Un aeropuerto es siempre dos cosas a la vez: punto de llegada y punto de partida. En el caso de Atenas, pocas veces ha sido tan difícil saber cuál de las dos pesa más.
Hace ahora 25 años, un 28 de marzo de 2001, el vuelo que aterrizó en el recién inaugurado Aeropuerto Internacional de Atenas Eleftherios Venizelos procedía de Toronto vía Montreal. Era un aparato de Olympic Airways, y sus pasajeros, muchos de ellos griegos de la diáspora, no sabían muy bien si estaban aterrizando en el país que habían dejado o en uno más moderno que acababa de nacer. Un viajero de origen griego y pasaporte canadiense le dijo a los periodistas que esperaban en la terminal: «Es un aeropuerto hermoso, a la altura del mundo contemporáneo.» Tenía razón en lo del aeropuerto. En lo del país, el tiempo daría su propio veredicto un poco más tarde.
Veinticinco años después, aquel edificio de cristal y acero en la llanura de Spata sigue siendo el espejo más honesto de Grecia: capaz de reflejar en una misma jornada el esplendor y la grieta, el orgullo y la herida, el récord de tráfico turístico y el joven ingeniero que factura rumbo a otro país con un contrato en el bolsillo y pocas ganas de volver.
El aeropuerto que Grecia necesitaba para los Juegos y no podía permitirse perder
El AIA no fue solo una obra aeronáutica. Fue una estructura de estado. Tres mil millones de dólares invertidos en una instalación que debía demostrar que Grecia era capaz de organizar los Juegos Olímpicos de 2004 con solvencia europea. Esta vez, Grecia funcionaría como un reloj suizo.
Y funcionó. Los Juegos fueron el éxito que el país necesitaba desesperadamente. El aeropuerto recibió a deportistas, periodistas y millones de visitantes con una eficiencia que sorprendió incluso a los más escépticos. Lo que nadie quiso ver con claridad, ni los mercados, ni Bruselas, ni los propios griegos, es que aquella modernidad reluciente se estaba financiando con dinero prestado. En 2010 estalló.

La crisis vista desde el área de llegadas
Hay pocas formas más crudas de medir el colapso de una economía que observar el tráfico de un gran aeropuerto. En los años más duros del rescate, el Venizelos vio caer sus cifras como no había ocurrido desde los peores momentos de la Guerra del Golfo. La terminal, diseñada para irradiar modernidad y confianza, se llenó de una quietud extraña. El aeropuerto, que había nacido como símbolo del despegue, se convirtió en símbolo del aterrizaje forzoso. Y aun así siguió funcionando, como un organismo que ha aprendido a sobrevivir con menos oxígeno del habitual. En el contexto griego de aquellos años, eso no era poca cosa.
El fantasma de Hellinikon
Para entender lo que el Venizelos representa, conviene recordar lo que reemplazó. El viejo aeropuerto de Hellinikon cerró sus puertas el mismo día que abrió el nuevo. Sin ceremonias ni nostalgia. Como quien cambia de piso, se muda y no mira atrás. Sin embargo, Hellinikon no desapareció: el espacio que ocupaba aún se adivina casi un cuarto de siglo después, visible desde las rutas de aproximación, como un recordatorio en hormigón de lo que fue.
Ahora ese suelo vale oro. El proyecto Hellinikon está transformando los 15 kilómetros cuadrados del antiguo campo de vuelo en un nuevo barrio costero con hoteles de lujo, puerto deportivo y el Casino of Hellinikon, la inversión privada más grande de la historia griega moderna. El estudio de Norman Foster está levantando allí un rascacielos desmesurado. El pasado aeronáutico se convierte en futuro inmobiliario. Grecia, reinventándose, como siempre, sobre sus ruinas.
La elegía de Olympic Airways
Es imposible hablar de este aeropuerto sin detenerse en la aerolínea que lo inauguró y que ya no existe. Olympic Airways era el brazo volador del Estado griego, el instrumento con el que Atenas decía al mundo que tenía una aerolínea digna de ese nombre. Que Aristóteles Onassis la fundara en los años cincuenta le añadía una mitología difícilmente replicable. También era, hay que decirlo, un sumidero de dinero público: sobredimensionada, politizada hasta la médula, incapaz de adaptarse a la liberalización europea y a las aerolíneas de bajo coste. En 2009, Grecia hizo lo que debía haber hecho mucho antes: la liquidó.
Lo que Olympic representaba lo ha tomado Aegean Airlines, fundada en 1999 y hoy uno de los casos de gestión empresarial más sólidos que ha dado Grecia en las últimas décadas. Miembro de Star Alliance, ha demostrado que una aerolínea griega puede funcionar bien cuando no tiene que cargar con el Estado en la bodega.

Un nombre que pesa
Que el aeropuerto lleve el nombre de Eleftherios Venizelos no es un detalle menor. El político griego más importante del siglo XX, el hombre que prácticamente dobló el territorio del país durante las Guerras Balcánicas, el que modernizó las instituciones, el que miró hacia Europa cuando otros miraban hacia dentro. La historia lo llama el Artífice de la Grecia Moderna. Pusieron su nombre en el aeropuerto porque ese aeropuerto debía sellar el proyecto que él había iniciado cien años antes: una Grecia integrada, moderna y conectada con el mundo.
Veinticinco años después, el balance es el de cualquier gran proyecto humano: más complejo de lo que prometían las previsiones inaugurales, más resistente de lo que auguraban los peores momentos, y todavía, en algunos sentidos, inacabado. El aeropuerto funciona. Les escribo esto desde la terminal satélite esperando un vuelo de vuelta a casa, y corroboro que esta infraestructura bate récords.

Esta terminal ha sobrevivido a una crisis que quebró países enteros. Y cada mañana, en la terminal de salidas, hay griegos que se van y turistas que llegan. Unos buscan fuera lo que Grecia aún no les da. Los otros buscan en Grecia lo que sus países ya no tienen. Ningún dato macroeconómico resume mejor ese intercambio que el tablero de salidas de un aeropuerto.
Y dicho esto… con sus luces y sus sombras, ¡Viva Grecia!

