Opinión Eduard Pitarch

Liberté, Egalité, Beyoncé

La ciudad se ha construido a imagen y semejanza de realidades ajenas a la mayoría de la población.

Manifestantes vandalizan un establecimiento comercial durante una protesta cerca de la plaza de la República. (Getty)

Las imágenes de París y del resto de Francia son tristes y, en muchos casos, indignantes. Nada justifica saquear tiendas ni vandalizar una ciudad: un espacio donde la comunidad debería poder convivir en concordia.

Pero, cuando la educación hace aguas, el coste de la vida no deja de subir, los sueldos se estancan y el mercado laboral se contrae hasta desmentir la promesa de una salida digna, ¿qué esperamos que hagan las nuevas generaciones –y las no tan nuevas–? ¿Han perdido la empatía con la ciudad y con su belleza capitalista? La ciudad se ha construido a imagen y semejanza de realidades ajenas a la mayoría de la población. Es evidente que esas tiendas de lujo no están ahí para satisfacer sus necesidades más básicas: ese no es, en principio, un peldaño de la pirámide de Maslow al que puedan aspirar.

Hannibal Lecter lo dice: «Codiciamos lo que vemos». Las marcas de lujo manejan algunos de los presupuestos de comunicación más descomunales y esparcen su glamour –que no deja de ser la capacidad de despertar deseo y envidia– a través de sus tiendas físicas. Mientras tanto, los ciudadanos de a pie estudian o trabajan sin poder siquiera permitirse entrar en ellas.

¿Hemos construido, siguiendo las líneas de Haussmann, un mundo urbano que no representa las necesidades del pueblo? ¿O hemos hecho algo más: convencer al pueblo de que desee algo que no puede tener? Curiosamente, Francia también se ha apropiado desde hace siglos del concepto del lujo y de su origen.

Ahora, el pueblo roba el lujo de los escaparates más codiciados, en una suerte de justicia poética y activista, al son de las orquestas de estudiantes que entonan La Marsellesa.

En los años ochenta y noventa, la banda callejera de Brooklyn Lo Life saqueaba los espacios de Polo Ralph Lauren en los grandes almacenes y salía corriendo, perseguida por los guardias. Se llevaba la mercancía a su barrio. Vestían Ralph, pero a su manera: con más capas, colores más atrevidos y tallas más amplias. Su lema era: «Manhattan still make it, Brooklyn still take it».

Hoy podemos ver aquella reinterpretación del lujo en toda la cultura street; forma parte de nuestra herencia más cool, de Supreme a Louis Vuitton. La calle y el lujo son dos fuerzas que se atraen y se repelen: alimentan o mutilan, recíprocamente, sus sueños y su coherencia.

Y una precisión: la palabra «lujo» no viene de lux –«luz»– ni de «luxación», aunque la asociación resulte sugerente; procede del latín luxus, que significa exceso o abundancia. El lujo atraviesa distintos procesos de transformación, y uno de sus retos es interpelar al pueblo, no limitarse a generarle deseo.

El cambio es inevitable e irreversible. Y esta vez no llega solamente de la mano de Plutón en Acuario. Christian Lacroix ya lo advirtió: «La calle es peligrosamente creativa».

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