El mar es uno de los mejores termómetros del cambio climático, si no el mejor. No en vano, más del 90% del exceso de calor atrapado en el planeta por el efecto invernadero va a parar a los océanos. En este contexto, el mar balear sigue batiendo récords de temperatura cada verano. En los últimos diez días ha marcado un promedio de 29,5 grados, es decir, exactamente 3,7 grados por encima de lo normal. El récord absoluto se registró el pasado día 15, según asevera la investigadora Mélanie Juza, del Sistema de Predicción y Observación Costero de Baleares en una entrevista a Efe.
«Todo el Mediterráneo Occidental se ve afectado este agosto por temperaturas muy cálidas, con anomalías en promedio regional superiores a 3 °C respecto al periodo de referencia, que es 1982-2015», señala para añadir que las anomalías están siendo un poco más intensas en aguas francesas. Esa diferencia de casi cuatro grados en el promedio es una barbaridad, asegura.
La temperatura más alta que se había registrado en aguas del archipiélago –detectada por los satélites en la primera quincena de agosto– llegaba a los 29,2 grados. Asimismo, también las boyas operadas por Puertos del Estado y por el Socib han registrado temperaturas especialmente elevadas. La boya de la Dragonera, por ejemplo, ha detectado un récord absoluto de 33 grados el pasado 5 de agosto (más de un grado por encima del anterior máximo registrado, de 2024). «Cada día desde esa fecha, más o menos entre las 12 y las 15 horas, llega a medir 30 °C, y el día 16 llegó a 31,2 °C», explica Juza.
De anomalía a norma preocupante
Los récords de temperatura que está encadenando el mar balear han dejado de ser una anomalía estrictamente científica para convertirse en una preocupación que alcanza a todos los ámbitos, empezando por el de la conservación ambiental y pasando por gestión de puertos o planificación turística. Mientras los investigadores científicos y las organizaciones ecologistas insisten en la magnitud del problema, las administraciones se conciencian poco a poco y preparan medidas ante un escenario que condicionará tanto el ecosistema como la economía de las Islas.
Sin ir más lejos, voces autorizadas del ámbito científico como Gabriel Jordà o Salud Deudero se han pronunciado sobre la urgencia que reviste la situación en foros recientes. Jordà, investigador del Centro Oceanográfico de Baleares, señaló que la temperatura del Mediterráneo había aumentado 1,1 grados desde 2000 y vinculó el calentamiento con un incremento de los episodios de calor extremo y con la subida del nivel del mar. Por su parte, Deudero, directora del mismo centro, insistió en la necesidad de darse prisa, alegando que existe tecnología y conocimiento para mejorar la situación, pero que, a su juicio, hacen falta voluntad política, social y empresarial para actuar antes de que sea demasiado tarde.
Por su parte, la investigadora del IMEDEA, Núria Marbà, defiende que la protección de las áreas marinas no puede centrarse únicamente en la pesca, sino que debe atender a los hábitats y al conjunto de actividades humanas en la costa, además de mejorar la calidad del agua y restaurar las praderas marinas. En ese sentido, la protección de la posidonia reviste especial interés, ya que el aumento de la temperatura viene a sumarse a otros vectores de presión sobre las praderas baleares. Las investigaciones ya han documentado aumentos de mortalidad y pérdida de densidad en praderas de Posidonia oceanica, además de impactos sobre gorgonias, corales, esponjas y bivalvos durante las olas de calor marinas
En definitiva, los expertos reunidos están de acuerdo en que el calentamiento del Mediterráneo debe abordarse como un problema ambiental y económico de primer orden. Por lo pronto, el Govern balear ya ha anunciado la activación en fase de prealerta del plan Inunbal ante la llegada de la época de danas y tormentas. En ese sentido, ha advertido de que el aumento de temperatura del mar puede ser un factor decisivo para intensificar este tipo de episodios y, por tanto, hacerlos más peligrosos; no es que cada episodio de lluvias torrenciales vaya a estar causado por la temperatura del agua, pero es cierto que aguas excepcionalmente cálidas aportan más energía y humedad a la atmósfera. La propia presidenta, Marga Prohens, ha insistido en la necesidad de reforzar la cultura de la autoprotección, refiriéndose al riesgo de las inundaciones como un mal contra el que hay que parapetarse. En la memoria de todos los baleares continúa presente la riada que arrasó Sant Llorenç des Cardassar y se llevó 13 vidas en 2018.
Al hilo de estas reflexiones, un análisis internacional publicado esta semana por World Weather Attribution concluye que el calentamiento provocado por la actividad humana está haciendo mucho más probables e intensas las olas de calor marinas extremas en Europa y advierte de sus posibles consecuencias para los ecosistemas y para la población humana.
Los efectos sobre el turismo
Por último, no tendría sentido ocultar que todo ello implica un problema también turístico. Y de primer orden. Buena parte de la experiencia turística está vinculada directamente al mar, por lo que el calentamiento plantea una paradoja: un agua excepcionalmente cálida puede prolongar las condiciones favorables para el turismo de playa, pero al mismo tiempo puede deteriorar precisamente los ecosistemas y el atractivo natural que sustentan el destino.
Asimismo, turoperadores de Alemania y Reino Unido, los dos principales mercados emisores, ya llevan tiempo avisando de cambios de tendencia en las elecciones de los viajeros vinculadas al aumento de la temperatura. De hecho, el incremento de la temperatura media es el principal artífice de la redistribución de los flujos turísticos a lo largo del año: la temporada baja ha ido ganando visitas mientras el verano se ha ido estabilizando. El crecimiento, de este modo, se está concentrando en los meses periféricos del año, aunque también en otros destinos con temperaturas más suaves en verano.
Los puertos constituyen otro frente de adaptación. El sector empresarial marítimo y las infraestructuras portuarias también están reorganizando sus estrategias ambientales con el objetivo de alcanzar «emisiones cero, consumo cero, residuos cero y vertido cero». La presión sobre la actividad pesquera también preocupa. El Ministerio de Agricultura y el Instituto Español de Oceanografía iniciaron en julio desde Palma una campaña para evaluar las poblaciones de sardina, anchoa, jurel y caballa en el Mediterráneo español, con el objetivo de aportar información científica para la gestión sostenible de las pesquerías.
La principal incógnita, más allá del récord puntual de este agosto, es la acumulación de episodios extremos. El Mediterráneo lleva varios años registrando temperaturas excepcionales y los científicos empiezan a estudiar no solo los efectos de cada ola de calor marina, sino los posibles daños derivados de la repetición de estos episodios. Baleares tiene que adaptarse. Y tiene que hacerlo rápido.

