Opinión Jesús Mardomingo

Cuando la creatividad, la ciencia y el derecho trabajan en el mismo plano

En ese cruce de saberes, el magenta podría ser absolutamente necesario en las realidades contemporáneas que nos rodean.

Unsplash.com

Música recomendada: “La reina del Salón”. Magenta

Las sociedades modernas ya no se sostienen solo sobre leyes ni solo sobre datos. A veces, ni siquiera eso cuando la política se tiñe de colores estridentes, anaranjados de bote, que sustituyen la evidencia por la teatralidad y el método por el impulso. En ese escenario, donde la emocionalidad amenaza con devorar la racionalidad, surge la duda de cómo se construye una necesaria gobernanza en tiempos de ruido.

Durante décadas, la gobernanza se ha pensado principalmente como un diálogo entre el mundo “rojo” del derecho, el de la norma, la garantía, la estructura, y el universo “azul” de la ciencia, del método, de la evidencia, y la verificación negativa. Su mezcla generaba un violeta, una metáfora cromática de la gobernanza basada en la evidencia.

Pero el siglo XXI está demostrando que ese binomio ya no basta. Faltaría un tercer color que represente a la economía en todas sus dimensiones contemporáneas, también a la economía creativa con todo lo que eso implica. Aspectos como los incentivos, la eficiencia, el análisis del riesgo, la sostenibilidad fiscal o el aprovechamiento de la abundancia en la naturaleza. Ese color sería el “naranja”, el de la economía que calcula, pero que también imagina y modela futuros posibles atendiendo la identidad, la cultura y la capacidad de transformar creatividad en desarrollo. Es la economía que entiende que los territorios prosperan cuando convierten talento en valor, y cultura y creatividad en oportunidades.

Cuando estos tres colores se mezclan aparece el “magenta profundo”, un color nuevo, una construcción cognitiva, una síntesis creada por el cerebro para resolver un vacío físico. Un color inexistente en el arco iris que representaría la síntesis donde economistas, creativos, abogados y científicos trabajarían en un mismo plano, con el mismo método y hacia un mismo fin. Un color que, a diferencia de los anteriores no sería un color académico, sería una tonalidad representante de conocimiento combinado.

Catástrofes de última generación como las pandemias globales, las crisis climáticas extremas, las guerras internacionales, las disrupciones tecnológicas o lo fallos sistémicos en infraestructuras críticas, son lamentables ejemplos de un mundo que ya no puede gobernarse desde una sola disciplina.

Las decisiones, especialmente las públicas, pero también las privadas ya no pueden basarse únicamente en criterios jurídicos, necesitan curvas epidemiológicas, modelos climáticos, simulaciones de riesgo, análisis de ciberseguridad. Pero tampoco deberían basarse únicamente en ciencia, pues resulta crucial la proporcionalidad, la existencia de garantías jurídicas, límites institucionales y control judicial. Además, parece razonable atender a criterios económicos y culturales que analicen el impacto en la actividad empresarial, el diseño de incentivos, o la evaluación de externalidades en el cálculo de los precios.

Gobernar sin científicos se antoja imprudente, gobernar sin abogados peligroso para la sociabilidad humana, y gobernar sin creatividad, incluso apoyada en economía, inviable en el mundo que hemos construido. En ese cruce de saberes, el magenta podría ser absolutamente necesario en las realidades contemporáneas que nos rodean. Un color, una formación, una aproximación que evite, por ejemplo, que la IA se convierta en un riesgo estructural, o que en la transición energética sea un código cromático útil para una transformación real y sostenible para todos.

Pero el magenta no surge espontáneamente. Requiere instituciones capaces de integrar disciplinas, empresas que entiendan que la gestión del riesgo ya no es solo legal, o económica, universidades y centros de enseñanza que formen perfiles híbridos, y administraciones públicas que incorporen científicos y creativos en la toma de decisiones. Requiere que los abogados se “azulen”, que los científicos se “enrojezcan” y que los economistas naranjas se “vuelvan violeta”. Requiere una cultura que premie la interdisciplinariedad y castigue la compartimentación sin gobernanza ni ética.

El mundo ya no se divide entre quienes escriben e interpretan leyes, quienes formulan ecuaciones y quienes diseñan modelos. Tampoco entre los que mandan y los que obedecen. El mundo se divide entre quienes comprenden que todas esas piezas son necesarias incorporando la ética como un valor irrenunciable, y quienes siguen defendiendo fronteras disciplinarias que ya no existen en la realidad.

En cada momento histórico donde el mundo se tornó complejo, apareció alguien que mezcló disciplinas para poder comprenderlo. Que buscó la síntesis. Aristóteles en Grecia, Confucio en China, Leonardo en el Renacimiento, Montesquieu en la Ilustración, o Jovellanos en España, ninguno de ellos fue monocromo.

Película recomendada: A Clockwork Orange (1971). Dirigida por Stanley Kubrick. Cuando se aplica solo técnica sin garantías, o evidencia sin incentivos, el resultado es autoritario. Ojo…Existen los dirigentes con trastorno de personalidad narcisista.

Artículos relacionados