Antes de ser Lady Di, antes de convertirse en princesa y mucho antes de que su rostro perteneciera al mundo, Diana fue simplemente Duch. Así la llamaba su hermano Charles Spencer, con quien compartió infancia, secretos, complicidades y una casa que hoy forma parte inseparable de su leyenda. Casi treinta años después de su muerte, él vuelve a buscarla allí: en la mujer que existía antes de los flashes.
Existe una Diana que vive en las fotografías: la del vestido negro que desafió las reglas, la de las gafas de sol enormes, la del pelo corto que se convirtió en fenómeno, la de los tacones sobre el césped, la que abrazaba a un niño enfermo frente a las cámaras o salía de un coche sabiendo que, al otro lado, había decenas de objetivos esperándola. Existe también la Diana de los documentales, las biografías, las subastas y las portadas. Una Diana que, casi tres décadas después de su muerte, continúa produciendo imágenes, titulares y nuevas interpretaciones.
Y luego está Duch.

Ese es el nombre que Charles Spencer utiliza para referirse a su hermana en Swan Song: Diana, My Sister, el libro que llega este 22 de septiembre (día 23 a España) con una promesa distinta: contar a Diana desde el lugar desde el que nunca pudo hacerlo el resto del mundo. No como princesa, icono o personaje histórico, sino como hermana.
La historia comienza mucho antes del Palacio de Buckingham. En Althorp, la residencia familiar de los Spencer, donde Charles y Diana crecieron como los dos hermanos pequeños de una familia aristocrática marcada también por el divorcio de sus padres. Eran cómplices, compañeros de juegos y confidentes. Él recuerda una infancia en la que ambos recorrían la propiedad familiar y se inventaban nombres secretos: ella era Duch; él, Carlos. Una intimidad doméstica que resulta casi extraña cuando se coloca junto a la imagen de la mujer en la que Diana acabaría convirtiéndose.
En uno de los primeros fragmentos publicados del libro aparece quizá la imagen más bonita de todas. Diana todavía es adolescente y, de repente, algo cambia. Sus hermanas mayores y sus amigos empiezan a mirarla de otra manera. Ya no es la pequeña de la casa a la que hay que consentir. Su hermano describe cómo emerge entonces una personalidad magnética, con un sentido del humor rápido, extraño y contagioso. No es todavía la princesa que llenará las portadas, pero empieza a aparecer la mujer capaz de llenar una habitación.
Es una escena pequeña, casi cinematográfica. Y precisamente ahí reside la fuerza del relato. Porque Diana fue, antes que ninguna otra cosa, una presencia.
Su estilo vendría después. También las portadas, los fotógrafos, los diseñadores, las joyas, los vestidos que terminarían entrando en los libros de historia de la moda. Antes estuvo aquella capacidad casi instintiva para atraer las miradas. Una mezcla de vulnerabilidad y seguridad, de timidez y espectáculo, que acabaría convirtiéndola en una de las mujeres más reconocibles del siglo XX.
Spencer parece interesado en rescatar precisamente ese momento anterior a la transformación. La chica que conducía su pequeño Mini Metro mientras una caravana de coches y motos de fotógrafos comenzaba a perseguirla. La hermana que aparecía en la vida familiar con la misma naturalidad con la que, años después, aparecería en las portadas de medio mundo. La joven que todavía podía ser simplemente Diana.
Después llegaría el príncipe. Y con él, la metamorfosis definitiva.

El matrimonio con Carlos convirtió a Diana en una figura global prácticamente de la noche a la mañana. Su ropa empezó a hablar tanto como ella; sus gestos adquirieron significado; cada aparición pública se convirtió en una escena. La princesa aprendió a manejar una mirada que no le pertenecía y, al mismo tiempo, fue construyendo una de las identidades visuales más poderosas de la cultura contemporánea.
Pero Swan Song no parece querer quedarse en el mito. El libro recuerda también a la mujer que encontró una causa en la exposición pública, a la madre que adoraba a sus hijos y a la hermana que, pese a la fama, seguía siendo la misma persona para quienes la conocían desde antes. Spencer ha definido su propósito como el deseo de contar su propia versión de Diana y dejar atrás algunas de las interpretaciones que, según él, se han convertido con los años en verdades aceptadas.
La publicación llega, además, con una fecha inevitable en el horizonte: el próximo año se cumplirán tres décadas de la muerte de Diana. Y quizá esa proximidad explique también por qué su figura vuelve a sentirse tan presente. Diana pertenece ya a una generación que la recuerda y a otra que la ha descubierto después, a través de fotografías, series, películas y redes sociales. Para quienes nacieron después de 1997, su vida tiene algo de relato de época; para quienes la vieron convertirse en princesa, sigue existiendo una dimensión emocional difícil de explicar.
Su imagen, en cambio, no ha envejecido.
Continúa apareciendo en editoriales de moda, inspirando siluetas, recuperando prendas y marcando una estética que las nuevas generaciones siguen reinterpretando. Pero quizá el verdadero legado de Diana no esté únicamente en cómo vestía. Está en cómo consiguió convertir su vulnerabilidad en una forma de conexión. En cómo hizo que una institución acostumbrada a la distancia pareciera, por momentos, extraordinariamente humana.
Por eso resulta revelador que sea su hermano quien decida volver a contarla.
Charles Spencer ya había hablado de ella ante el mundo. En septiembre de 1997, en la abadía de Westminster, fue quien puso palabras al duelo de una familia que acababa de perder a una hija, una hermana y una madre mientras millones de personas perdían a su princesa. Ahora, casi treinta años después, vuelve a hacerlo desde otro lugar. Más cercano, más doméstico y, quizá, más doloroso.
Las páginas dedicadas a los últimos días de Diana han abierto además una nueva conversación sobre aquella semana de agosto de 1997 y sobre la relación entre los Spencer y la familia real. Los primeros extractos han provocado incluso una inusual respuesta del Palacio de Buckingham a raíz de los recuerdos de Spencer sobre Carlos III y el funeral de Diana. Son episodios que han devuelto a la superficie una herida que nunca ha terminado de desaparecer.
Pero quizá Swan Song interese por algo que va mucho más allá de la polémica. Porque cuando una mujer se convierte en mito, la persona suele desaparecer.
Diana lleva casi treinta años convertida en fotografía, en vestido, en gesto, en recuerdo. Su hermano intenta hacer el movimiento contrario: quitarle, aunque sea durante unas páginas, todo aquello que el mundo colocó encima de ella.
Devolverla a casa.
A Althorp. A su Mini Metro. A las bromas entre hermanos. A la adolescente que empezaba a descubrir que tenía una personalidad imposible de ignorar.
A Duch.
A Diana antes de Lady Di.

