¿Habéis intentado cortar la carne con un cuchillo de mantequilla? Haced memoria, seguro que alguna vez os habéis visto obligados a ello, no de forma premeditada, pero yo qué sé, pensad en alguna barbacoa en la que se os haya olvidado llevar los cuchillos buenos o cierta ocasión en que estuviesen sucios los de sierra y hayáis dicho “Bueno, por una vez…”. Seguro que os suena lo que os digo. Y, si no, imaginadlo. A mí me ha pasado. Sujetas un cuchillo con menos mordiente que Higuaín e intentas cortar el entrecot. Elevas más de la cuenta la muñeca para que penetre algo más, imprimes a tus movimientos una inusitada fuerza y te concentras para conseguirlo. Y lo que te sale es un destrozo. Si no has volcado algún vaso ante la imposibilidad de cortar, seguramente hayas conseguido despedazar la carne obteniendo un lamentable desmigado que, como mucho, te servirá para hacer unos tacos. Eso, si te quedan ganas.

Cambiad carne por opiniones y pasa exactamente lo mismo. Puede que haya existido desde siempre, pero tengo la impresión de que se ha acelerado en los últimos años al calor de las redes sociales y, seguramente, de representantes de talla XXS. Es una sensación extraña, como si todos hubiéramos pasado de golpe de tener cuchillos de sierra a los de mantequilla, que sirven para untar, pero poquito más. La hondura de nuestras opiniones se circunscribe a unos pocos caracteres y a una soflama manida. La máxima profundidad a la que llegamos es un zasca. Ya no se vence en un debate por la cantidad de argumentos, sino por el albornoz con el que llegaste a la batalla. Es así de triste, pero actuamos pensando en los highlights y no en la contienda, como el típico jugador brasileño menor de edad que se recrea innecesariamente cuando el partido pide coralidad e intensidad.

Antes solía decirse con más frecuencia eso de que la política era aburrida. El problema es que no ha pasado a ser divertida, sino un divertimento. No existe un debate de ideas, sino una lucha por defender posturas con la frase o el meme más ingenioso. Hay poco más. Memes enfrentados y compartidos; palabras vacías y variedad de insultos. Desde Twitter al Congreso, desde tus grupos de WhatsApp al Senado. Contenido sin profundidad, como la orilla del mar, argumentos pobres lanzados con granadas. Sandeces para todos. Quizá, mientras que no haya educación suficiente, merezca la pena que el debate político siga siendo árido. Parece triste reconocerlo, pero puede que con desafección el clima sea más respirable.

Este partido de ping-pong de zascas ha descolocado además a los que no queremos jugar en él. Acusados de equidistantes, hay que aguantar el enfado de la policía de cada lado, que te jalea cuando dices algo que sienten cercano o te repudia si no les ríes las gracias. Porque los equipos que participan son puros gregarios, simple masa incapaz de mirar más allá de sus medias verdades. Un buen ejercicio sería que se viesen desde fuera, desde una atalaya como la de Luis Enrique en los entrenamientos, y comprobasen la ridiculez de sus acciones. En el fragor de la batalla uno no ve el sentido de sus movimientos, sólo los intuye. Desde fuera comprobarían que llevan la camiseta de un equipo, pero ni saben qué partido están disputando.

Cuando hagas una afirmación cualquiera, pregúntate por qué; si no sabes contestarlo, mala señal, seguramente otro esté pensando por ti. Es así de simple, así de duro. Cuando te veas opinando de forma despectiva, piensa quién te ha hecho sentir eso y, sobre todo, piensa lo que dices. Cuando te veas jaleado por muchos e increpado por otros tantos, sospecha, no te dejes acurrucar por quien más te quiere en ese momento. Cuando notes que tu vehemencia se convierte en falta de respeto, reposa. Cuando tus argumentos tengan como fin un zasca, lee un poco más. Cuando abras el cajón y sólo encuentres cuchillos de mantequilla, baja a la ferretería y compra los de sierra. Y diviértete de verdad con el entrecot.

Que tengáis una gran semana.