Opinión Álvaro de Santiago Bartolomé

El síndrome del impostor y la genialidad del sentido común

El síndrome del impostor afecta a muchos empresarios, incluso cuando el éxito responde más al criterio, el método y el sentido común que a la genialidad.

Llevo años hablando con empresarios y la conclusión a la que llego siempre es la misma: muchos compartimos el mismo mal, aunque rara vez lo confesemos. El síndrome del impostor. Esa incómoda sensación de que no merecemos del todo estar donde estamos, de que en cualquier momento alguien va a descubrir que no somos tan capaces como parecemos.

Y cuanto más lo pienso, más creo que tiene una explicación muy concreta: en parte es cierto, lo que hacemos no tiene ningún mérito especial. No hay una genialidad extraordinaria detrás. En muchos casos, se trata simplemente de analizar bien, hacer las preguntas correctas y aplicar sentido común.

Y ahí está la paradoja. Algo tan poco glamuroso resulta ser, en la práctica, bastante poco frecuente.

Detrás del síndrome del impostor hay además una creencia muy extendida: que para triunfar en los negocios hay que ser extraordinariamente inteligente o dominar profundamente un sector. A menudo nos sentimos impostores precisamente por eso: porque creemos que no somos lo suficientemente brillantes, que no sabemos lo bastante o que no tenemos el conocimiento técnico necesario para estar tomando determinadas decisiones.

Pero la experiencia demuestra lo contrario. Un empresario puede moverse en sectores muy distintos sin ser el mayor experto técnico en ninguno de ellos. Lo verdaderamente importante no siempre es saberlo todo, sino saber hacer las preguntas adecuadas, rodearse de quien sí conoce el terreno e interpretar bien las respuestas. A veces, venir de fuera permite ver con claridad lo que quienes llevan años dentro han dejado de cuestionar. El conocimiento técnico se puede conseguir. Lo verdaderamente difícil es saber interpretarlo, ordenar la información y distinguir lo relevante de lo secundario.

Pero hay que tener cuidado con llevar el análisis demasiado lejos. El sentido común te dice cuándo una idea no tiene recorrido, pero también cuándo sí lo tiene. Y cuando los números acompañan, la lógica lo sostiene y el mercado existe, lo que toca es dejar de analizar y empezar a construir. Ahí es donde entra la ambición. Sin ella, el mejor análisis del mundo no sirve de nada.

Así que quizás el síndrome del impostor no sea un problema psicológico, sino una señal. La señal de que eres consciente de que lo que haces no es magia: es método, criterio y cabeza fría. Y que algo tan sencillo no esté más extendido es, quizás, lo único verdaderamente sorprendente.

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