legales de entrada al país, a ritmo tongano. Luego vamos a buscar una boya en la bahía de Neiafu. Llegamos muy cansados de la travesía de once días y lo primero que hacemos es darnos un baño y una buena ducha. Cenamos y caemos rendidos en la litera.

Pasamos los siguientes días con trabajos de logística: limpieza, orden, en busca de diésel y de gas para cocinar, compra de provisiones y mantenimiento. Dejamos al ‘Sofía’ impoluto, como se merece. Cada travesía realizada con éxito es más confianza en el ‘Sofía’ y en mí mismo. En esta aventura, una travesía exitosa es cuando el ‘Sofía’ llega a destino sin romper nada y su tripulación disfruta del camino. Supongo que, con las millas, voy entendiendo que el camino es verdaderamente lo importante, el momento de máximo disfrute. Una travesía es igual que la vida: la idea es disfrutar del recorrido para llegar al destino con la mente tranquila de haber hecho lo que tenías que hacer, sin remordimientos ni arrepentimientos.

En tres días acabamos todos los trabajos y exploramos la zona para conocerla un poco mejor antes de recibir la visita de mis padres. El tongano es de piel morena y de complexión fuerte y robusta, con cabello negro, grueso y normalmente ondulado o rizado. Facciones marcadas, mandíbula fuerte y nariz ancha, siempre con una sonrisa en la boca y dispuesto a ayudarte en cualquier situación. En nuestra misión de ir en busca de diésel, íbamos caminando Itxi y yo, con una carreta cargada con nueve bidones de diésel, dispuestos a caminar entre cuatro y cinco kilómetros hasta la gasolinera, cuando un chico con una camioneta se ofreció a llevarnos y devolvernos al barco. Un trabajo que nos podría haber llevado toda una mañana lo hicimos en una hora y media.

El ‘Sofía’ se alegra de recibir a sus armadores. Como bienvenida, nos vamos a cenar a un local de Neiafu. Estoy un poco nervioso y con rabia porque la meteorología no es muy buena para las próximas semanas: una baja presión está por azotar las islas de Tonga. Lo más prudente es estar en la boya, en la bahía, cerca del poblado, protegidos en todas direcciones del viento. Al menos, con mal tiempo podemos ir a tierra a hacer excursiones sabiendo que al ‘Sofía’ no le pasará nada. Mis padres han recorrido medio mundo para navegar, pero de momento el plan será explorar por tierra Vava’u. Me sabe mal, pero la seguridad es lo primero.

Bajo la lluvia, cada día hacemos una actividad diferente: excursiones a pie a distintas playas, paseos por el pueblo, asistimos a la típica misa tongana del domingo, vamos a comprar fruta y verdura al mercado… Largas excursiones y conocer a gente local es lo que nos hace no caer en la monotonía de estar a bordo viendo caer la lluvia, que a mí me encanta. En la bahía apenas soplan entre 15 y 20 nudos; sin embargo, fuera de ella se nota la baja presión.

Cada día compruebo cómo se va desarrollando la baja presión y hacia dónde se desplaza. Parece que en unos días podremos escapar de las influencias de la mala meteo poniendo rumbo a Fiyi. Hacemos la salida legal de Tonga y, al día siguiente, zarpamos hacia el oeste en una travesía de 450 millas. Estoy un poco nervioso por la travesía; noto que son nervios diferentes a los que siento antes de cada travesía. Pesan mucho más. Mis padres son quienes me han inculcado la pasión por el océano y la vela. Tienen experiencia de sobra en navegación, pero siento la responsabilidad de que, si pasara algo en estos cuatro o cinco días en medio del Pacífico, sería mi culpa. Reviso la meteo en diferentes fuentes, repaso el ‘Sofía’ y la ruta, y zarpamos. En el momento en que dejamos atrás Tonga y ponemos rumbo oeste, estoy en mi zona de confort y siento un escalofrío que recorre mi cuerpo. Justo en ese momento, dos ballenas jorobadas saltan por babor del Sofía. Durante un largo rato disfrutamos del espectáculo que nos ofrece el océano. El día es soleado y con una suave brisa del sureste de 10 nudos. Tengo el presentimiento de que todo irá bien. El ‘Sofía’, con las velas a estribor, empieza a ganar millas.

Los primeros dos días de travesía son con vientos estables de 15 nudos, que nos hacen ganar 140 millas en 24 horas. A partir del tercer día, el cielo se tapa y empiezan los vientos inestables, de poca intensidad. Me duele, pero debemos encender el motor a ratos. El ‘Sofía’ está hecho para navegar a vela, dentro de su zona de confort, como más disfruta y mejor se comporta.

Al ser cuatro personas a bordo, durante la noche organizamos guardias en parejas de tres horas cada una. Es una travesía tranquila y aprovechamos para tirar el anzuelo. En cuestión de horas pica un mahi-mahi bastante grande, suficiente para una comida y cena para cuatro personas. Mi padre disfruta siendo el responsable de sacar los filetes y cocinarlo a la plancha. Al cuarto día, una lluvia moderada endulza la cubierta para llegar a Suva, la capital de Fiyi, con el ‘Sofía’ limpio.

Ralentizamos la marcha para llegar con las primeras luces del amanecer del quinto día. Solicito permiso para acceder a la bahía de Suva a través del paso entre arrecifes y, sobre las 09:00 h de la mañana, navegamos por el interior de la bahía. Las cartas electrónicas no se corresponden con la realidad: según ellas, estamos navegando en un metro de profundidad y sobre arrecifes. Fondeamos en siete metros de profundidad y nos hacemos una foto para el recuerdo: los cuatro a proa y el Sofía al fondo.

Podríamos haber tenido un poco más de viento, pero soy súper feliz de que todo haya ido genial. Mis padres han disfrutado de la navegación, el ‘Sofía’ ha navegado 450 millas más sin problemas e Itxi demuestra, una vez más, que está cómoda en medio del océano. No puedo expresar la felicidad que siento; es difícil creer que esté en Fiyi con mi familia, Itxi y el ‘Sofía’. Faltan muchas personas a las que quiero, pero el mar y las millas navegadas me enseñan a ser feliz con lo que tengo. No sería justo pedir más.

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