En el negocio de la defensa, el poder no siempre se mide por el tamaño de una fábrica o por la facturación de una compañía. También cuenta quién desarrolla la tecnología, quién consigue entrar en los grandes programas militares y quién logra sentarse en el consejo de administración de las empresas que están llamadas a protagonizar el sector. La familia Aperribay ha conseguido reunir esas tres piezas alrededor de SAPA Placencia, una compañía industrial vasca con siglos de historia que hoy ocupa una posición estratégica en el entramado empresarial de la defensa española.
El último ejercicio ofrece una fotografía especialmente reveladora de su evolución. SAPA registró en 2025 un beneficio neto atribuido de 14,11 millones de euros, casi cinco veces más que los 2,89 millones del año anterior. Sus ingresos también crecieron, un 13,9%, hasta alcanzar los 76,75 millones de euros. Pero detrás de esa mejora hay una operación corporativa determinante: la venta a Indra de una parte de su participación en Tess Defence, el consorcio encargado de fabricar los blindados 8×8 Dragón para el Ejército de Tierra.
La operación aportó un impacto positivo de 33,665 millones de euros a las cuentas de SAPA. Sin esa plusvalía, la evolución del negocio habría sido muy distinta: el resultado de explotación cayó un 81,1%, desde los 12,97 millones de euros de 2024 hasta los 2,45 millones de 2025. La diferencia entre ambos indicadores es esencial para entender el momento de la empresa: el beneficio neto se disparó, pero la rentabilidad de su actividad ordinaria se debilitó.
Los Aperribay: una familia industrial que ha sabido ganar influencia
El origen del actual grupo familiar se remonta a 1985, cuando Joaquín Aperribay adquirió SAPA Placencia, entonces una compañía con dificultades financieras. El empresario guipuzcoano había conocido la empresa desde dentro y puso en marcha una transformación que acabaría pasando a sus hijos, Ibon y Jokin, hoy al frente de sus principales áreas de gestión.
La historia industrial de SAPA es mucho más antigua. Sus raíces se encuentran en las Reales Fábricas de Armas de Placencia, fundadas en 1573 en la localidad guipuzcoana de Placencia de las Armas, actualmente Soraluze. La compañía se transformó en sociedad anónima en 1935 y fue evolucionando desde la fabricación de armamento hacia el desarrollo de sistemas de transmisión, propulsión y movilidad para vehículos militares.
La apuesta de los Aperribay ha consistido en pasar de una empresa centrada en la fabricación industrial a una compañía con tecnología propia y ambición internacional. Sus sistemas permiten gestionar la transmisión de potencia en vehículos militares, un componente que influye en su movilidad, eficiencia y capacidad operativa. Es un mercado especializado, con barreras de entrada elevadas, ciclos de desarrollo largos y una fuerte dependencia de los programas de adquisición de los ejércitos.
La familia mantiene un perfil discreto, pero su influencia empresarial ha crecido a medida que SAPA ha entrado en alianzas industriales y ha adquirido participaciones en compañías estratégicas. La gestión se reparte entre los dos hermanos: Ibon ha estado más vinculado a la actividad industrial y operativa, mientras que Jokin ha asumido responsabilidades corporativas, comerciales e internacionales.
Este último es, además, el rostro más conocido de la familia. Desde diciembre de 2008 preside la Real Sociedad, un cargo que compagina con su responsabilidad como consejero delegado de SAPA Placencia Holding y con su presencia en el consejo de administración de Indra.
De proveedor industrial a accionista relevante de Indra
El salto de SAPA al capital de Indra comenzó en 2021, cuando adquirió a Corporación Financiera Alba, vinculada a la familia March, un paquete de aproximadamente el 5% de la tecnológica por unos 90,8 millones de euros. Posteriormente elevó su participación hasta situarla en torno al 7,94% del capital.
Esa posición ha convertido a SAPA en uno de los accionistas privados de referencia de Indra y le ha permitido contar con representación en su consejo de administración a través de Jokin Aperribay. La relación entre ambas empresas, sin embargo, va más allá de la inversión financiera: comparten intereses industriales en un momento en que la defensa se ha convertido en uno de los grandes vectores de crecimiento de la industria europea.
Indra controla el 51,01% de Tess Defence, mientras SAPA conserva aproximadamente el 16,34%, después de vender una parte de su participación a la propia tecnológica. El consorcio también cuenta con General Dynamics European Land Systems, a través de Santa Bárbara Sistemas, y con Escribano Mechanical & Engineering, cada una con una participación cercana al 16,33%.
Tess Defence es responsable del programa de vehículos de combate sobre ruedas 8×8 Dragón, un contrato de gran relevancia para el Ejército de Tierra español. El proyecto contempla la entrega de 348 unidades y ha acumulado retrasos que han afectado al calendario previsto. SAPA participa mediante el desarrollo y suministro del grupo motopropulsor de los vehículos, una pieza crítica para el funcionamiento del sistema.
La operación de venta de acciones de Tess a Indra permitió a SAPA materializar una plusvalía que transformó sus resultados de 2025. La compañía vendió un 8,3% de su participación por 33,748 millones de euros, con un efecto positivo de 33,665 millones en las cuentas. Después de la operación, mantuvo una posición relevante en el consorcio y siguió expuesta a la evolución de sus programas militares.
La transacción muestra cómo una participación industrial puede convertirse también en una herramienta de gestión financiera: SAPA monetizó parte de un activo, mientras Indra reforzó el control de una compañía clave para su estrategia de defensa terrestre.
Goldman Sachs, ING y el coste de financiar la apuesta
La posición de SAPA en Indra tiene, no obstante, otra dimensión menos visible: la estructura financiera que ha permitido construirla. Según la información publicada por Cinco Días el 9 de octubre de 2026, Goldman Sachs e ING mantenían a cierre de 2025 una exposición vinculada a esa participación de aproximadamente 660 millones de euros, resultado de combinar financiación y derivados financieros.
Por un lado, SAPA registraba préstamos por alrededor de 410 millones de euros. Por otro, contabilizaba un pasivo de 251,65 millones asociado a un instrumento financiero conocido como collar, una estructura de derivados que limita determinados riesgos vinculados a la cotización de las acciones, pero que también puede reducir los beneficios económicos de una subida del valor de los títulos.
Ambas cifras no representan el mismo concepto: los préstamos constituyen deuda que debe devolverse, mientras que el derivado refleja una obligación financiera cuyo valor depende de las condiciones pactadas y de la evolución del activo subyacente. Por eso, hablar de 660 millones de euros como si fueran una factura única o una pérdida ya materializada sería impreciso.
El coste económico de esa estructura es relevante porque SAPA ha construido una posición accionarial de largo plazo en Indra con financiación externa y mecanismos de cobertura. En el caso del derivado, Cinco Días cifra en unos 250 millones de euros el importe que resta a las ganancias potenciales vinculadas a la participación. La dimensión exacta del resultado dependerá de las condiciones contractuales y de la evolución de la acción, por lo que no debe confundirse automáticamente con una salida de caja definitiva.
La arquitectura financiera revela una paradoja: la familia Aperribay ha reforzado su presencia en una de las compañías que aspiran a liderar la consolidación de la defensa española, pero esa influencia también tiene un coste financiero. La participación en Indra ofrece exposición a un sector con grandes perspectivas de inversión, aunque financiarla y cubrir sus riesgos limita parte del rendimiento económico que puede obtenerse de ella.
El mercado estadounidense, la próxima frontera
La estrategia de SAPA no se limita a España. La empresa lleva años desarrollando su presencia en Estados Unidos, donde dispone de una filial industrial en Michigan y trabaja para consolidar relaciones con grandes fabricantes y organismos de defensa. Entre sus líneas de actividad figuran los programas relacionados con los vehículos Abrams y XM30, además de sus sistemas de transmisión y movilidad.
El objetivo es participar en una nueva generación de programas militares estadounidenses, un mercado de enorme escala, pero también sujeto a exigentes requisitos técnicos, industriales y regulatorios. La compañía ha invertido en desarrollar tecnología propia y en establecer alianzas con fabricantes como General Dynamics y BAE Systems.
En España, el otro gran vector de crecimiento es el programa del Vehículo de Apoyo a Cadenas (VAC), con un presupuesto cercano a los 1.970 millones de euros, cuya contratación todavía debe materializarse. Su ejecución y calendario pueden tener consecuencias relevantes para SAPA, tanto por las necesidades de inversión como por su impacto potencial sobre la actividad futura.
La compañía ha atribuido parte de la presión sobre sus resultados de 2025 a la reprogramación de ese contrato y al esfuerzo inversor realizado en España y Estados Unidos. Se trata de una explicación empresarial que apunta a un desfase entre los recursos dedicados a preparar nuevos programas y los ingresos que estos pueden generar una vez entren en ejecución.
Una familia ante el reto de convertir influencia en rentabilidad
La trayectoria de los Aperribay refleja una transformación significativa: una empresa industrial con raíces históricas en Gipuzkoa se ha convertido en un actor con tecnología propia, presencia internacional y participaciones en compañías centrales para el futuro de la defensa española.
Pero las cuentas de 2025 invitan a separar tres dimensiones que no siempre avanzan al mismo ritmo: el beneficio contable, la rentabilidad del negocio industrial y el valor estratégico de las participaciones financieras. SAPA ha quintuplicado su resultado neto, pero la plusvalía obtenida por la venta de acciones de Tess Defence explica buena parte de ese crecimiento. Al mismo tiempo, la caída del resultado de explotación y el peso de la financiación asociada a Indra muestran que el crecimiento del grupo exige inversiones y compromisos financieros relevantes.
El siguiente capítulo dependerá de la capacidad de SAPA para convertir su tecnología en contratos recurrentes, ejecutar los programas en curso y ampliar su negocio internacional sin que las necesidades de inversión erosionen su rentabilidad. En una industria marcada por el aumento del gasto militar y la búsqueda de autonomía tecnológica en Europa, la familia Aperribay ha conseguido un lugar en la mesa de los grandes. Ahora, el desafío consiste en que esa influencia se traduzca también en resultados operativos sostenibles.

