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Diario de a bordo: capítulo 31 | «La llegada a Mayotte me da cierta tregua, pero siento la soledad», por Pablo Berruezo

El joven navegante cuenta cada semana en Nautik su aventura a flote, en este particular ‘cuaderno de bitácora’ online.

Los rayos del sol entran a través de las escotillas e inevitablemente me despierto. Miro el reloj y no son ni las seis de la mañana. Salgo de la litera, subo a cubierta y observo mis alrededores a plena luz del sol. Ayer, cuando llegué, era totalmente oscuro y no se distinguía nada. Con la luz de la luna podía intuir el perfil de la pequeña isla donde estoy fondeado, pero, en general, por la noche se pierden las nociones de distancia y tamaño.

El sol tiñe de naranja ladrillo la pared de roca que forma la isla. Según la carta, tiene unos 43 metros de alto. La boya en la que estoy amarrado está bastante cerca del arrecife, a unas 2 o 3 esloras de distancia. Por la noche, cuando llegué, solo se oían las olas romper contra el arrecife y me daba la sensación de estar a punto de varar y dejar al Sofía ahí arriba. Ahora, con luz, todo se ve más fácil. Todo el entorno está teñido de un color muy bonito con la salida del sol. No puede fallar: me subo el café a cubierta y, mientras me voy despejando, me lo tomo.

Hoy voy a navegar 12 millas para moverme al fondeo principal, cerca de la capital de Mayotte. Debería hacer la entrada legal al país. Ayer por la noche, cuando entraba en la laguna, avisé de mi intención de pasar la noche en la boya y, al día siguiente, hacer la burocracia. Las guías náuticas dicen que es recomendable avisar a la Autoridad Portuaria de cada movimiento que haces. Mayotte está teniendo un problema de inmigración ilegal y, de esta manera, tiene más controlada la zona.

Levo el ancla y pongo rumbo a Dzaoudzi. Navegamos en contra del viento y de la corriente a una velocidad de 4 nudos. Como estamos dentro de la laguna, entre el arrecife exterior y la isla, el mar está plano y no hay ola que nos frene. Hay un canal con balizas laterales que marcan la buena derrota entre los arrecifes. Voy recorriendo la parte noreste de la isla y observando algunas construcciones en la costa. Dejo por estribor un pequeño puerto comercial y, poco a poco, voy ganando millas por el canal hasta llegar al fondeo. La bahía está llena de barcas pequeñas y veleros, amarrados todos a unas boyas. Doy una vuelta por la bahía con el Sofía para inspeccionar cuál es el mejor sitio para fondear. Hay bastantes embarcaciones varadas en la playa y veo un par de mástiles sobresaliendo de la superficie del agua. En 2024, el ciclón Chido arrasó por donde pasó. La profundidad es de entre 18 y 20 metros. Largaré los 80 metros de cadena, así que necesitaré bastante espacio para tener buen borneo y estar tranquilo. Escojo una zona un poco más alejada de todos los otros barcos y con buen acceso a tierra con la auxiliar.

Inflo el bote, le pongo el motor, cojo los documentos y el pasaporte y me dirijo a tierra para hacer la entrada legal a Mayotte. Me dirijo a la Autoridad Portuaria, relleno unos documentos y me llevan al aeropuerto para que Inmigración y Aduanas legalicen mi entrada. En una horita está todo hecho. Vuelvo caminando desde las oficinas de la Autoridad Portuaria hasta el Sofía, pero antes me paro en un local a comer y celebrar la travesía exitosa desde Seychelles. Me zampo unas brochetas de pollo con una salsa agridulce buenísimas. Cómo se aprecia una buena comida después de varias semanas de navegación. Y es que la vuelta al mundo me está enseñando, entre muchas otras cosas, a apreciar las cosas que damos por hecho que son normales. Bajo el sol del mediodía, vuelvo al bote después de recorrer una carretera estrecha pegada a la costa durante 30 minutos. Paso la tarde haciendo cosas a bordo del Sofía y descansando.

Duermo 7 horas seguidas, un lujo para el navegante en solitario. Salgo a cubierta y hace un día espectacular: el sol brilla y no hay ninguna nube en toda la esfera celeste. Me preparo un desayuno post-travesía y empiezo a elaborar una lista de tareas para dejar al Sofía a son de mar, otra vez. Esta vez, el desayuno consta de unas tostadas con mantequilla y queso, una manzana, café y avena con frutos secos y chocolate. Ayer acabé mi último plátano de Seychelles.

Después del desayuno, tiro el bote al agua y me voy a poner una lavandería y, mientras, me voy a caminar por los alrededores. Camino entre las calles del pueblo. Está situado en un valle entre tres montañas de poca elevación, pero las calles son todas inclinadas. Por el desastre del ciclón de 2024, hay muchas casas en reconstrucción y otras bastante tocadas. Muchas casas están construidas con chapas metálicas y otras, sin embargo, son de hormigón y ladrillos, en mal estado. Los niños son felices jugando en la calle, corriendo entre las calles con sus amigos, y muchos van en bici en grupitos de tres o cuatro. Ayer, en Inmigración, me recomendaron no caminar solo más tarde que el atardecer y no hacer una excursión que quería hacer a un volcán sin compañía. De momento, no me he sentido en ningún momento amenazado o inseguro.

Una de las desventajas que tiene el navegar solo es que muchas veces estás limitado porque hay situaciones que requieren más de una persona. La mayoría de veces me las apaño como puedo, pero en este tipo de situaciones prefiero no arriesgar, y más a estas alturas de la vuelta. Ahora que empieza la cuenta atrás (aún quedan muchas millas, pero comparado con las que ya he navegado son pocas), solo deseo que todo acabe igual de bien que hasta este momento. No me cansaré de decir que el Sofía se está saliendo.

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