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Davit Mshvenieradze: de la resiliencia personal al liderazgo empresarial

El CEO de Elitagro Group repasa cómo su trayectoria personal ha moldeado una filosofía empresarial basada en disciplina, conocimiento y adaptación.

Foto: Jesús Chacón.

Llegó a Alemania con apenas 100 dólares en el bolsillo sin imaginar hasta qué punto el camino se volvería cuesta arriba. Hambre, noches durmiendo en la calle y una lucha interna constante marcaron una etapa que hoy sigue influyendo en la forma en que Davit Mshvenieradze entiende el liderazgo. «No visualicé lo duro que sería», reconoce al recordar aquellos años en los que llegó incluso a plantearse regresar a casa. Sin embargo, esa experiencia terminó por redefinir su mentalidad: más que evitar los problemas, aprendió a interpretarlos como parte del entrenamiento necesario para avanzar. «Mi pasado no me definía, me estaba preparando».

Décadas después, esa misma filosofía sería la base con la que construiría Elitagro Group, un grupo empresarial centrado en la producción y comercialización internacional de productos agroalimentarios, así como en la tecnología aplicada a este sector, y que muy pronto prevé expandirse a nuevas áreas de actividad. Pero la historia de su CEO comenzó mucho antes, en Georgia, un país que aún intentaba recuperarse tras años de inestabilidad económica y donde la caída del sistema soviético dejó a su familia en una situación de pobreza extrema. Aquella realidad lo empujó a buscar oportunidades fuera, iniciando un viaje que lo llevaría primero por Turquía y después a Alemania.

Antes de convertirse en empresario, su realidad estuvo lejos de cualquier idealización. Trabajos físicos de largas jornadas, la barrera del idioma —ahora habla cinco— y una soledad absoluta marcaron sus primeros años fuera. Lo que ganaba lo invertía en libros para formarse y aprender el idioma, convencido de que el conocimiento sería la única herramienta capaz de cambiar su trayectoria. «Vivir sin nada te da el mejor máster en gestión que existe», explica. Recuerda especialmente una frase del autor Jim Rohn que marcó un punto de inflexión en su forma de pensar: no desear que el camino fuera más fácil, sino esforzarse por ser mejor.

Aquella obsesión por aprender lo llevaría a cursar dos carreras universitarias y cuatro másteres en las mejores escuelas de negocio, como San Telmo Business School e IE Business  School. Ese conocimiento también acabó moldeando tanto su mentalidad personal como su manera de construir proyectos y tomar decisiones estratégicas. Para Mshvenieradze, el liderazgo empieza antes de la organización, en la disciplina individual y en la manera de gestionar la presión. Habla del cuerpo y la mente como si fueran el hardware y el software de un sistema que necesita funcionar en equilibrio para rendir al máximo. «Si nosotros no estamos bien, es imposible construir algo sólido», afirma. El ejercicio físico se convierte así en un entrenamiento de la voluntad, mientras que la reflexión consciente le permite tomar distancia ante los problemas y evitar decisiones impulsivas. «Dedico un 20 % del tiempo a identificar el problema y un 80 % a construir la solución», añade, convencido de que quedarse atrapado en el análisis puede paralizar tanto a las personas como a las organizaciones.

Una forma distinta de entender el crecimiento

Esa forma de entender la disciplina personal acabaría trasladándose también a su manera de liderar. Para él, crecer nunca ha significado simplemente aumentar la facturación, sino fortalecer la estructura que sostiene el negocio. «Facturar es vanidad. Rentabilizar es gestión», sostiene, cuestionando una visión del éxito demasiado ligada al volumen y no a la solidez. Su filosofía pasa por priorizar la estabilidad estructural frente a expansiones rápidas que puedan comprometer el futuro.

Dentro de Elitagro Group, el conocimiento se convierte en la principal ventaja competitiva. La formación continua, la capacidad de interpretar indicadores adelantados del mercado y la flexibilidad operativa forman parte del núcleo de su modelo de gestión. Más que competir únicamente por precio o producto, defiende que la verdadera diferencia está en anticipar los cambios del entorno antes que los demás. En un sector agroalimentario donde los márgenes suelen ser ajustados, asegura que esa visión le ha permitido encontrar oportunidades donde otros solo ven commodities.

Uno de los aspectos que más destaca de su trayectoria empresarial es haber construido compañías con una fuerte disciplina financiera y estructuras capaces de resistir ciclos económicos adversos sin perder autonomía. Eso se vuelve especialmente relevante en un contexto global marcado por la incertidumbre geopolítica y la presión sobre la cadena alimentaria. Frente a modelos rígidos, apuesta por organizaciones capaces de adaptarse con rapidez a los cambios del mercado. «Prefiero una empresa que pueda hibernar sin desangrarse, a una que facture millones pero esté a un solo retraso logístico de la quiebra», explica. La flexibilidad operativa, añade, permite proteger la caja en momentos de incertidumbre y expandirse cuando aparecen oportunidades reales de crecimiento.

Mirando hacia atrás, desde aquel joven que dejó su país sin apenas recursos hasta el empresario que es hoy, insiste en una idea que atraviesa toda su trayectoria: el pasado no determina el futuro. Más que una frase motivacional, lo plantea como una convicción construida desde la experiencia. «Tu pasado puede marcar dónde empiezas, pero no decide dónde terminas». Las dificultades no son una desventaja, sino una escuela silenciosa que entrena la resiliencia. «Quien ha vivido sin nada ya no teme empezar de cero», asegura, convencido de que esa capacidad de levantarse rápido es la verdadera medida del éxito. Por eso, más allá de cifras o crecimiento empresarial, su objetivo sigue siendo inspirar a quienes buscan construir su propio camino: «El éxito se mide por el tiempo que tardas en levantarte cuando la vida te tira al suelo».

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