La decisión de Lionel Messi de convertirse en accionista mayoritario del Eldense es, a primera vista, una operación modesta. No se trata de una superestrella que adquiere participaciones en un club de la Liga de Campeones de la UEFA ni de una compra espectacular que cause sensación.
El Eldense milita en la Segunda División española, tiene su sede cerca de una pequeña ciudad portuaria y acaba de despedir a su entrenador tras un mal comienzo de temporada. Sin embargo, la operación merece un análisis más detallado de lo que su envergadura sugiere, tanto por lo que revela sobre la evolución de las prioridades de Messi tras su retirada como por el patrón en el que se inscribe.
Este es ya el segundo club español en el que Messi ha invertido, tras su compra el pasado mes de abril de la UE Cornellá, equipo de la quinta división con sede en Barcelona. Dos adquisiciones en rápida sucesión ya no son un gesto puntual de buena voluntad hacia el país que lo convirtió en una superestrella, sino el inicio de una cartera de inversiones.
Que un deportista se convierta en propietario tras su etapa como jugador no es nada nuevo. Lo que llama la atención aquí es el momento elegido. Messi está haciendo esto mientras sigue en activo en el Inter de Miami, lo que sugiere que no está considerando la propiedad de un club como un proyecto de jubilación para ocupar su tiempo libre, sino como un interés empresarial que pretende desarrollar en paralelo a sus últimos años como jugador.
Messi cuenta con diversas inversiones, entre las que se incluyen la propiedad de clubes deportivos, el capital riesgo y el sector inmobiliario de lujo y la hostelería. También posee una participación minoritaria en el Deportivo LSM, un club de fútbol uruguayo, junto con su compañero del Inter Miami, Luis Suárez, y en el propio Inter Miami, su actual club. Forbes estima actualmente que su patrimonio neto asciende a 1.100 millones de dólares.
La elección de los clubes españoles resulta interesante. El Cornellá y el Eldense no son inversiones glamurosas. Se sitúan varias categorías por debajo de La Liga, en mercados que carecen de la envergadura comercial de Madrid o Barcelona. Eso los convierte en puntos de entrada relativamente económicos: los clubes de divisiones inferiores suelen cambiar de manos por sumas insignificantes según los estándares de un jugador que ha ganado cientos de millones de dólares a lo largo de su carrera.
Para alguien con los recursos de Messi, invertir en la segunda y la quinta división no supone realmente un riesgo financiero. Los clubes de las divisiones inferiores son más baratos de gestionar, más fáciles de remodelar según la visión de un único propietario y –si se gestionan bien– ofrecen un potencial de crecimiento significativo si ascienden en la pirámide hacia los niveles más lucrativos del fútbol español, donde los ingresos por derechos televisivos y los acuerdos de patrocinio cambian por completo la ecuación.
También hay una dimensión simbólica que no debe pasarse por alto, aunque no lo sea todo. El vínculo de Messi con España es profundo. Llegó al país a los 13 años, pasó dos décadas en el Barcelona y se convirtió en el mejor jugador de su generación vistiendo los colores de ese club.
La propia historia del Eldense refuerza aún más ese vínculo: el club fue fundado en 1921 por aficionados del Barcelona y sigue jugando con los colores azul y rojo del Barcelona. Invertir en un club con ese legado es el tipo de decisión que tiene un impacto a nivel personal que un mero cálculo financiero no puede explicar por completo. Es plausible que Messi se sienta atraído por clubes que se asemejan a la institución que le formó, incluso mientras construye lo que cada vez más parece una auténtica estrategia de propiedad en lugar de un gesto sentimental puntual.
El reto práctico, sin embargo, es que ser propietario de un club no tiene nada que ver con jugar en uno. La situación del Eldense sobre el terreno de juego es realmente preocupante: dos puntos en cuatro partidos de liga suponen un riesgo de descenso, y la destitución del entrenador Claudio Barragán el domingo –apenas unos días antes de que se hiciera pública la noticia de la participación de Messi– sugiere que el club ya se encontraba en modo de crisis antes incluso de que el nuevo propietario mayoritario hubiera completado los trámites.
Messi heredará una tarea de reconstrucción (no una plataforma estable) y la forma en que la nueva propiedad gestione la búsqueda de entrenador y las decisiones sobre la plantilla será una primera prueba para determinar si esta inversión se está llevando a cabo con verdadera seriedad operativa o si se trata más bien de una participación financiera pasiva.
Esa distinción tiene más importancia de lo que podría tener para un inversor habitual, ya que la participación de Messi –aunque sea indirecta, como accionista y no como responsable de las decisiones técnicas– atraerá inevitablemente una atención desmesurada hacia un club que nunca ha operado bajo ese tipo de foco mediático. Cada nombramiento de entrenador, cada fichaje y cada derrota del Eldense se verá ahora a través del prisma del «club de Messi», lo que puede generar tanto oportunidades como presión. Los patrocinadores y las cadenas de televisión volverán a fijarse en un equipo de Segunda División al que, de otro modo, habrían ignorado.
Lo que suceda a continuación dirá mucho sobre el tipo de propietario que Messi pretende ser. Si el Eldense se estabiliza, se reconstruye y vuelve a luchar por el ascenso, parecerá la primera prueba de una auténtica carrera como propietario de un club tras su etapa como jugador.
Si el equipo sigue pasando apuros, el acuerdo se recordará como una inversión bienintencionada, pero pasiva, en un club cuyos problemas eran demasiado profundos como para que un cambio de propiedad pudiera solucionarlos. Sea como sea, esto ya no es solo un gesto nostálgico.
Este artículo ha sido traducido de Forbes.com

