Opinión Javier Ortega Figueiral

Ferragosto al revés: las capitales europeas ya no se vacían

Escribo esto desde una Barcelona de calor pegajoso. Ninguna novedad para un 10 de agosto, reconozco. Aun así, las calles están llenas y, cada dos por tres, alguien se dirige a ti directamente en inglés, con ese deje que delata Wisconsin, Ohio o cualquier rincón del Medio Oeste. Seguramente han llegado en vuelo intercontinental directo.

Lo hacen dando por sentado que, sí o sí, les vas a entender, antes incluso de haber probado con el catalán o el castellano. A veces llega en ese «broken english» que ya funciona como idioma universal, el esperanto real del siglo XXI. Paseando por el centro da la sensación de que aquí no se ha ido nadie. Y sin embargo, dentro de unos días, media Europa hará justo lo contrario: hacer las maletas y marcharse.

Esta misma semana llega el 15 de agosto y los italianos celebran el Ferragosto, una de esas palabras que suenan a playa y siesta aunque escondan dos mil años de historia. El término viene de las Feriae Augusti, las vacaciones de Augusto, instauradas por el emperador en el año 18 a.C. No fue un capricho imperial: la fecha recogía varias fiestas agrícolas romanas y las unificaba en un único periodo de descanso tras el trabajo duro del campo.

Aerobús

Siglos después, la Iglesia católica superpuso a esa tradición pagana la festividad de la Asunción de la Virgen, y así quedó fijada la fecha que hoy conocemos. Durante generaciones, el 15 de agosto no fue solo un día festivo: fue la señal de salida de un éxodo colectivo que dejaba las grandes ciudades europeas prácticamente desiertas, con las persianas bajadas y el asfalto ardiendo en soledad.

Esa imagen, la de capital fantasma de agosto, ya no se sostiene desde hace años, y aquí es donde el aeropuerto se convierte en testigo privilegiado del cambio. Aquí es también donde usted empieza a notar que se habla de aviación después de unos párrafos de calentamiento.

Hablemos de aviación de una vez, pues ningún otro termómetro mide con tanta precisión hacia dónde se mueve realmente un continente. Según Eurocontrol, la red aérea europea roza los 37.000 vuelos diarios en los picos del verano, una cifra que hace apenas una década habría resultado impensable para un mes en el que, en teoría, todo el mundo se iba.

Lo curioso no es solo el volumen, sino la dirección del tráfico: las grandes capitales ya no operan en un único sentido. Mientras miles de residentes despegan hacia costas, islas o montañas lejanas, otros tantos vuelos aterrizan cargados de turistas dispuestos a visitar Roma, París o Madrid precisamente cuando, según la tradición, no debería quedar nadie a quien preguntar por una dirección.

De hecho, el propio sector aéreo europeo está viviendo un giro curioso: por primera vez desde la recuperación pospandemia, la demanda de vuelos interiores ha crecido más rápido que la internacional en la primera mitad de este año. Es decir, cada vez vuela más gente dentro de su propio país para desconectar, mientras el turista de largo radio (sobre todo de Asia y América) elige España como refugio frente a otros destinos mediterráneos en tensión. Dos flujos opuestos, alimentando el mismo aeropuerto, la misma pista, casi la misma franja horaria de la torre de control.

¿Es una fórmula sostenible? Depende de a quién se le pregunte.

Para aerolíneas y aeropuertos es, sin duda, una buena noticia: significa ocupación en ambos sentidos, menos «vuelos menos llenos» de vuelta, mejor factor de carga y una rentabilidad más repartida a lo largo del mes, en lugar de concentrada en dos picos de salida y regreso.

Para las propias ciudades, el balance es más ambivalente. El turismo urbano de agosto reduce la sensación de pueblo fantasma, pero también tensiona infraestructuras (terminales, controladores, handling, transporte público) pensadas, precisamente, para respirar en ese mes. Y para el viajero local, la paradoja está servida: uno se va de su ciudad buscando tranquilidad, mientras otro aterriza buscando justo la ciudad que uno acaba de abandonar.

Puede que el verdadero Ferragosto del siglo XXI ya no sea el silencio de las calles vacías, sino este cruce constante en las terminales aeroportuarias: unos que huyen del calor urbano, otros que vienen a bañarse en él, todos compartiendo la misma pista de despegue.

Augusto, desde luego, no lo vio venir.

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