Madrid quedó al otro lado de los arcos. Dentro del patio de la Universidad Nebrija, el césped, la luz limpia de septiembre y una pasarela negra levantada en mitad del jardín componían una escena con otra temperatura, otro ritmo y otra manera de entender la tarde. Canarias había llegado a la capital con nueve firmas, pero también con música, gastronomía, artesanía y una idea bastante más interesante que la de enseñar una colección: hacer que el territorio pudiera sentirse.
La propuesta Canarias Islas de Moda, impulsada por Proexca junto a los programas de moda de los cabildos de Gran Canaria, Tenerife, Lanzarote y La Palma, aterrizó este jueves en la Mercedes-Benz Fashion Week Madrid con nueve nombres y nueve lenguajes. Marco & María, Aurelia Gil, Alex Menorca, Viperinas, Chacho SVNRS, Diazar Atelier, Angie Vásquez, Ban y Roselinde fueron los encargados de dibujar ese mapa creativo.
El enclave ayudó. Mucho.

La arquitectura de ladrillo, los grandes ventanales y los arcos del antiguo complejo universitario abrazaban un jardín convertido en pasarela. El público se sentaba alrededor del césped mientras, por encima de los tejados, los edificios de Madrid recordaban que la ciudad seguía ahí. La escenografía no necesitaba disfrazar la capital de Canarias. Bastaba con introducir sus códigos en ella.
La música hizo el resto. La elección de Daniela Garsal resultó especialmente certera: su vínculo con la música urbana canaria encajaba con una propuesta que pretendía recorrer varias generaciones y varias formas de entender la moda de las islas. La cantante, presentada por la organización como una de las promesas de la música urbana canaria con proyección internacional, incorporó al desfile ese pulso contemporáneo que necesitaba una historia que comenzaba en el oficio y terminaba mirando hacia la calle.


La ropa siguió un recorrido cuidadosamente planteado
Marco & María abrió la pasarela desde el territorio de la demi couture, con tejidos delicados, bordados, volúmenes y ese gusto por el detalle que coloca el trabajo manual en el centro. El programa hablaba de romanticismo contemporáneo y artesanía; sobre la pasarela, esa combinación funcionó como la puerta de entrada a una historia que después fue soltando corsé.
Con Aurelia Gil, el oficio adquirió otra dimensión. Más de dos décadas de trayectoria en el prêt-à-porter isleño avalan una forma de hacer que no necesita perseguir la novedad a cualquier precio. Su presencia introdujo en el recorrido la idea del tiempo como valor de moda: prendas pensadas para vestir, no solo para ocupar una pasarela.

Después llegaron Alex Menorca y Viperinas, dos maneras distintas de mirar hacia delante. El primero representa ese relevo generacional que permite que un oficio continúe sin quedar atrapado en el pasado. Viperinas acerca el relato a la música urbana, al casual y a una sensualidad más directa. Y con Chacho SVNRS el desfile terminó de abandonar el lenguaje convencional de la pasarela para entrar en la calle, en el souvenir reinterpretado y en una generación que construye su identidad con referencias diferentes.
Los accesorios tenían su propio discurso
Angie Vásquez llevó la marroquinería de autor al centro de la propuesta, con una mirada sobre la construcción, el detalle y el trabajo hecho a mano. Ban convirtió la guarachera, el calzado tradicional canario, en un objeto contemporáneo. Roselinde trasladó a la joyería la inspiración del paisaje y la luz de las islas. Tres disciplinas, tres maneras de llevar el territorio encima.
Y después estaba Diazar Atelier, responsable de uno de esos gestos que consiguen modificar la relación entre quienes desfilan y quienes miran. Sus modelos no quedaron confinados al runway: la propuesta contemplaba que continuaran entre los invitados durante el cóctel. El desfile, literalmente, salió de la pasarela. El programa lo advertía con una frase que después adquiría sentido: «el desfile no termina cuando se apagan las luces».

También la gastronomía tuvo su momento
El cóctel posterior convirtió la terraza en una prolongación natural del desfile y llevó hasta Madrid productos y sabores canarios. El vino servido —entre las botellas presentes figuraban Tajinaste y Viña Norte— y los pequeños bocados de inspiración isleña completaron una experiencia que no trató la gastronomía como un simple acompañamiento institucional, sino como otra forma de contar de dónde viene todo aquello.
La elección tenía sentido. Si la intención era presentar Canarias como un ecosistema creativo, la comida debía formar parte del relato. No se trataba únicamente de mirar las islas: también de probarlas.
Ese planteamiento atraviesa toda la propuesta. Proexca ha situado la participación en MBFWMadrid dentro de su estrategia de promoción exterior para reunir bajo un mismo sello a la moda canaria y favorecer su conexión con mercados, agentes y prescriptores nacionales e internacionales.
El mérito de la tarde estuvo en que ese propósito empresarial convivió con algo mucho más sensorial. La temperatura acompañaba como si el Atlántico hubiera decidido hacer una excepción y desplazarse hasta Madrid. La música mantenía el acento canario. El sol entraba en el patio. Las modelos atravesaban el césped. Después llegaban el vino, los bocados y las conversaciones.


La ciudad no desapareció. Simplemente dejó de ser protagonista durante un rato.
Canarias ocupó su lugar en Madrid sin necesidad de parecerse a nadie: desde el bordado hasta la guarachera, desde el prêt-à-porter hasta la moda urbana, desde la joyería inspirada en el paisaje hasta una cantante que pone voz a la generación que viene. Nueve firmas, disciplinas distintas y una misma procedencia demostraron que la identidad también puede construirse desde la mezcla.
Al final de la tarde, con las copas en la mano y la pasarela ya vacía, quedaba una imagen difícil de resumir en un press kit: un pedazo de Canarias había conseguido que Madrid quisiera vivir a una hora menos.

